Las verdes praderas

por

Antonio García Francisco

Llegó la Semana Santa, la tan ansiada semana santa. Todos nos preparamos para vivirla, aunque no de igual manera. Unos van a su lugar de origen a reunirse con los familiares, cosa que solamente hacen en tres ocasiones cada año: Navidad, la fiesta local y ésta; otros aprovechan para hacer un corto viaje al extranjero: París, Londres, Praga son los destinos más solicitados por los españoles. Algunos han reservado alojamiento en las grandes capitales semanasanteras españolas: Sevilla, Cádiz, Málaga, Murcia, Zamora, Valladolid... Ver procesionar los pasos de Salzillo, Gregorio Fernández y de otros grandes imagineros no es cualquier tontería, que un servidor lo ha vivido y es algo inolvidable. Otro grupo de españoles prefiere quedarse en casa porque su ciudad se vacía con la marcha de los grupos anteriores. ¡Qué paz, qué tranquilidad esos días! Los atascos están en las carreteras, las aglomeraciones quedan lejos, toda la ciudad es para ellos: los cines, los almacenes, los restaurantes...

Pero queda otro grupo (tal vez queden más) y es el grupo de felices poseedores de una segunda vivienda, a veces a más de trescientos kilómetros de su residencia habitual, generalmente en la playa, y a veces cerca de ella, a unos cincuenta kilómetros. Y es a éstos últimos a quienes va dirigida esta filípica.

Para ponerles en antecedentes, amables lectores, les diré que hace unos años –algo más de veinticinco, pero ya dice el tango que veinte años no es nada, ergo veinticinco menos aún- se estrenaba en España la película Las verdes praderas, dirigida por José Luis Garci y protagonizada por Alfredo Landa y María Casanova. La película en sí, aunque el público la entendió como una humorada, era un auténtico drama. Un dramón yo diría. Y ese es el tema que intentaré tratar: el humor dramático, lo cual voy a hacer de una manera muy sencilla: les voy a dar un resumen, una sinopsis de la película y ustedes juzgarán, porque ha transcurrido medio siglo desde entonces y la situación se sigue repitiendo año tras año sin variaciones. O con ligeras variaciones sobre un mismo tema, que diría un compositor de música.

Resulta que Alfredo Landa representa a un brillante ejecutivo de la empresa de publicidad en la que entró de botones cuando tenía catorce años. Ha triunfado porque es un hombre espontáneo que aplica en todos sus razonamientos la sabiduría del pueblo, los refranes, los dichos populares, es algo así como un Sancho Panza con visión para los negocios, y es un hombre querido por todos: los antiguos porque le recuerdan como el niño de los recados con su uniforme, los jóvenes porque le admiran o le envidian por su talento.

Este ejecutivo, como todos los ejecutivos madrileños, adquirió su chalet en la sierra, concretamente en Miraflores de la Sierra, aunque en la película no se diga el nombre de la población. El sueño de su vida se ha cumplido: un piso en Madrid, un chalet en la sierra y un coche grande para ir y venir los fines de semana de una casa a otra.

La película narra no sé si un fin de semana o un puente parecido al que se nos avecina en estas fechas. Llega al chalet y se las promete muy felices: siesta, cuidar el jardín, leer un libro, ver un partido del Real Madrid el sábado, jugar una partida al mus... pero el resultado es el de todos los fines de semana: reparación de las bicicletas de los niños, reparaciones de fontanería, desplazamientos a comprar al pueblo porque en la urbanización no hay comercios, visitas de familiares gorrones, actos sociales que aborrece porque los participantes en ellos son sus compañeros de trabajo... todo menos lo único que él desea: descansar.

Y sobre todo, las largas caravanas de automóviles en la carretera que tiene que sufrir en su lujoso automóvil para llegar al chalet o para volver.

Caravanas, retenciones, atascos... eso es lo que se sufre estos días en las carreteras españolas camino del chalet en la sierra o camino del apartamento en la playa. O camino del pueblo para comer torrijas con los familiares. Yo mismo soy uno de ellos. No sirve salir de viaje de madrugada, todos han pensado lo mismo; no sirve salir a última hora, todos ha pensado lo mismo, y eso es una tragedia, un drama, y eso es asimismo lo cómico: que todos lo sabemos desde el año anterior, desde el fin de semana anterior y volvemos a repetirlo este año, este fin de semana, este puente. ¡Qué se le va a hacer! El hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra y se ve que algunos somos muy humanos.

En fin, que aquí les dejo algunas imágenes semanasanteras en clave de humor... o de drama.

¡Ah, se me olvidaba! ¿Quieren saber cómo termina la película de Alfredo Landa y María Casanova? Pues se lo digo, no creo que se la vaya a chafar a estas alturas el final a quien no la haya visto: la esposa ve que su marido no es feliz por la obligación que se han creado de ir al chalet todos los fines de semana y puentes y toma una drástica decisión: al acabar el domingo y llegar la hora de regresar a Madrid lo prende fuego. Cuando el marido ve a través del espejo retrovisor del coche que la casa está ardiendo comprende lo que ha sucedido, lanza una mirada de inteligencia a su esposa, se sonríen y continúan su viaje dejando que las llamas acaben con la causa de su infortunio.

¿No es esto humor dramático?

Saludos cordiales y hasta otra. La caravana me está esperando desde Madrid hasta la costa. Y el día de regreso, más de lo mismo. Sarna con gusto no pica.


_______________________________________________________

Circula por la red (no sabemos cuánto...):




_______________________________




Literatura | Pintura | Fotografía | Música |
Biblioteca de Humor en Almiar

Revista Almiar - Margen Cero™ (2005) - Aviso legal