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El cóndor y la paloma
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Nelson Gómez
Tras años de ausencia, los primeros
días los pasé recorriendo la ciudad y admirando las obras realizadas durante mi
prolongado alejamiento; a la semana, visité la cima del morro de Arica. Después
de ver las nuevas construcciones, eché de menos las trincheras, según recuerdo,
eran unos huecos cavados en el suelo con la forma de un rectángulo, de unos ocho
metros de profundidad, por un metro de ancho, con varios nichos a los costados
donde dormían los soldados; esta cavidad estaba recubierta con cemento y
piedras. Al terminar el paseo caminé en dirección sur, buscando una huella que
me llevara hasta la playa La Lisera; durante las dos horas que había durado esta
jornada, en varias oportunidades vi planear a un cóndor por los alrededores y,
ahora que estaba casi llegando al mar, me encontré con esa magnífica ave posada
en una roca contigua a la ruta que estaba siguiendo; al llegar a quince metros
de él me detuve, el cóndor impertérrito escudriñaba la lontananza del océano y, a
esta distancia, pude apreciar que una paloma blanca estaba posada en el vértice
de sus alas y el cuello. Asombrado ante este insólito hecho que no encajaba en
mi cerebro, y menos encontraba alguna explicación lógica a tan kafkiana visión,
lentamente me fui acercando hasta llegar a unos siete metros de las aves; sí, no
me cupo duda posible, era una paloma blanca. Poco a poco fui doblando las
rodillas hasta quedar sentado en el suelo; pasaron varios minutos hasta que el
cóndor se dignó a girar su majestuosa cabeza, sus penetrantes ojos se clavaron
en los míos y nos quedamos mirando un buen rato. Las aves mostraron buena
disposición ante mi inoportuna presencia, casi podría decir con amistad; traté
entonces de serenarme al máximo, y como entre los conocimientos que poseo
incluyo el hipnotismo, traté de hacer un enriquecedor experimento y ver qué
podría lograr en esta oportunidad. Al principio me vi en dificultades por la
fuerte mirada del paciente, que casi revierte el intento; poco a poco, fui
notando mi supremacía frente al señor de los cielos, hasta que en unos pocos
minutos logré mi objetivo. Como si hubiese estado en una situación totalmente
normal, pregunté: —¿Cóndor, por qué razón llevas sobre tus hombros a una paloma?
Al quedar en la incertidumbre de lo que podría acontecer, en mi interior
bulleron cosas que subían y bajaban, chocaban y saltaban. De pronto, a mis oídos
llegó una profunda y bella voz de barítono, que me decía:
—Has logrado lo que nunca imaginó persona alguna, en años, yo mismo no había
escuchado mi voz, y paladeo la agradable sensación de comunicarme por medio de
las palabras. Si contesto la pregunta, tal como tú me la formulas, no entenderás
nada, por eso, te relataré mi vida anterior, y ahí sabrás los hechos que
responderán a tu curiosidad. Nací y me crié en la ciudad de Linares, llegué a la
capital a cursar los estudios superiores, justo cuando la Patria reclutaba
hombres ante una guerra que amenazaba nuestra soberanía; después de un breve
entrenamiento nos enviaron a Antofagasta, desde donde, entre batallas y hambre,
nos vinimos tirando calamorro hasta llegar a Arica; la noche anterior al 7 de
junio de 1880, por razones que uno muchas veces no puede explicarse, repasé lo
que había sido mi vida. Allí apareció mi novia de Linares, una pololita de
Santiago, y la única mujer antofagastina que conocí como se debe, hasta donde el
pudor queda atrás; entre los bártulos de mis recuerdos, aparecieron rostros de
soldados que fueron mis amigos y murieron en el camino, y un sinnúmero de
muertes innecesarias, horrorosas mutilaciones y largas agonías. Los
sufrimientos, las amarguras, los desengaños y las ingratitudes habían hecho
mella en mi fortaleza; tenía que soportar una soledad forzada, que no me
permitía integrar grupos de soldados, por miedo a encariñarme con esos futuros
muertos que irían quedando sepultados a nuestro paso.
Cuando corrimos ese amanecer a tomarnos el morro, en mi interior ya iba
destrozado; cumplía sólo por mi Patria. Luego de sortear la balacera más tupida
que nos había tocado enfrentar en la campaña, a los pies del fuerte Ciudadela
llegamos la mitad del batallón; con los corvos rajamos los sacos de arena que
estaban en las bases de las trincheras; se abrió un forado y, gritando como un
poseído entré expectante con la bayoneta en ristre, justo en el momento que un
soldado enemigo trataba de tapar ese hueco con la bayoneta y su cuerpo;
encontrarnos en la entrada y ambos quedamos clavados en nuestras armas, resultó
una sola acción; nuestra agonía fue corta, con las miradas nos contamos las
penurias vividas y, en medio de los estertores de la muerte, junto con una
lágrima nos pedimos perdón. Pasados los años me reencarné en un cóndor, y un día, al sobrevolar el sector de
Lluta, desde lejos divisé a una paloma blanca, en raudo vuelo llegué a su lado y
cuando pretendí atraparla, al mirar su ojos, de inmediato reconocí al soldado
que me dieron por enemigo al que sin odio asesiné, y el que en las mismas
condiciones me mató. Como en los días de la guerra del Pacífico nosotros no
deseábamos ni disfrutamos de las batallas, decidimos volar juntos por el resto
de nuestras vidas —durante el relato de su amigo, la palomita movía
afirmativamente la cabecita, como señal de su aprobación.
Después de oír esta sensible y estremecedora historia ¿qué decir?, ¿qué opinar?,
¿y hasta qué punto podía creer lo que estaba viendo y oyendo? Sin poder cerrar
la boca ante tanto desatino y preguntándome hasta que punto mi hipnotismo era el
culpable, únicamente me quedó una idea clara en la cabeza: cada día, yo estaba
más loco.
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Nelson Gómez León
es
un escritor chileno.
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