|

Correspondencia
Javier Rodi
A muchas escritoras
nos toca la inevitable y aleatoria experiencia de recibir escritos de gente que
aspira a ver publicadas sus obras. En los últimos años me han llegado
incontables manuscritos y, entre ellos, he descubierto algunas obras de
indiscutible valía, de autores completamente desconocidos. Pero, en general, la
fortuna no ha sido particularmente generosa conmigo en este sentido.
Cierto día, hace ya diez o doce años, me encontraba en plena tarea de corregir
galeradas cuando trajeron el correo. Nada de particular a primera vista. Cartas
de algún amigo, escritos de mis editores y los ineludibles tochos de escritores
noveles. Tras leer la correspondencia, cogí uno de ellos, lo hojeé y, de
repente, cayeron varias hojas al suelo. Algún defecto de la encuadernación
parecía haber provocado un desprendimiento de páginas mal cosidas. Las recogí y
traté de colocarlas pero no hallé su lugar. Al leer someramente el contenido
quedó claro que no pertenecían al texto de la novela. Era una carta personal que
el autor, sin advertirlo, había traspapelado entre las páginas de la obra.
Iba expresamente dirigida a una persona. Había un nombre de mujer en el
encabezamiento.
«Mi deseada P...
Hace unos días escuché a alguien decir que todas las cosas caminan hacia alguna
parte. Todas, me repitió. No le creí mucho entonces. Luego caí en la cuenta de
que efectivamente es así, aunque algunas lo hacen en direcciones contrarias.
Como sé que ya no podemos seguir igual que hasta ahora, y presiento que tampoco
será posible ir más allá, quiero que, por última vez y sin el filtro de las
convenciones sociales, ni el intencionado disimulo al que la peculiar forma de
nuestra relación nos ha llevado, sepas lo que durante este tiempo he sentido yo.
También lo que, en muchos casos, he creído adivinar en ti.
De esta manera tan clásica, ya fuera de uso, que conscientemente he elegido para
despedirme, hubiera preferido decirte que ya no te deseo y sentir que tú a mí
tampoco. Pero no es así. Eso lo hace más difícil. Confieso sentirme cercado por
recuerdos tan claros y dulces que debo hacer grandes esfuerzos para continuar
escribiendo y no romper la hoja. No lo haré, pero me pregunto si es posible
decir adiós sin mirar atrás. Tal vez lo sea, aunque yo no puedo ni quiero
despedirme de ti sin volver la vista durante unos momentos.
¡Cómo olvidar la cena en la que, rodeados de personas amigas, nuestras miradas
se buscaban en un juego intermitente y maravilloso! Esa noche descubrí, por
primera vez, que la fuerza de unos ojos puede penetrar, a través de los propios,
a tal profundidad que sientes la más completa desnudez y una gozosa mezcla de
pudor y deleite.
¡Cómo olvidar la caricia furtiva, casi robada; el leve roce de una mano que se
pasea, durante unos instantes, sobre ti, dejando un rastro de placer y
estremecimiento!
¡Cómo olvidar aquella tarde en la sierra! La gloria del verano brotaba por todas
partes. Aparecía en las ropas, cortas, transparentes, ligeras, de las personas
que nos rodeaban. Un murmullo de voces ociosas y divertidas llegaba de todas
partes. De la piscina subían ruidos de chapoteos y gritos de niños alborotados.
Todo parecía perfecto. Como un escenario preparado con el mayor de los esmeros
para que la representación resultara excelente. El césped era magnífico y
limpio. La sombra del fresno bajo el que estábamos, relajante. Las laderas de
las sierras que teníamos enfrente poseían ese raro equilibrio que combina
naturaleza y civilización sin que ninguna de ellas se sobreponga a la otra. Y
tú. El cuerpo cubierto por el bañador, breve, ajustado. Separados por un metro
escaso, mis ojos te besaban centímetro a centímetro, y tú lo sabías, y
disfrutabas. Te deseé como nunca he deseado a nadie. Y luego el anochecer. Fue
pausado, tranquilo, como correspondía a semejante escenario y a lo que estaba
sucediendo entre nosotros. Apareciste en el salón con una blusa escotada que
mostraba, preciosos, el nacimiento de los senos. Aquella noche noté una plenitud
pocas veces alcanzada. ¡Estabas tan próxima, tan tibia, tan entregada!
¡Cómo olvidar tu voz, tan trémula cuando percibías que era yo quien te hablaba
al otro lado del teléfono!
Pero todo esto tiene que terminar. Mejor dicho, a partir de esta carta ha
terminado. Me marcharé de tu vida borrando huellas y espero de ti que hagas lo
mismo. Afortunadamente no habrá suspiros ni frases de consuelo. Nadie dejará
caer remotas esperanzas, inalcanzables asideros para el deseo. No hay cartas de
amor que quemar ni fotos o regalos que devolver. Nuestro mutuo regalo fue el
tiempo que compartimos y esos instantes ya vividos no son retornables.
Pertenecen a nuestra memoria común.
Tampoco pretendo vivir en el recuerdo, porque sospecho que toda añoranza es poco
más que una fría equivocación de la memoria y que en ella siempre hay algo de
inexacto. Y, porque viviendo así, las caricias regaladas, las miradas, las
palabras dichas no pertenecen a nadie, caen en abismos infinitos, en sacos
rotos. Viviendo así únicamente puede obtenerse el ácido sabor de la ausencia, el
sabernos esclavos de un deseo no reconocido, imposible. No quiero que al final
sólo nos quede algo por lo que suspirar.
Sé que lograré prescindir de ese tiempo pretérito, aunque no sin dolor.
Encontraré otras tareas, otras obligaciones que lo anestesien. Debo hacerlo
porque como bien sabes seguiremos viéndonos y encontrándonos. Nos saludaremos
amablemente, con sobadas fórmulas de cortesía, pero nuestros ojos no se
buscarán, y si por casualidad se encuentran no debemos consentir que expresen
más que la natural y comedida alegría que sienten dos personas que se aprecian.
Quisiera finalizar aquí la carta. Sabes que aunque lo estoy intentando tampoco
se me dan bien las despedidas. Conoces de sobra mi torpeza.
Puesto que nos veremos no tardando mucho y debemos hacerlo con total
naturalidad, lo único que se me ocurre es decirte ¡hasta la vista!».
Era obvio que esta misiva no me iba dirigida (aunque a veces, releyéndola,
sentía un poco de envidia porque no fuera así) y que sólo por error había
llegado a mis manos. Pensé inmediatamente en devolverla a su dueño con una nota
superficial y discreta.
Como suele ser habitual, cada obra inédita que me envían viene acompañada de una
cuartilla con la dirección del autor. La busqué rápidamente para no demorar más
la devolución, pero no la encontré. Repasé una a una las hojas del tomo y nada.
Miré entonces en la papelera, donde había arrojado el sobre grande, de color
marrón, en el que me había sido enviada. Tampoco hallé cosa alguna. Extrañada
ya, di la vuelta al sobre esperando ver el remite y dar por finalizado algo que
empezaba a ser enojoso. Allí, en la parte posterior, descubrí un hermoso espacio
en blanco.
Sospecho que esa mujer continúa sin recibirla, y, como no quiero sentirme
culpable de ello, he decidido enviarla a la Revista ALMIAR con la esperanza, no
sé si vana, de que algún día llegue a leerla.
_____________________
CONTACTO CON EL AUTOR


OPINA SOBRE ESTE
RELATO
|