Ayer era un problema ético.
Hoy es un dilema ético


por

Antonio García Francisco
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Cuando en el pasado número de Margencero planteé un dilema ético acerca de un bebé de diseño, esperaba alguna respuesta, pero no la hubo, tal vez por perplejidad de los lectores ante el caso planteado.

Sin embargo, un familiar que además es asiduo de nuestra revista me indicó que recordaba haber leído algo parecido en un seminario de ética al que había asistido hace unos años. Rebuscó entre sus apuntes y pudo comprobar que el caso era casi idéntico y sin solución, temiéndose los asistentes que el futuro del niño probeta era de todo menos halagüeño.

Ese amigo me adjuntó un documento que fue material en aquel seminario, y como lo encuentro bastante interesante, tras pedirle permiso y habérmelo concedido —¡a él le da lo mismo!—, lo publico sin más preámbulo.

Créanme, es un verdadero dilema ético que nos hará pensar, pero con una notable diferencia respecto del anterior, y es que en este caso tenemos un comentario que no nos dejará indiferentes.

Allá vamos, y que salga el sol por Antequera.

Gracias por la colaboración, Pierre. Gracias a Olsen y a ti esto es sencillo de llevar.


Un dilema ético


El acorazado Espíritu del Norte ha recibido el impacto de un torpedo en plena sala de máquinas y está empezando a hundirse.

—¡Abandonen el barco! —grita el capitán Cangrejo.

Pero son muy pocos los botes que han quedado intactos. Uno de ellos, cargado hasta los topes, consigue a duras penas alejarse del barco antes de que éste se hunda completamente.

En la proa va el capitán Cangrejo. De las grises y heladas aguas del océano que rodean el bote surgen voces lastimeras que piden ayuda.

Pero, ante la cruda certeza de que el bote corre el riesgo de volcar, poniendo en peligro la vida de los que se hallan a bordo, ¿habría que recoger más marineros para salvarles?

El capitán Cangrejo murmura unas palabras en latín que nadie puede entender y acto seguido lanza una terrorífica orden:

—¡No paren!

Algunos de los que van en el bote murmuran por lo bajo algo así como «esto es un puto crimen», «maldito cabrón sin entrañas», o «todos estos cabrones de capitanes tendrían que hundirse con sus putos barcos».

Pero todos son marineros desde hace años y están acostumbrados a obedecer, y continúan su marcha. Mas hete aquí que en un momento dado, uno de los marineros que están en el agua consigue llegar a nado hasta la borda del bote, momento en que descubren que se trata de Juanito, el joven grumetillo de dieciséis años, quien, a pesar de estar casi exánime por el frío, trata de subir a la embarcación, la cual empieza a zozobrar alarmantemente.

Desde su sitio, el capitán Cangrejo grita con todas sus fuerzas:

—¡Arrojadle otra vez al agua! ¡Pepe, dale fuerte en las manos para que se caiga!

¿Debe Pepe obedecerle?

Mediten en ello.

Yo les voy a dejar el comentario que me envía mi primo Pierre y se lo voy a dar de la manera acostumbrada: oculta bajo el color de la frase. Basta con que pulsen el botón izquierdo y arrastren sobre el cuadro que a continuación encontrarán.

Pero, por favor, sean sinceros con ustedes mismos y piensen un poco. El comentario no es la solución, simplemente es un comentario y muy discutible, por cierto. Es más, les anticipo que se trata de la opinión de un prestigioso profesor de Filosofía, con la cual no hay porqué estar de acuerdo. Existe un tópico que dice que todas las opiniones merecen ser respetadas; no es esa mi opinión porque entiendo que lo único que merecen todas las opiniones es ser escuchadas. Después, si se respetan o no, es cosa que cada uno debe decidir en conciencia, si es que la tiene.

Saludos cordiales.


Comentario


En primer lugar hay que considerar una cosa: ¿hasta qué punto debe un individuo poner en peligro su bienestar para facilitar bienestar a los de los demás? Este dilema lo planteó el biólogo Garrett Hardin. Se trata de un ejercicio para demostrar que los países ricos no están obligados a ayudar a los países pobres, pues si admitieran a los pobres del mundo en el bote salvavidas que es su economía pondrían en peligro en bienestar de sus ciudadanos. Un reparto equitativo de las riquezas del mundo podría conducir, al menos en la teoría, a una escasez generalizada. Hardin sostiene que el altruismo sólo es aplicable a pequeña escala.

Pero lo cierto es que el profesor Hardin no tiene interés alguno en salvar vidas, pues considera que el verdadero problema es la sobrepoblación. «El problema de la población es la causa fundamental del hambre y la pobreza» (G. Hardin, Problemas particulares de población nacional). Es decir, en la teoría de Hardin, nadie debe solucionar sus problemas de pobreza enviando los pobres a otros países.

Hardin amplía que una nación rica es como un bote salvavidas lleno de gente bien acomodada que se compadece de los que se hallan en botes más abarrotados. Según Hardin, estas gentes deberían largarse y dejar su puesto a los de los otros botes. O callarse. De modo que Pepe sí tiene una manera de salvar a Juanillo: tirarse por la borda y dejar su sitio al grumete. Si todas las personas a quienes remuerde la conciencia cedieran el puesto que tan injustamente tienen, concluye Hardin, el resultado sería la eliminación del tipo de conciencia que genera el bote. «El bote se depura por sí mismo del sentimiento de culpa» (Hardin; obra citada).

A Pepe, no obstante, le queda otra solución: arrojar al capitán Cangrejo por la borda y subir a Juanillo. ¿Sería eso ético? El profesor Hardin sostiene que esa solución generaría inestabilidad en los sistemas sociales, pues los demás tripulantes tendrían miedo de ser arrojados tras el capitán.

¿Y la oración en latín del capitán? Sin duda es impossibilium nulla est obligatio: «Nadie está obligado a hacer lo imposible», uno de los principios básicos del Derecho Romano.

Naturalmente, no todos los filósofos comparten este principio.

Imagen en el texto: Allied tanker torpedoed, By U.S. Navy (photo 80-G-43376) [Public domain], via Wikimedia Commons.

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