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Si el Capitán Trueno
Martín Piedra

Los perros ladraron, quizá presintiendo algo. Nuestras madres se asomaron a la ventana, entre las sábanas tendidas en las lías, para llamarnos. Y no estábamos. Alguien salió a buscarnos.

Aquel día pusimos punto final a nuestra infancia. Habíamos dejado el colegio y nos arrastraron hasta el instituto. Los profesores esparcían sobre nosotros los conocimientos como el que echa de comer a las gallinas. La de Literatura decía que nunca «entraríamos» en Machado. Nos llamaba cenutrios. El de Física temía nuestras bromas —sobre todo temía a Gálvez, con su cara de hiena.

Cambiamos el pan con nocilla por el cigarro mentolado. Bastante teníamos con buscar la elegancia al intentar expulsar el humo por la nariz. Nos preocupábamos por arreglar el mundo a golpes de conversación. En nuestras discusiones viajaba algo de nosotros mismos, no sé hacia donde, que hacía que nos empeñáramos en ellas más de lo necesario.

Me imaginé lo que habrían dicho:

—Se enfriará la cena.

—Estos mocosos de mierda.

—Seguramente han ido hasta las vías del tren.

Empezaron a buscarnos detrás de las escombreras y, luego, inevitablemente sus pasos los llevaron a las vías del tren.

No vi a mi padre cuando llegaron, pero estoy seguro de que, con su camiseta de tirantes y sus brazos como poleas, anduvo todo el camino jurando que me atizaría con el cinto. Pobre. Luego se abrazó a mí llorando.

Nuestra mirada cambió para siempre aquella tarde y ya nunca veríamos con los mismos ojos las películas de Bruce Lee en la oscuridad del cine. Yo ya no leería tebeos de Spiderman con la boca abierta, ni esperaría la llegada del Capitán Trueno, dispuesto a salvarnos, porque Jacinto, tan valiente como siempre, se apostó con nosotros el regaliz del domingo que resistiría en la vía hasta que el tren estuviera en la curva del Culantrillo.

¡Cuántas discusiones, cuántas apuestas! Aquella tarde, cuando oímos ladrar a los perros, que venían abriendo camino a nuestros padres, no supimos cómo decirles que Jacinto había tropezado. Hincó una rodilla y cayó entre las traviesas. El tren le arrolló. Lloramos. Gritamos y nadie nos oyó. Llegamos hasta él. Nos pusimos a su lado y echamos el cerrojo a nuestra infancia.


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MARTÍN PIEDRA
es el seudónimo utilizado por un autor madrileño que escribe porque le gusta y porque no puede dejar de hacerlo...

Lee otro relato de este autor, en Margen Cero: Pucheruelos

- ILUSTRACIÓN RELATO: Fotografía por Pedro M. Martínez ©