La pelota vasca:
un pájaro sin alas

por

Guillermo Ortiz López



Dirección: Julio Medem / Música: Mikel Laboa / Entrevistas adicionales: Ione Hernández y Maider Oleaga /
Ayudante de Dirección: Montse Sanz / Página web: www.lapelotavasca.net


La última obra del cineasta Julio Medem, La pelota vasca, la piel contra la piedra, ha creado en estas semanas un cierto revuelo mediático y político en el que muchos —quizá demasiados— han hablado de más, sin ni siquiera haber visto la película. Estrenado en el pasado Festival de San Sebastián con un gran éxito de público —numerosos dirigentes nacionalistas asistieron a la «premiere» facilitando, quizás, la ovación de cinco minutos— el documental pretende mostrar las posiciones encontradas en Euskadi y que imposibilitan una salida al llamado «conflicto vasco». Con el objetivo de reflejar todas las voces posibles de distintas ideologías, el director pone la metáfora de un pájaro que vuela por una garganta en busca de la verdad. Sobrevolando todos los puntos de vista sin llegar a adscribirse a ninguno.

Este es el planteamiento. La realidad es una cosa bien distinta. De entrada, porque dicho pájaro no llega a emprender el vuelo en ningún momento. Da la sensación de que el reportaje no tiene otro objetivo que acabar en el mismo punto por el que empieza: el «conflicto vasco» es el enfrentamiento entre la banda terrorista ETA y el gobierno de Madrid y en medio sólo el PNV y algunos «buenos» socialistas intentan hacer algo para evitarlo. Con cierta torpeza se ha insinuado que la ausencia voluntaria de determinadas personalidades del PP o del Foro de Ermua era una excusa para acusar al documental de partidista. No hace falta. El documental es partidista porque nace de una idea partidista: la identificación absoluta con el «Plan Ibarretxe» y la asunción de que es el único camino hacia la paz. No es momento ni lugar de valorar si esa aspiración es correcta o no, pero sin duda es la que tiene Medem y no se molestó en ocultarla en su artículo del día 19 de septiembre en el diario El País. Es legítimo que un artista se sitúe políticamente, lo que es absurdo es que después lo niegue.

Esta falta de objetivo deja muy coja la película. La búsqueda constante de testimonios que dan la razón al cineasta aburre y escora demasiado el proyecto. Quizás si Medem hubiera sido un poco más modesto en sus pretensiones, tendría que haber reconocido que cuando uno invita a dos partes y una parte no se presenta es absurdo seguir jugando el partido. Quizás este reportaje no se debería haber hecho tras la negativa del vituperado gobierno de Madrid a defenderse. Aún así, tirando de Arzallus, Ardanza, Garaikoetxea, Otegi y Julen Madariaga, se decidió a hacer un análisis que de político tiene poco y roza la propaganda. Aspiración, insistimos, legítima, pero que no debería escamotearse al espectador bajo una apariencia bondadosa, pacífica y, ciertamente, pedante.

Si analizamos las pretensiones originales del documental también nos encontramos con algunas pegas: ¿cómo es posible que se coloquen todas las opiniones en un mismo nivel?, ¿qué clase de pájaro considera lo mismo lo que dice Antonio Elorza sobre Historia que lo que opina el demente Madariaga? Un pájaro perezoso, sin alas, que no quiere moverse de dónde está porque está muy cómodo. El propio montaje quita credibilidad al intento de Medem. De entrada, por su intento de hacer sitio a todos como si del camarote de los hermanos Marx se tratara, las intervenciones apenas si duran veinte segundos, con lo que la argumentación es imposible. Los intervinientes se ven continuamente cortados en su razonamiento por la voz de algún músico o actor o antiguo militante de ETA. No sólo eso. La propia intervención de veinte segundos se ve cortada varias veces en un exceso burdo de montaje. No es fácil para un espectador creer en lo que ve cuando no sabe qué es lo que está viendo: lo que determinada personalidad le está contando o lo que el director ha decidido enseñarle. En cierto modo, eso es inevitable en cualquier obra de arte, pero disimularlo es la responsabilidad del que dice buscar la objetividad.

Aparte del trasfondo argumental —que en un documental político es lo más importante— hay que reconocer que Medem sigue siendo un maestro a la hora de buscar imágenes evocadoras. Euskadi aparece como un verdadero paraíso verde y los escenarios no podrían resultar más bellos. La música es impresionante y su uso roza la perfección. Todas las escenas de la película buscan emocionar a la platea y lo consiguen. Lástima que esa platea tenga que estar constituida por «creyentes» y no «espectadores» para poder acompañar al pájaro en su corto vuelo.


 







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