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Beso mortal
Óscar Bribián Luna
Allí estaba
ella. Quieta, tranquila, fría, descansando sobre la barra del pub, de mi
pub. Habíamos cerrado media hora antes, a las seis de la mañana, y Héctor y los
camareros se habían marchado ya, probablemente a algún after-hour, así
que estábamos los dos solos. De haberla visto en manos de otra persona no lo
habría admitido, pero no, ella estaba conmigo desde siempre. Nunca nadie antes
la había utilizado, bueno, lo cierto era que yo tampoco, pero aquella noche se
me intuía propicia, más que ninguna otra. Ya bastaba de rodeos, necesitaba
decidirme de una vez.
La música de Red Hot Chili Peppers trepaba
por las paredes del local y se colaba en mis oídos ordenándome. By the way;
el ritmo pretendía acerarme la sangre, pero mis manos temblaban como hojas al
viento.
Veía su sonrisa fría, metálica, esperándome como
venía haciéndolo todas las noches desde que la encontré en el Full Aventura
Fire. Ella era preciosa. Un poco pequeña, pero me habían dicho que era de
esas que tienen un beso mortal, y yo así lo creía, por eso me asustaba tanto
tenerla entre mis manos. Siempre venía conmigo, y a menudo yo le decía algún
cumplido, pero no solía acariciarla. Tal vez era por eso por lo que ella me
miraba con expresión resuelta, desafiante. Sabía que yo le tenía miedo, aunque
la quería para mí.
Fijé la mirada en ella, y al saberme descubierto
giré el rostro. En el local se respiraba un olor a sudor, a alcohol desparramado
por el suelo, a suciedad que a la mañana siguiente la empleada de la limpieza
vendría a limpiar como cada domingo. No pude resistir acudir detrás de la barra
y llenarme un vaso de whisky. Nunca fui lo que se llama un chico atrevido. Cogí
una botella de Ballantines y llené el vaso hasta el borde, sin hielo.
Luego di un largo trago hasta abrasarme la garganta.
—Está bien
—le dije. Ella estaba a tan
sólo dos metros de distancia—.
Hoy es la noche. Lo he decidido.
Ella no pronunció palabra. Nunca lo hacía. Pero
intuí que esos ojos negros me miraban incrédulos.
—De verdad
—añadí.
La cogí con la mano derecha y ella se amoldó a mis
dedos deferentemente. Puse su cuerpo contra mi rostro y advertí el frío del
metal inquebrantable en su piel, el frío del ejecutor que lleva esperando mucho
tiempo impaciente. La volví hacia mí y esperé el beso mortal, pero ella no
respondía. La música me impulsó a dar el primer paso. Apreté el gatillo y la
bala salió tan deprisa que no tuve tiempo de despedirme de ella, de mi Taurus
calibre
357.
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CONTACTO CON EL AUTOR

FOTOGRAFÍA: Pedro M. Martínez

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