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En el campo
de batalla fue
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Iván Humanes Bespín
Lo cierto es que el ejército inició el
asalto a la ciudad cuando el general acabó de dictar. Yo lo vi con mis
ojos de tonta atontada. Fue después de mirarse en el espejo una mota roja en el
iris, llena de amor, justo en el momento en el que ponía el final en la última
carta, ordenándome el punto en un girar precipitado de cintura. Al apartar la
vista del reflejo enamorado del espejo, y enfadado con el mundo, se ajustó la
chaqueta, miró al frente y ordenó el asalto.
Aunque más que el final, fue el continuará, pues
siempre concluía las frases con un punto casi invisible, tan invisible que… ¡Y
ya me ocupaba yo de que la letra fuese clara!
«Que respire, que respire la frase», me decía.
El general era muy nervioso, todo un tipo lleno de
acción. No sé si fue él el que me contrató o bien envió a uno de sus soldados a
por mí, dejándole a él la elección. Sin más, un día, un hombre con traje de
guerra y aliento a perros me dijo que subiera al auto, que el general me
esperaba. Yo salía de correos, de llevarle la comida a mi padre (que limpiaba
todas las máquinas, suelos, y cristales del mundo), y cuando llegué, el general,
todo precipitado, me señaló unos papeles y una pluma cargada de tinta.
«Póngase allí, en ésa silla. Rápido, la guerra nos
espera», dijo.
En aquel momento comenzó a hablar, yo a escuchar. Que
por fin me había encontrado y que hiciera el favor de escribir para él, que ya
me pagaría bien, dijo. Y eso sí, se notaba que el general estaba enamorado, no
paraba de mirar quién sabe qué con cara de bobo en el fondo del espejo de pie,
que allí, en el centro de su despacho, reflejaba mesas, tinteros y sonrisas.
Los primeros días titubeé, es cierto, debió ser porque
desde el bachiller no escribía y siete, ocho años sin puntos ni comas son muchos
años. Pero hacerlo para una persona con zapatos relucientes y bigote cortado a
lo Humberto I, si es que alguna vez llevó el tal Humberto bigote, era tan
bonito… Fallaba al principio el dictado. Escribía con cuidado porque no quería
romper el ritmo de las órdenes. La sonrisa estúpida del general dejaba claro que
las cartas eran para Ella, y él se ocupaba de examinar convenientemente lo que
yo escribía. Al revisar él, eran unos segundos de desconfianza, después movía la
cabeza y chasqueaba la lengua, sonreía con la cabeza agachada, tímido, y algo
muy extraño le hacía retirarse al espejo a mirarse el cielo de los ojos,
separando con cuidado los párpados mientras yo metía la carta en el sobre y la
lacraba con fuerza. Me acercaba y se la daba, él la guardaba en el cajón con un
resoplido trágico.
«Estoy enfermo», se le escuchaba.
Unos meses y mejoré los escritos. Para ello abordé el
fondo de librería que tenía debajo de la cama —acumulado
en una adolescencia llena de fracasos—
y comencé a devorar letras. Sobre todo letras románticas, historias llenas de
besos temblorosos. Salía bien preparada de casa, cada día leía medio libro:
«Amor en el Trópico» fue el mejor.
Y yo iba allí, con mis ideas bien claras. Hablaba
siempre de guerras y acciones, de bandos y municiones. Y me enseñaba artículos
de una tal Serena Delde, y decía que siempre le gustó cómo escribía hasta que me
senté yo enfrente de su mesa. Que ella tenía cuentos bonitos en el Nacional,
pero que ahora le gustaba cómo yo ponía el empeño y el labio torcido al coger la
pluma. Que había visto claro en mis escritos que yo no era esa tal Serena que
tanto le gustaba, aunque mis ojos y mi pelo todo para atrás le recordaba su
cara. Y claro, que en la vida la gente se equivoca porque las caras se
confunden, las caras se confunden sí, se confunden… Y mandas a un soldado a
buscar a una persona determinada, bien conocida, conocidísima en los diarios, y
los soldados tienen errores y errores y a veces son tan preciosos los errores…
Yo le decía que sí, que qué guerra tenemos hoy que
ganar. Y él comenzaba a dictar ajustándose la chaqueta de general con un golpe
seco de tacón en el suelo. Sabía que era muy importante para esos ojos rojos de
enamorado hacerlo bien. Era tosco, yo mejoré sus modos. Era un loco, no quitaba
ojo desde el reflejo a mi labio torcido.
Cuando él decía «Señor general», yo sabía que era «Mi
gran dama de hielo», o cuando dictaba «debemos unir las fuerzas para hacer
frente a los rebeldes», quería que pusiese que «le faltaba el aliento para
acercarse y unir cuerpos, pero que los rebeldes, esos segundos sin estar juntos,
caerían tarde o temprano».
Estaba tan tonto de amor que a veces se quedaba en su
silla de general balbuceando quién sabe qué, como ido. Ella (para qué negar la
realidad, sería esa tal Serena Delde la carteada) debía estar muy satisfecha con
el general, las cartas decían tanto… Aún recuerdo una frase, aquí me ayudaron
mucho mis lecturas de princesas atacadas: «Diez días e iniciaremos la ofensiva»,
me dijo mientras se miraba el bigote en el espejo y cogía con ansia su vara de
general de la mesa dándose en la pierna. «Diez días», sentenció.
Era un ultimátum a su dama de hielo y la frase
que me dictó se convirtió en «tan sólo catorce mil cuatrocientos segundos nos
separan para intercambiar soplos, calientes y húmedos, como el día y las noches
de verano en el Trópico». Fue mi mejor invención. Cambié el «Saludos» de la
carta, por «Tequieros»; «leyes» por «compañías»; «acción» por «ternura».
Nuestros artículos siempre se contrariaban, ¿por qué dictaba Ella cuando quería
decir Serena? ¡Maldita Ella! Entendí que era una declaración de amor y que debía
apurar el estilo para hacer volar la imaginación de la afortunada. Fui tonta.
Pese a todo me alegré por el general, por los éxitos que le darían mis letras, y
la noche del ultimátum no pude dormir; una bofetada de insomnio, nervios y duda
cayó en mi cara desde bien arriba.
Conté los días hasta que llegaron a diez. Los
debí contar mal, pude saltarme alguno o contarlos dobles, pues se hicieron más
largos que diez días normales. Nunca tuve suerte con los números, siempre me
parecieron demasiados. No hice mucho mientras tanto, sólo esperar y esperar.
¡Era tanto hacer! Me cansaba en seguida. Y a media mañana ya era invisible de
tanto esperar. Me sentaba en el escritorio y veía al general lamentando su
enfermedad. «Sólo tiene una solución», repetía en sus siestas de media tarde. Al
despertar saltaba y ordenaba por teléfono acciones, presupuestos, número de
soldados. Yo le miraba, representado con mi lengua pequeñita en el paladar desde
sus zapatos hasta su cabello, construyendo su figura prusiana; imaginándome a su
dama, que debía ser muy alta, tanto como él; muy seria, tanto como él. Era algo
que había hecho muchas veces, imaginármelos juntos. Luego, en sueños, le hacía a
ella desaparecer…
Nadie le respondió, no llegó jamás ninguna carta.
Y yo lo vi con mis ojos de tonta atontada. A los
catorce mil cuatrocientos segundos se levantó de su butaca, me sobresalté y
comprendí que era irremediable, que había llegado el día de la cita. Quise ir
hacia atrás y quemar todas las letras y bibliotecas del universo. No pude hacer
nada. La muerte era segura, el ejército del general inició el asedio a la ciudad
cuando remató la última carta.
«El amor está lleno de estrategias imposibles,
siempre fui un cobarde», fue lo único que dictó antes de mirarse el rojo de los
ojos en el espejo y salir a toda prisa del despacho.
Fue él quien acudió a combatir con unos cuantos
soldados y sin contar con el apoyo de nadie más, bien loco, sabiendo que iba a
caer. En unas cuantas horas los rebeldes los arrasaron. Al acabar todo, el
soldado con traje de guerra y aliento a perros que un día me presentó en el
despacho del general, vino y me dio todas las cartas que yo había escrito.
«Del general para ti», dijo.
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IVÁN HUMANES BESPÍN
(Barcelona - España; 1976)
Licenciado en Derecho por la Universidad de Barcelona. Ganador del XVI Premio de
narraciones cortas «Ciudad de Jerez» y del XIII premio «El Fungible», así como
de otras menciones y premios en varios certámenes. Es colaborador de las
revistas Escribir y Publicar y del portal literario Literaturas.com.
Ha publicado el libro de relatos La memoria del laberinto (Biblioteca CyH)
y en breve publicará el ensayo Malditos. La biblioteca olvidada, del que
es coautor.
WEB DEL AUTOR:
http://ivanhumanes.blogspot.com
Este relato fue ganador del II Concurso de relatos cortos
«Villa de Torrevelilla».
Otros textos del autor en Margen
Cero:
Medianoche
en el Caravan;
Balas
blancas
y
Sacudir ceniza (poemas)

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