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Cruzar la calle
con Ernesto

Carlos J. Torres Linares


Recuerdo la primera vez que me hablaste del sitio en que vivías. El recelo apresó mi rostro sin cuidar que te dieras cuenta. No importó, estabas acostumbrado.

Imagino que aún despiertes a la misma hora de siempre, y lo primero que hagas sea asomarte por las persianas y ver tu calle. Una de las tantas del barrio que miran de reojo al asfalto que les picó de cerca.

El polvo estalla desde temprano, junto al aroma del café y al rocío de los potreros cercanos. Allí llegaron un día tus antepasados con una piedra y tres palos a levantar su pequeño imperio, seguros de marcar el territorio que legarían a su simiente. Y ahí estás, en medio de la selva que te vio nacer, que hasta Avenida propia tiene, nombrada con un número muy alto que hace suponer la existencia de otras. Pero es la única.

«¿Cómo puedes vivir ahí?» te pregunté un día. Me resistí a la idea con la obstinación de quien da las cosas por supuestas; sobre toda la perfección, que ahora detesto por su exceso de higiene. Contigo llegué el primer día y mi vista se abalanzó sobre los ojos de aquellos que se apresuraron a analizarme. Me sentí como un perrito acorralado, aun cuando fui yo el que comenzó la batalla visual. Esa fue la primera vez, las otras, no variaron mucho mi actitud.

En tu casa siempre me sentí bien recibido. Pude aprender desde su espacio el verdadero sentido de tu barrio, donde la puñalada y la golpiza eran estatutos, pero la sinceridad y la tolerancia se respiraban en cualquier rincón casi descaradamente. La música completaba el paisaje, a toda hora, absorbiendo alcohol y marihuana, desafiante desde el terreno ganado.

Una vez me enseñaste a Leticia, la hembra que te viraba el estómago al revés cada vez que la veías. Avanzaba ignorándolo todo, salvo dos o tres saludos ponzoñosos. Cuando nos pasó por al lado no hubo nadie para ella en el portal donde estábamos. Te pregunté sorprendido si no se hablaban. Quisiste disparar un pretexto, pero tu hermana se adelantó y me dijo que ya Leticia tenía uno que se la iba a llevar. Cuántas cosas se han llevado ya Ernesto... Luego de aquello desapareciste por el resto del día, aunque te mantuviste conversando hasta tarde. Tú eras un negro más de esa ciudad árida y humeante, llena de otros negros, y lo seguirás siendo hasta el último día. No tenías ni un peso y te atrevías a soñar con carne servida en otras mesas. Mesas más afortunadas, con olor a acera sudorosa y perfumes traídos de no importa donde.

Nunca más tocaste el asunto, parece que habías aprendido a aceptarlo. No, no lo aprendiste, la vida allí era aceptarlo todo y tú naciste vivo. Yo era tu único amigo fuera de aquel entorno. Precisamente yo, uno que sólo tenía la vida pensada que llevaba dentro y una familia para armonizar. Ahora perdí todo eso porque lo quise dejar atrás. Tengo otras cosas que no me hacen mejor ni peor; y estoy tan lejos de ti Ernesto, tan lejos como aquel momento en que supiste que no estaría más. Las piedras de la calle fueron testigos de tu dolor al saberlo. Por ahí deben estar ellas, tan fieles a su hogar como tú.

Por eso te quiero más, porque supiste permanecer, lidiar con la vida y que no te cogiera la baja; y condenado a por los años al mismo lugar has ganado Ernesto. A los hijos que tuviste con la mujer que nunca imaginaste, debes enseñarle lo que el destino puso en tu sangre y tu mente. Quizás comprendan, como no pude hacerlo, el sabor de esa realidad que no inventan los hombres.

Al salir de tu casa no miré atrás. Ahí se abrió un abismo blanco que caminaba junto a mí manando de mi espalda. Quedaste en él... yo... no quise caer. Como ahora dejo caer esta carta que te he escrito y no sé si algún día leerás.

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CARLOS J. TORRES LINARES
es profesor de Historia del Arte de la Universidad de Oriente, en Cuba.

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ILUSTRACIÓN RELATO: Fotografía por Pedro M. Martínez ©