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Por los caminos
de la noche

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Lucilene Machado


«¡La noche es triste!». Leí eso en muchos libros. En líneas o entrelíneas, siempre un vacío entre un sol y otro. Falta de reflejo en las miradas. Deseos partiendo. Dolor extendido en la hoja del árbol que la joven coge por no tener nada más que hacer. Un tedio desolado entre los verdes de la esperanza. ¡Qué falta hacen los pañuelos usados para el adiós! La vida es tan rápida que no sobra tiempo para ellos. Mástiles de navíos, quillas de veleros, soltar anclas, vapores...

Ayer el mar pasó por aquí, pero nadie conservó intacta la memoria. Cubrimos, tan inmediatamente, los sueños con un sombrero... Quedaron solamente flashes. Un pitido aquí, una luz intermitente acullá, un ladrido rasgando el tiempo. Las historias adormecen en una necrópolis. Es necesario hablar rápidamente para no olvidarse de lo que vino a decir. Me compete así, sin pensar mucho, decir que morí varias veces. Varias veces llamé a la puerta de Dios. Varias veces resucité. ¿El mundo?, permaneció echado delante de mí como una tierra de sueños. Pasajes y paisajes, tiempo y viento. Encuentros. Fui tan lejos y volví con un vacío en el pecho. Las elipses dieron al verbo una oportunidad de elección. Elección es una palabra engañosa. Nadie escoge morir debajo de un árbol. ¡Líber! muchos sueños murieron descritos en las cortezas de los árboles.

¡Tan tristonas las noches que ya no vuelven! ¡Tan extraños los besos rememorados después de esas muertes! Besos profundos, penetrantes como el gorjeo de un pájaro para desobstruir oídos sordos. La vidriera, hoy es un cuadro que refleja alguna venganza divina. Trazos agudos cortando horizontes. Filo de una navaja invisible abriendo los abismos del alma. Puntos de silencio caídos a gotas por el suelo.

Un ángel alado corta el viento y la luz y después sonríe. Toca mi alma con dedos invisibles. En el infinito, estrellas intercambian palabras y la luna llena, silenciosamente, da el aire de su gracia. Bailo en las nubes de mis emociones. Acordes de flautas, silbidos de brisas y señales de un mundo vivo, tan vivo que llega a asustar. Mi conciencia de vida exterior nunca alcanzará tamaña lucidez. Mi vivir se reduce a esperas. Espera de que los minutos se materialicen a la manera imperfecta de los hombres y no esté yo tan crudamente viva y tan duramente expuesta a esa claridad de los cuerpos celestes. Mi voluntad, como ser perecedero, es vencer en la lucha primaria que me conservará siempre primaria. Vida insana, casi inanimada.

Hoy el pensamiento es una lluvia fina cayendo despacio. Mi cuerpo es un embarcadero cubierto por el velo de la soledad. Vale la pena morir todas las noches por algunos segundos de una mirada. Llamar a la puerta de Dios para ser tocada con palabras. Inscribirme en el núcleo de una oración en que el deseo etéreo y líquido escurrirá por los brazos. Un planeta distante espera. Un cuerpo aislado busca ternura. Ideas perdidas en vacíos de vida. Ilusionada, existo con mis fantasías enclavadas en la garganta de la noche.

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LUCILENE MACHADO
es una autora brasileña.
sin @ para evitar el spam lucilenemachado(at)terra.com.br

Traducción de Pablo G. Fernández

- Lee otros relatos de esta autora (en Margen Cero):
Buscando estrellas | Del corazón de una mujer | Crónica para un ángel | Ensimismada

- ILUSTRACIÓN RELATO: Fotografía por Pedro M. Martínez ©