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El escudo blanco
Pilar Romano


Soñaba con estar enamorada. Tenía la edad sospechosa del agua que va quedando en el estanque y un latido inexcusable le reptaba por las caderas. Los sentimientos familiares o amistosos no sabían acallar ese latido y soñaba con estar enamorada.

A veces pensaba que el lino blanco del uniforme de colegiala, que perduró en su delantal de maestra, la había convencido de que llevaba un escudo de pureza que la separaba de cualquier experiencia que pudiera rozarle la carne. Ya no usaba el delantal blanco, pero la visión de ese escudo se le presentaba en ocasiones. Cuando viajaba de pie en el ómnibus por ejemplo, o en un ascensor, y se hacía inevitable el roce con un pasajero; imaginaba que sus huesos eran de barro blanco y podían disgregarse si continuaba el contacto. Al mismo tiempo sentía que algo amenazaba con desbordarse de un cántaro y aparecía el impulso de atar a ese hombre a su cintura con un lazo. Entonces, la visión del lino blanco. Y la sensación de que esas manos lo mancharían, que quedaría la secuela del perfil de los dedos sudados luego de que tocaran su piel. Secuela irreversible, delatora. A veces creía que toda ella se había convertido en un delantal blanco desgastado, olvidado en la cuerda de tender la ropa. La invadía esa forma de desesperación que no llega a las lágrimas y no permite que baje la fiebre. De algún modo habían escondido en su mente la idea de que los hombres, todos, caminan junto a cortejos de pensamientos sucios.

No siempre llega el día, pero para ella llegó. Apareció el hombre que por sus méritos o defectos, o por obra de las circunstancias, le avivó el deseo de despojarse del escudo.

Fue en aquel bar en el que esperaba que dejara de llover, sentada en el taburete alto de la barra, bebiendo sola una copa fuerte que no se atrevía a pedir cuando estaba con sus amigas. Antes que nada, escuchó el ritmo de su respiración. En el intento de acomodar su paraguas, él le rozó la pierna un poco más allá de la rodilla, que había quedado descubierta debido a la altura del asiento. Lindas piernas eran y ella lo sabía. Y él se lo dijo, finamente, galantemente. Como toda mujer, llevaba su secreto entre los muslos, y le vinieron unas ganas locas de ser descifrada. Conversaron y se forzó por ser original, interesante. Comenzó y siguió la ronda. La lluvia quería apagarle la sed de otra piel y el antiguo blanco comenzaba a ser subyugado.

Desde aquel día, todos notaron que estaba cambiando, pero ella no quería contar nada; prefería palpar sin testigos los pliegues de esa satisfacción rara, que parecía modificar sus tejidos. En esto pensaba cuando le vino inesperadamente a la memoria el verso final que recitara en coro en el acto escolar, hacía mucho, en quinto grado... «y todos unidos saludamos a la patria». Cosas de la mente, se dijo, pero algo la inquietó. De todos modos, se sentía plena, ejerciendo por fin el oficio de amar.

Habían ido al cine y todo estaba encaminado hacia el encuentro total. Tragó su pudor envuelto en saliva picante y dijo que sí a la invitación. Estaban, por fin, en el departamento solitario. Comenzó a desnudarse y se sintió orgullosa de sus pechos aún erguidos, de su vientre tenso que sería explorado de un modo que no conocía. Sería una nueva manera de tocarse, un contacto húmedo de manos ansiosas en busca de redondeces y cavidades. Su viejo latido tomó un ritmo alucinante y cuando yacía en la posición en que la mujer vence, adoptó súbita e inexplicablemente la cadencia de aquel coro escolar «todos unidos saludamos a la patria»..., y sintió el pelo tirante por las trenzas que le hacía mamá y escuchó el tono absoluto de su recomendación: hacé siempre caso a lo que diga la maestra, ¿entendiste?, y a la maestra de quinto grado ordenando al comenzar los ensayos…, al decir «todos unidos saludamos a la patria» niñas y varones se toman de la mano, pero eso será el día de la fiesta, no antes, no es correcto, sobre todo para las niñas, que se toquen ni antes ni después, ¿entendieron?




PILAR ROMANO nació en Corrientes (República Argentina). Tiene publicados dos libros de cuentos, Azahares y Fantasmas y La plaza de los naranjos y una novela Inocencia Plenaria. Sus narraciones aparecen también en algunas antologías y páginas de interné. Obtuvo el premio bienal Juan Torres de Vera y Aragón en la categoría cuentos inéditos, otorgado por la Provincia de Corrientes (1990) y otras distinciones en concursos a nivel nacional, todos ellos en narrativa.

- Leer otro relato de esta autora (en Margen Cero): Es a mi

mariadelpilar[at]arnet.com.ar


ILUSTRACIÓN RELATO: Fotografía por Pedro M. Martínez ©





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