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LAS LEYENDAS URBANAS
por
ANTONIO GARCÍA FRANCISCO


Todos hemos oído alguna vez una leyenda urbana. Tal vez no la hemos identificado en un principio como tal, pero ha llegado a nuestro conocimiento. Eso... ¡seguro!

Y una vez que se ha puesto en circulación, la hemos ayudado a circular un poco más.

Leyendas urbanas son esas historias que le han ocurrido a un amigo del primo del cuñado del fontanero que fue a reparar un grifo a casa de la prima de la cuñada de la amiga de una vecina que tenía una amiga nuestra. Pero nadie las ha vivido de primera mano.

¿Quién las pone en circulación? Mi opinión es que hay tres motivos en quienes inventan y uno sólo en quienes las difunden: la jocosidad, el miedo y el afán de notoriedad para los primeros; la ignorancia para los segundos.

Pero no es lo importante cómo nacen, sino cómo se propagan.

Lamentablemente, muchos internautas ingenuos se las creen y las hacen circular por el correo electrónico, cuando no por boca a boca.

En definitiva, son historias que:

1. Aparecen como las setas y se difunden espontáneamente como si tuvieran esporas.
2. Son tragicómicas: llevan elementos de horror y elementos de humor.
3. Son historias estupendas para contar; y
4. NO tienen por qué ser necesariamente falsas (lo cual NO significa que sean ciertas).

A continuación reproduzco dos leyendas urbanas que yo me creí a pies juntillas cuando las recibí por correo electrónico.

La primera la clasifico en el grupo de las jocosas. La segunda, en el grupo de las terroríficas.



El tronco de Brasil

Hay una planta exótica que se llama tronco de Brasil. Una chica se la regaló a su madre por su santo. La señora estaba encantada con el detalle, pero un día notó que el tallo de la planta se empezó a mover solo. Se comenzó a asustar y más aún cuando oyó unos ruidos extraños que procedían del interior de la planta. La pobre mujer estaba tan muerta de miedo que llamó a la policía. Los agentes le dijeron que se apartase de la planta y llamaron a los bomberos. Estos llegaron vestidos como de cazafantasmas y cogieron la planta y la metieron en una caja.

La señora le preguntó al jefe que qué ocurría con el tronco y él le explicó que en este tipo de plantas es muy corriente que unas arañas venenosas de Brasil hagan sus nidos y dejen ahí sus huevos. Cuando se rompen y salen las crías la planta comienza a moverse y se escuchan ruidos en el interior. Las arañas crecen muy rápido y en unas horas pueden llegar a alcanzar el tamaño de un puño.

Por aquellos días yo tenía un precioso tronco de Brasil. ¡Cuánta pena me dio tirarlo a la basura!




El robo de riñones

Quiero advertirles de la existencia de una nueva banda criminal que ataca a las personas que realizan viaje de trabajo.

La banda está bien organizada, bien financiada, tiene personal muy cualificado y actualmente trabaja en la mayoría de las ciudades importantes; últimamente es muy activa en Nueva Orleans (o Las Vegas o Houston). El delito comienza cuando una persona en viaje de trabajo acude a un bar para tomar algo al final de la jornada. Entonces se le acerca alguien y se ofrece a invitarle a una bebida. Lo último que recuerda el viajero cuando se despierta en la bañera de una habitación de hotel, con el cuerpo sumergido hasta el cuello en hielo, es que estaba sorbiendo esa bebida. Hay una nota pegada en la pared que dice que no se mueva y llame al 911. Junto a la bañera hay un teléfono en una mesita. El viajero llama al 911, muy familiarizado con este crimen. El operador del 911 le dice al viajero que compruebe, muy despacio y con mucho cuidado, si tiene un tubo que sale de la parte de abajo de la espalda. El viajero encuentra el tubo y responde que sí. El operador del 911 le dice que no se mueva, que ya ha enviado a un equipo médico en su ayuda. El operador sabe que al viajero le han quitado los dos riñones.

En ambos casos la fuente de información era fidedigna: le había ocurrido a un amigo del primo del cuñado del fontanero que fue a reparar un grifo a casa de la prima de la cuñada de la amiga de una vecina que tenía una amiga de la señora que limpiaba en casa de una prima segunda de quien me los enviaba. Una veracidad incuestionable.

Saludos cordiales.




(Ilustración: Drachenbaum Bluetenknospe,
By Erkaha (Own work) [CC BY-SA 4.0 (https://creativecommons.org/licenses/by-sa/4.0)], via Wikimedia Commons).

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Traía yo a estas páginas hace unos días dos leyendas urbanas que en su día creí que eran ciertas. Una la calificaba de terrorífica y la otra de jocosa.

Pero no me quedé completamente a gusto con los ejemplos que traje a colación porque después de verlas publicadas, ambas me parecieron terroríficas. Y a fin de cuentas, faltaba un ejemplo de las que se hacen circular por afán de notoriedad.

En estas estaba yo cuando apareció en mi bandeja de entrada una nueva leyenda urbana que no sabría si calificar de tal, y en caso de hacerlo, si calificarla de jocosa o de afán de notoriedad. Sea como fuere, y dado que se ajusta a sendas clasificaciones, aquí la coloco y que sea lo que tenga que ser. Como mínimo, espero arrancar una sonrisa a quien tenga paciencia suficiente para leerla hasta el final. Y recuerden mis palabras de la vez anterior: «NO tienen por qué ser necesariamente falsas (lo cual NO significa que sean ciertas)».

La historia es la siguiente:

Cuidadito con lo que contestamos cuando nos llaman por teléfono. Esta es la historia de una venganza provocada por una extrema muestra de grosería al coger el teléfono. Esperamos que sirva de aviso y enseñanza para que ninguno de nosotros se encuentre en tan desagradable situación, y por ello reproducimos la historia tal cual nos la cuenta su protagonista, el malvado, vengativo y cruel Alfonso Vélez, paladín de los que sufren malas contestaciones telefónicas.


"...Estaba sentado en mi escritorio cuando me acordé de una llamada telefónica que tenía que hacer. Encontré el número de teléfono y lo marqué. Me contestó un tipo malhumorado diciendo:

—"¡Dígame!".

"Buenos días. Soy Alfonso Vélez, ¿podría hablar con Andrea Jaramillo, por favor?", dije amablemente.

De repente oí que me colgaba el teléfono. No podía creer que existiera alguien tan grosero. Después de esto, volví a buscar en mi agenda telefónica el número de Andrea por si me había equivocado al marcar. Efectivamente, el error era que tenía cambiado el orden de los dos últimos dígitos de su número. Después de hablar con Andrea, observé ese número erróneo todavía sobre mi escritorio. Decidí llamar de nuevo al tipo aquél. Cuando la misma persona descolgó no esperé a que contestase y le dije:

"Eres un hijoputa", y colgué rápidamente.

Inmediatamente escribí junto a su número telefónico la palabra "Hijoputa" y lo dejé en mi agenda telefónica.

Cada par de semanas, cuando yo estaba agobiado de trabajo o pasando un mal día, le llamaba, él contestaba y yo le decía: "Eres un hijoputa". Esto me servía de terapia contra el estrés y me hacía sentir realmente mucho mejor. Unos meses después, la compañía telefónica introdujo el servicio de identificación de llamadas, lo cual me entristeció porque tuve que dejar de llamar al "Hijoputa". Pero un día tuve una idea: marqué su número telefónico, escuché su voz diciendo: "¡Dígame!" y me cambié de identidad:

"Hola, le llamo del departamento comercial de Telefónica para ver si conoce el servicio de identificador de llamadas".

"¡No!" Y me colgó el teléfono, como de costumbre.

Rápidamente lo llamé de nuevo y le dije: "Eso es porque eres un hijoputa".

Sin embargo, la cosa todavía mejora. Estaba yo un día esperando a que una señora mayor sacara su coche para poder aparcar en el espacio que dejaba libre. La anciana tardaba en sacar el coche de su espacio en el aparcamiento. Incluso llegué a pensar que nunca se iría. Finalmente su coche empezó a moverse y a salir muy lentamente. Dadas las circunstancias, decidí retroceder mi coche un poco para darle a la anciana todo el espacio que necesitara. "¡Grandioso!, pensé, finalmente se va...". Inmediatamente, apareció un Ford negro en sentido contrario y se abalanzó sobre el hueco que había dejado la anciana y por el que yo estaba esperando. Comencé a tocar la bocina y a gritar: "¡No puede hacer eso! ¡Yo estaba aquí primero!". El tipo del Ford simplemente se bajó, cerró el coche y se fue hacia el centro comercial ignorándome como si ni siquiera me hubiera escuchado. Ante su actitud pensé: "¡Este tipo es un hijoputa, con toda seguridad hay una gran cantidad de hijos puta en el mundo . . .!".

Fue entonces cuando vi un letrero de "SE VENDE" en la ventana trasera de su Ford. Anoté su número telefónico y me fui a buscar otra plaza de aparcamiento.

Un par de días después, estaba sentado en mi escritorio en casa y acababa de soltar el teléfono después de mi terapia marcando el número de mi amiguete (diciendo "Eres un hijoputa"), cuando vi el número del tipo del Ford negro y pensé: "Debería llamar también a este otro hijoputa. Sin dudarlo, marqué el número, alguien contestó y dijo:

"¿Dígame?".

"¿Hablo con el señor del Ford negro para la venta?", le pregunté yo.

"Sí, habla Ud. con él", dijo.

"¿Podría decirme dónde puedo ver el coche?".

"Sí, por supuesto. Vivo en la Calle San Juan, esquina con la calle San Pedro, es una casa amarilla y el coche está aparcado enfrente de ella".

"¿Cuál es su nombre?", pregunté.

"Mi nombre es Eduardo Pérez", me contestó.

¿"Qué hora sería apropiada para encontrarme con usted, Eduardo?", pregunté.

"Me puede encontrar en casa por las noches".

"Escuche Eduardo, ¿puedo decirle algo?".

"Sí, claro", me respondió.

"¡Eduardo, eres un hijoputa de la hostia!", y colgué el teléfono.

Después de colgarle, incluí el teléfono de Eduardo Pérez en la memoria de mi teléfono. Por un momento las cosas parecían estar saliendo muy bien para mí. Pero ahora tenía un problemilla: tenía dos hijoputas para llamar. Después de varios meses de llamar al par de hijoputas y colgarles, la cosa ya no era tan divertida como antes. Este problema me pareció muy serio y pensé en una solución. En primer lugar, llamé al Hijoputa 1. Un tipo grosero me contestó: "Hola", y entonces yo le dije "Hola hijoputa", pero no colgué. Entonces, el Hijoputa me dijo: —"¿Estás ahí?". —"Síiiiiiii", le dije yo. —"Deja ya de llamarme", me dijo, —"Nooooooooo". —"A ver, ¿quién eres, desgraciado?", preguntó. —"Eduardo Pérez". —"¿Y en dónde vives?", volvió a preguntarme. —"En la Calle San Juan, esquina con la calle San Pedro, es una casa amarilla y tengo mi coche, un Ford negro, aparcado enfrente de ella", le dije. —"Voy para allí ahora mismo, Eduardo. ¡Tú sí que eres un hijoputa! ¡Ya puedes ir rezando lo que sepas, so cabrón! —"¡¡Uuuuuf, sí?? ¡¡Qué miedo me das, hijoputa!!", y colgué el teléfono.

Inmediatamente después, llamé al Hijoputa 2. El tipo contestó: —"¡Hola?". —"¡Hola hijoputa!", saludé. —"Si te llego a encontrar, eres un...", me dijo. —"¿Y tú qué, hijoputa?". —"¡Te voy a patear las tripas!" —"¿Síiii? Bueno, esta es tu gran oportunidad. Voy para tu casa, ¡hijoputa!", y colgué.

Finalmente, tomé el teléfono y llamé a la policía. Les dije que estaba en la Calle San Juan, esquina con la calle San Pedro y que iba a matar a mi novio homosexual tan pronto como llegara a la casa. Luego hice otra llamada rápida a Madrid directo para avisar al noticiero que iba a comenzar una guerra de pandillas en la Calle San Juan, esquina con la calle San Pedro. Después de hacer esto, me monté en mi coche y me fui a la Calle San Juan, esquina con la calle San Pedro, para ver el espectáculo.

¡Fue glorioso! ¡Ver a un par de hijoputas pateándose enfrente de 6 coches de policía, las cámaras de Telemadrid TV y un helicóptero! ¡Fue una de las mejores experiencias de mi vida!

Sé amable o... ¿serás tú el siguiente de mi lista?


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