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Sólo te veo cuando
cierro los ojos

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Esther Zorrozua

Al principio, poco después de que te fueras, llegué a verte en la calle, cuando miraba distraída por la ventana. Te llegué a descubrir mezclado entre la gente y sentí un vuelco repentino en el corazón, la sensación de quedar un instante en suspenso, hasta comprobar que no eras realmente tú, sino alguien que se te parecía en la silueta, en un gesto...

Tengo pocas fotos tuyas por la casa. Tal vez porque prefiero verte sólo cuando cierro los ojos. Me gusta más la imagen soñada, la que yo he ido tejiendo en mi recuerdo a base de pequeñas anécdotas que se van engarzando como minúsculas piezas de orfebrería sobre el tapiz de mi infancia y de mi primera juventud.

Nunca fuiste muy locuaz. Acaso no sabías manejarte adecuadamente con las palabras y preferías los gestos. Aun así, me dejaste una rica herencia. No me acuerdo si me enseñaste a andar, tal vez el primer hito de toda vida, pero estuviste siempre a mi lado con tu índice enhiesto, indicando siempre el norte como una brújula bien imantada, al señalar las palabras en mis primeras cartillas. Tú me enseñaste a leer y con ello abriste ante mí un mundo infinito que aún hoy me sigue asombrando.

Años más tarde, con una infinita paciencia, me enseñaste latín, con la austeridad y la disciplina con que te habían marcado para siempre los años de seminario. Muchos dudarán de la utilidad de esos conocimientos. Yo tampoco sabría explicarlo con precisión, pero intuyo que los acusativos y los genitivos abonaron una tierra virgen y la prepararon para aprender a discernir y a amar el poder de la palabra. Y cuando hoy en día, en los concursos televisivos minoritarios, único foro en el que esta clase de erudición resulta rentable, se mencionan como anacronismos las Guerras de las Galias o la Eneida de Virgilio, en el fondo de mis entrañas siento una emoción inconfesable, que con nadie puedo compartir, pero no me importa guardarla para mí sola, de la misma manera que sólo te veo cuando cierro los ojos.

Acababa de cumplir los 18 cuando me enseñaste a conducir con aquel 600 que entonces tenías. Nunca hubo un grito en tus labios, a pesar de mis torpezas tan femeninas, ni siquiera cuando le dimos por detrás a aquel coche que estaba parado con su dueño dentro, sentado al volante. Sólo un gesto de resignación y una palabra de aliento: «Venga, continúa». Cuántas veces ahora, cuando me veo a mí misma conducir con cierta soltura, me acuerdo de aquellos primeros tropezones y se me empaña la vista. Cierro los ojos y entonces te veo.

Pero el recuerdo más cálido que guardo de ti es aquella pregunta que sólo tú fuiste capaz de hacerme siendo yo recién casada: «¿Eres feliz?». Te respondí que sí y tú asentiste en silencio, como si te quedases tranquilo, en paz.

No sé si estos años sin ti me han hecho olvidar cómo fuiste realmente. No sé si te he inventado. Lo cierto es que sólo te veo cuando cierro los ojos, y tu imagen sosegada y apacible me conmueve y te echo de menos.

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esther_zorrozua[at]euskalnet.net

Ilustración relato: Fotografía por Pedro M. Martínez ©