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El caserón
José B. Adolph



Nuestro caserón es realmente grande. Desde mi habitación normal, en el tercer piso, en el frente de la casa, puedo ver la plaza San Martín pero mi segundo dormitorio —que llamo refugio—, en la parte de atrás aunque también en el tercer nivel, da a la plaza de Armas o Mayor y me enfrenta directamente al palacio presidencial y, más atrás y más arriba, al viejo cerro San Cristóbal.

Desde uno de los balcones, cuando no hay demasiada bruma invernal, veo el mar. Desde otro, los barrios de esteras, adobe o ladrillo sin enlucir apiñados sobre cerros cuyo suelo ya no es visible salvo como polvo.

Tengo documentos que me demuestran que nuestro caserón siempre estuvo en este lugar, aunque no queda claro desde cuándo. No sólo hay documentos coloniales y republicanos sino también pinturas, generalmente óleos oscuros y brillosos, de hombres a caballo y damas con cestos y flores.

No todo en el caserón es, como podría pensarse, oscuro, húmedo y desgastado. Posee lugares luminosos, coloridos, hasta alegres. A veces encuentro, en mis andanzas, huellas de pisadas de un caniche silencioso y deyecciones de aves, probablemente guacamayos.

Las huellas humanas son menos frecuentes. Alguna estría de barro de garúa, dejada por un zapato, descuidada por la servidumbre; una vez un breve pañuelo de material muy fino; en otra oportunidad un anillo sobre el lavatorio de uno de los inacabables baños de la segunda planta.

Pero lo que encuentro mucho en los tiempos recientes es algo muy difícil de describir y explicar: una especie de hálito que no es ni imagen ni sonido, una suerte de suspiro de la memoria que posee resonancias musicales. Como si un espíritu, quizás el del mayor de los Bach, hubiese encontrado aquí una patria permanente, lejos de cualquier acoso amigo o enemigo. Porque, según he sabido, lo que suele llamarse inmortalidad está en realidad lleno de acosos, de intentos de asalto, de zancadillas celosas aunque también —no es un consuelo— de afanes amorosos. Si esto se supiera, me digo no sin sonreír un tanto vengativo...

Cuando me sobrevuela un avión o un helicóptero me enfado, no sé bien porqué. También desconozco la razón para que, en cambio, no me moleste el ruido de automóviles o los gritos de personas que venden, protestan o piden algo. El gran gato negro que me ha adoptado y me acompaña en mis vagabundeos me sugiere que hay una especie de envidia en mi enfado por lo que el hombre ha inventado para alcanzar el cielo. Mi gato es muy inteligente aunque suele disimularlo, al estilo de los gatos. Para ellos hay sólo dos estados: festejados como divas u ocultos como ladrones.

En la biblioteca, además, obviamente, de libros —la mayoría muy hermosos, inclusive los que contienen insensateces— deben sumar muchos miles los folios que he ido rellenando al paso de las décadas. En uno de los sótanos, éstos sí mugrientos y un poco repugnantes, hay toneles enteros de la tinta violeta que utilizo para escribir. Mi gato afirma, irónico, que aquí el progreso se detuvo antes de la máquina de escribir, para no hablar de las computadoras. Estoy informado, no crean, pero vivo inmerso en una descomunal indiferencia ante lo que los humanos, tan insólitamente ingenuos, llaman progreso.

Relativamente. Más que primitivo, soy arcaico. Utilizo cubiertos (¡y de plata de 925!), lamparines de algún derivado del petróleo o de la oliva. Los mismos libros, hasta los hechos a mano, son o fueron un progreso. Mis pensamientos y algunas de mis acciones están teñidas de diversos tiempos.

Nunca me he preguntado quién soy. Ni siquiera qué soy. Las identidades son tan ilusorias como todos los diagnósticos. Una vez que se descubre cosas como la de que no hay futuro, pierden interés presente y pasado y, en consecuencia, las definiciones. ¿De qué se trata, entonces?

De vagar. De recorrer pasillos, habitaciones, tejados, sótanos, huertos y jardines. De orinar sobre tulipanes, de dormir sobre pianos de cola enmudecidos, de sentarse a comer entre arbustos.

Esto funciona bien. Hay personas que trabajan para esta casa, no tanto para mí. Sé que una vez al mes van a una institución bancaria y reciben honorarios. No tengo idea del origen ni de la cuantía de esos fondos. Ninguno vive en el caserón. Todos tienen orden de invisibilidad. No puedo agradecer nada a nadie: ni dinero, ni productos, ni servicios. Ni amor. Esta es la libertad.

Pero debo confesar que, además del gato —que parece ser tan inmune a la muerte como el caserón y yo—, amo a esta enorme fortaleza de la indiferencia que es el caserón. Es maravilloso que él (o sus constructores que, por lo visto, también siguen vivos) haya desarrollado mecanismos de defensa que rotan, se modifican y renuevan constantemente. A menudo aparecen en los alrededores cadáveres desangrados y a veces decapitados. Cuando un gobierno ha querido invadir el caserón, ha sido derrocado. Hace años que fue declarado intangible, inteligente manera de dejar al caserón en paz. La gente cuenta misterios y anécdotas y los turistas toman fotos y vídeos.

Más de una vez se me ha ocurrido que no soy sino un apéndice o vocero del caserón. ¿Quién soy para negarlo o afirmarlo? ¿No dije que las identidades son ejercicios de la vanidad? Pero algo me dice que si esos de afuera son humanos, yo no puedo serlo.

¿Y qué contienen esos folios y esos textos en tinta violeta? Pues listas. Listas de cosas consideradas existentes y, como comprenderá cualquiera, esas listas son infinitas. Siempre hay más cosas. Siempre hay que seguir anotando. Ese es el sentido de la vida: registrar lo que se cree que hay.

Por eso es que hoy he escrito esto. Para que exista un texto que convierta en realidad que existe este texto.


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El escritor José B. Adolph nació en 1933 en Stuttgart, Alemania, y residió en el Perú.
@ sustituida para evitar el spam jbadolph(a)terra.com.pe

De este autor puedes leer más relatos en nuestra sección Autores en Almiar, pulsando aquí.

- ILUSTRACIÓN RELATO: Fotografía por Pedro M. Martínez ©