Duelo por Kate Hepburn
en todo el mundo

por
Óscar Portela



Provenía de un familia acaudalada y demócrata, la chica a la que las convenciones de la sociedad norteamericana jamás le interesaron mucho. No se hubiera muerto de hambre si no triunfaba en la pantalla grande —cuando los reinados en Hollywood despertaban guerras de marketing. Ella no era una doña nadie como Lucillle Le Seur, conocida como Joan Crawford, una bailarina que prosperó a fuerza de empeño, talento, y frío celo en su vida empresarial. Ya en 1933, apenas comenzado el cine sonoro, ganó un Oscar (la academia estaba en pañales) por Gloria por un día. Sus anchos pantalones, su pelo casi al desgaire, la cuadratura de su rostro huesudo, sus maneras osadas, su amor a la navegación y su pasión por la bicicleta, la convertían en el Hollywood del glamour, en una rara avis. La chiquilla rebelde, traviesa, y que se atrevía a transgredir cualquier norma que quisieran imponerle los estudios o los modelos de la época.

En 1936, cuando la Davis, por otras vías, comenzaba su gran estrellato, Kate fue declarada poison de boletería: había filmado con su director preferido, Kukor La gran pasión de Sylvia, en la que encarnaba a un muchachito —perfecto muchachito—, de la que se enamoraba perdidamente un galancete de la época; se había adelantado décadas a Julie Andrews o Dustin Hoffman y Hollywood no le perdonó. Pero Kate era de una tozudez increíble. Con Historias de Filadelfia, junto a sus amigos James Stewart y Gary Grant, consiguió un triunfo inigualable, y con Mar de Hierba y La costilla de Adán, sus clásicos, como la dama aristocrática y desprejuiciada, que filmó nueve películas junto al amor de su vida Spencer Tracy, cuaquero, casado y con una hija con problemas mentales; de tal modo, que el formidable actor no se podía divorciar. Cuando murió en la década del 70, en brazos de Kate, esta llamó a su mujer y entre ambas lo velaron; un ejemplo de cultura inigualable. En 1943, filma otro clásico de Hollywood, La mujer del año, y, en 1951 dirigida por John Huston, la que sería un retrato de sí misma y otro clásico del cine La reina de África.

Hollywood tiene cosas y cosas —lo dijimos tantas veces—, que tal vez su mejor trabajo (después de una discutida aparición junto a Monty Clift y Elizabeth Taylor en De repente en el último verano, de Tenesee Williams, uno de sus pocos papeles antipáticos), filmó lo que sería tal vez, su mejor actuación dramática para la pantalla; Largo viaje de un día hacia la noche, dirigida por Lumet sobre la obra de teatro póstuma del gran dramaturgo norteamericano..., primer película ante la cual se rinde
Cannes, premiando con el Palmarés a sus cuatro protagonistas principales. En el mundo pasa desapercibida.

En el 67 recibe su segundo Oscar por una fruslería de Kramer, Adivina quien viene a cenar, última actuación de Traycy, cuyo tema, toca la piel del público norteamericano; amores de negro y blanca, en la misma época de la muerte de Martin Luther King.

El león en Invierno, de Peter Glenville, junto a Peter O'Toole, nos la devuelve en plena forma, vital, y mostrando costados de su personalidad que no habían sobresalido antes: ferocidad, impiedad. La loca de Chaillot, basada en Giroudoux, y la más ambiciosa de todas, Las Troyanas, basada en Euripides y dirigida por Cacoyannis —con gran elenco— apenas resulta distribuida y los críticos no elogian su Hecuba. EL alguacil del diablo, es un Kate reina africana, en mula junto a John Wayne, también ya enfermo de muerte, pero la película logra un éxito considerable. La idea de Jane Fonda de reconciliarse con su padre llevando La laguna dorada con Kate y el ya anciano y enfermo Fonda al cine, y la misma Jane, resulta un éxito arrollador, y hace justicia con ese ejemplo de actor que fue Henry Fonda, a quien se le entrega un Oscar que reciben sus hijos por él, ya herido de muerte por la enfermedad. Kate estuvo admirable. Los telefilmes como Amor en ruinas junto a Olivier, o la remake de Cuando el amor florece de la Davis, también fueron actuaciones impecables y su Cocó para Brodway, un episodio histórico para las tablas. Kate Hepburn no solo fué una de las mejores actrices de todos los tiempos, la más premiada —cuatro Óscars—, sino un ser humano excepcional. Lástima que jamás trabajara con Davis, para poner frente a frente a Wagner y Bramhs, mostrándonos, ambas, las encontradas facetas las las más altas cualidades «cinéticas» que hayan existido.



Imagen en artículo: Katharine Hepburn Publicity, By MGM (eBay)
[Public domain], via Wikimedia Commons.




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