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El oidor
Nicolás Rovegno


Entramos al bar casi a medianoche, las mesas estaban llenas. Tuvimos que sentarnos en la barra. Jorge me miró y me preguntó qué quería tomar. Jorge es de las personas que no tienen edad. Bien podía parecer de veinte o de cincuenta, dependiendo de su estado de ánimo. Parece que esa noche, que nunca olvidaré, tenía los cincuenta encima.

Le dije que cerveza nomás, y él pidió un cuba libre. Pensaba en que siempre que nos vemos, acabamos en el mismo sitio, sólo nosotros dos. El resto de amigos, o se casó y sentó cabeza o huyeron despavoridos del país en la década anterior, a buscar un mejor futuro en los Estados Unidos. Pero Jorge y yo, ni nos habíamos casado, ni habíamos emprendido la retirada. Siempre los sábados en el mismo bar, algunas veces en mesa, y como hoy, en la barra. El bar tenia tiempo, siglos de existencia, y estaba decorado con mesas y anaqueles blancos, mostrando botellas casi centenarias que nunca habían sido abiertas, inclusive algunas de ellas eran marcas que jamás yo había escuchado, deduciendo que habían salido del mercado mucho tiempo atrás. Jorge encendió un cigarrillo, le dije que bote el humo para el otro lado, siempre me hacía lo mismo.

Y claro, hablábamos de las mismas cosas, cuando él no tenía trabajo, me contaba sus penas y supremos esfuerzos por conseguir algo, mientras pedía el quinto cuba libre de la noche. En otras ocasiones, me contaba de sus peleas con Elisa, una antigua enamorada con la cual, la verdad, lo único que escuchaba era conflictos y sólo una vez me contó que les estaba yendo bien. Pensándolo bien, soy un excelente oidor. Lo escucho con pasión, con entendimiento y con interés, siempre muevo la cabeza, hago comentarios aprobatorios o desaprobatorios y alguna vez suelto un comentario pequeño que confirma la razón que Jorge esgrime. Y no es que no tenga nada que contar, también tengo mis cosas. Pero parece que Jorge siempre tiene algo que contar, algo que celebrar, algo de qué quejarse o de qué aburrirse, y eso es lo más importante todos los sábados. Alguna vez me ha asaltado el pensamiento de qué sería de Jorge sin mí los sábados. Pero del mismo modo, también tengo el temor de imaginar qué sería de mí sin Jorge, no tendría a quién escuchar y tendría que buscar a otro amigo, pero ya no nos quedan muchos.

Jorge comentaba acerca del partido de la tarde, qué bien que su equipo había ganado, ya ves, maricón, tu equipo no sirve para nada, siempre les andamos ganando, salud. Yo lo miraba sonriente, sonriendo con mis dientes, con mis ojos con mi nariz y mis orejas. Le dije que sí, que ellos eran mejores. Jorge asintió, y pidió otro cuba libre. Luego dijo que todos eran una sarta de maricones, que se habían ido del país, qué poco patriotas que son, pero seguramente en un tiempo iban a regresar llenos de plata para que los envidiemos. Pero yo les diré que nosotros sí nos quedamos aquí, sí enfrentamos los problemas, no es que nos vaya excelente, pero tenemos una serie de cosas que ellos no tienen, como los amigos, el cariño y la comida. Nuevamente yo le daba la razón, y pensaba que más bien los que deberíamos irnos somos nosotros, o yo, por lo menos, pero, qué sería de Jorge sin mí.

A las dos de la mañana, Jorge estaba borracho. Ahora hablaba de Elsa, que donde andará, qué será de su vida, si la veo con otro, le pego no a ella, sino a él, se supone que Elsa iba a ser para toda la vida, hasta que se enteró que yo tenía un hijo que nunca reconocí. No me perdonó, no me contestaba las llamadas, hasta que me cansé y un día no la quise ver más. Sé que no se ha casado, que anda trabajando en un banco, pero la verdad es que hace un buen tiempo que no la veo. En ese momento, yo vuelvo a mover la cabeza, tienes razón Jorge, y pienso en Elsa, a quien tampoco veo hace tiempo. Ellos me invitaban a todas partes, y yo cumplía el mismo rol con todo rigor de escucharlos a los dos, tanto cuando conversaban, como cuando discutían. Les daba la razón a ambos, asentía los comentarios con interés y fruición y nunca querían que me fuera. Ahora me doy cuenta, que parezco un espejo, soy el espejo de Jorge donde van a parar todas sus imágenes mentales hechas palabra, todas sus vivencias diarias hechas emoción y todas sus frustraciones presentes y futuras.

Cuando lo vi, estaba llorando. Se fue al servicio, regresó, y pidió otro cuba libre. Yo nunca le decía para irnos, eso lo dejaba por cuenta de él. Yo no estaba ni cansado ni aburrido, bueno, si no estoy con Jorge, ¿qué haría? Estaría o viendo televisión o durmiendo, y la verdad que prefiero estar aquí. Nunca aceptamos gente que se nos acerque a buscar conversación, el otro día Jorge casi se lía a golpes con uno que quería sentarse con nosotros a contarnos sus desventuras. Amablemente, Jorge le metió un puñete y lo sacaron a rastras.

Jorge me dijo que le estaba yendo bien en su trabajo, todavía estaba en esquema comisional, pero muy pronto pasaría a ganar un buen básico y comisiones, y que, en tres meses, estaría en disposición de comprarse un carro. Yo no tengo carro, no porque no tenga plata, sino porque no sé manejar ni me interesa, siempre preferí tomar taxis, que otros manejen por mí, así como Jorge maneja las palabras que todos los sábados escucho. Soy el oidor, una suerte de especie en extinción en un bar, donde más bien todo el mundo habla de cosas importantes y a su vez nadie las escucha, o las entiende o les presta la suficiente atención. Jorge me dijo si quería otra cerveza y moví la cabeza afirmativamente. Era la número once para mí. Le comenté que me siento muy contento con lo de su trabajo y me miró como si me estuviera mintiendo. Tenía los ojos rojos y estaba despeinado, hecho un desastre.

Eran las cuatro de la mañana cuando el bar cerró sus puertas, pero los que nos quedábamos adentro, nos podíamos quedar. Jorge ahora divagaba acerca del futuro del país, que todo se está yendo a la mierda, pero ya nos ves aquí a los dos fieles al castigo y sin querer irnos. Además, no es que no me quiera ir, ya he juntado suficiente plata, lo que pasa es que pienso en Jorge y en su futuro, y no me atrevo a comentarle nada. Estoy seguro que no me volvería a hablar, y sería complicado a su edad y como él es, de conseguir otro oidor tan atento y amigo como yo.

A las cinco, me dijo que ya quería irse a su casa, y que por favor lo acompañe. No podía ni deletrearle con claridad la dirección al taxista, cosa que tuve que hacer por él. A esa hora, la ciudad parece sacaba de la bruma de una pesadilla, de algo irreal que ha pasado pero que recién se configura en la mente. Llegamos a su casa, y se despidió de mi. Me abrazó y me dijo que me quería mucho, que podía siempre contar con él para lo que yo quisiera.

Al día siguiente, tomé mi vuelo en la noche para Miami. Me casé, tengo dos hijos, un excelente trabajo y una casa que nunca pensé lograr. Mi familia es un modelo norteamericano de felicidad y bueno, con eso es difícil quejarse. Sin embargo, todos los sábados en la noche, me invade la misma nostalgia antes de dormir. Lo imagino a Jorge, conversando en el bar seguramente con otro oidor como yo, pero luego creo que no es así. Jorge está y estará, completamente solo.



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nrovegno[at]terra.com.pe



ILUSTRACIÓN RELATO: Fotografía por Pedro M. Martínez ©





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