Un problema ético

por
Antonio García Francisco
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Nadie dice que la vida sea fácil. La verdad es que para impedir que lo sea ya estamos nosotros, los que tenemos que vivirla. Nuestro afán es pasar lo más felices posible por este tránsito, pero una y otra vez nos empeñamos en hacer las cosas cada día más difíciles.

Hoy les presento un problema ético, un verdadero problema que a diario vemos en la prensa, pero que he enfocado desde distinto ángulo. La situación es puramente imaginaria, pero a veces la ficción es más auténtica que la propia realidad y, a fin de cuentas, ¿qué o quién nos asegura que este cuento no pueda llegar a ser realidad algún día? Por todos los países desarrollados de nuestro planeta se producen situaciones que podrían desembocar tranquilamente en la descrita, si es que no se ha dado ya en la vida real.

Sin más preámbulos les dejo con mi historia.


Nos situaremos en un Estado imaginario, un país donde impere un régimen político liberal cuyas leyes traten de inmiscuirse lo menos posible en las decisiones que conciernen a la vida privada de sus ciudadanos, leyes que son permisivas con cualquier conducta siempre y cuando ésta no sea constitutiva de delito.

En ese país vive un matrimonio, Pepe y Pepa les llamaremos por puro convencionalismo.


Pepe y Pepa desean tener un hijo, pero por varias razones no pueden tenerlo, pues Pepe es estéril y Pepa no puede quedarse embarazada. Como su deseo es tan grande y son millonarios, deciden acudir a una afamada clínica privada para que les inicien un embarazo a través de una fecundación in vitro y una madre de alquiler.

Para la clínica el asunto no tiene mayor importancia, pues posee un gran banco de gametos masculinos que han ido recogiendo de los atletas de todas las universidades del país, y entre sus donantes de gametos femeninos figuran las más guapas e inteligentes muchachas del instituto de Enseñanza Media local que ilusionadamente han decidido ayudar a matrimonios que no pueden tener hijos.

Unos días después, un óvulo de la señorita X es fecundado con éxito y el embrión que se produce es implantado en una madre de alquiler la cual, mediante contrato legalizado, se compromete a gestarlo a cambio de doce mil euros.

Transcurren nueve meses y nace un hermoso niño. El director de la clínica telefonea a los señores Pepe y Pepa, que no contestan al teléfono. Extrañado por esta situación, decide visitarles en su domicilio y descubre que allí ya no viven, pues hace dos meses que se divorciaron y vendieron la casa. Por el nuevo propietario se entera de que don Pepe ha emigrado a las antípodas y doña Pepa se ha casado con un viudo padre de nueve hijos y también se ha trasladado al extranjero.

Alarmado por la situación, descubre que D. Pepe no tenía familiares. Busca a los de D.ª Pepa y encuentra a una hermana que le informa que estaba al corriente de la fecundación in vitro, pero que su hermana no quería saber nada del asunto porque ahora tenía a los nueve hijos de su actual esposo.

El director de la clínica empieza a alarmarse, pues Pepe y Pepa pagaron escrupulosamente la cantidad estipulada en el contrato de la fecundación, por lo que, ante el sistema legal del país, no tiene acción legal para demandar. Ellos cumplieron su parte del contrato, como si de una compraventa se tratara. Si ahora no desean la contraprestación que se les debe, no encuentra fundamento jurídico para acudir a los tribunales de Justicia.

Comprende el director que tiene un bonito problema entre manos, de manera que se pone en contacto con la madre de alquiler para tratar de que se quede con el recién nacido. A fin de cuentas, la clínica ha tenido varias demandas porque las madres de alquiler pretendían quedarse con el niño que habían gestado; tal vez ésta quisiera el niño.

Pero se ha equivocado. La madre de alquiler es madre a su vez de cinco niños y no quiere más. Para que no le queden dudas al director, le enseña su copia del contrato donde se estipula que a cambio de doce mil euros se obligaba a gestar el niño y entregarlo el día del alumbramiento, y eso es lo que ha hecho. No quiere saber más.

El consternado director siente que una losa le va cayendo encima poco a poco. Agotando posibilidades, trata de buscar a los que él considera padres biológicos el atleta y la estudiante donantes, pues a fin de cuentas un análisis del ADN demostrará que el niño es suyo. Pero para su desgracia, el donante masculino dio un nombre falso y una dirección inexistente. Y en lo que se refiere a la estudiante donante de óvulos, el director de la clínica recibe un jarro de agua fría: cuando se entera de la historia decide presentar una denuncia contra la clínica por hacer mal uso del óvulo donado, ya que ella hizo constar muy claramente que quería ayudar a parejas que no pudieran tener hijos.


Estresado, deprimido y derrotado, el director de la clínica se pone a contemplar al niño en su cunita mientras se pregunta una y otra vez: ¿De quién es este niño?

Bien, esto es lo que hay. En un caso similar es más que probable que la justicia determine que los padres que encargaron deben hacerse cargo de la criatura, pero... ¿Es ésa la mejor solución? ¿Es ésa una solución? Expresamente les he enviado al extranjero para que estén fuera de jurisdicción territorial. Además, he situado el caso en un país que apenas se entromete en la vida privada de sus ciudadanos, sin olvidar los términos del contrato celebrado entre Pepe y Pepa con la clínica.

Entonces, en este caso concreto, ¿DE QUIÉN ES EL NIÑO?

Por favor, mediten en ello. Tal vez un caso real no esté tan lejos de producirse.

Saludos cordiales.

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