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Emigrantes

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Paco Ruiz


1/ LA SOMBRA DE UNA MARIPOSA


Es la primera vez que Obadé ve el mar, pero maldita la hora. Toda esa extensión de espuma amenazante parece querer comérselos a todos. La luna tirita sobre el agua, al igual que su mandíbula. A su espalda alguien vomita, y más de uno tiene que sujetarse la arcada entre los labios porque el estrecho está muy picado.

Es muy ancho el estrecho.

El viejo motor Evinrude tose un espasmo de viejo fumador desahuciado y se para. Ahora están a merced de la suerte. Obadé reza a sus Dioses entre dientes. De su pelo ensortijado cuelgan anhelos de salitre. Sus manos, como las de los otros veinte desgraciados achican agua del viejo cascarón, zarandeado por el Mar como un peluche en la mano de un niño. Parece que el agua salga de la barca y ellos pretendan llenar el Mar…

Obadé cierra los ojos para escapar del miedo y del frío. Tan sólo sacar agua y esperar que la corriente se apiade de ellos. Prohibido pensar.

Pero no puede evitarlo, y recuerda los tiempos antes de la hambruna, antes de la imbécil guerra que dinamitó su vida con Dihara, su mujer, que contoneaba por el camino su delicada pelvis africana con el cesto de ropa limpia sobre la cabeza, y con su pequeño Rachim, que perseguía la sombra de una mariposa por el patio sin percatarse de donde procedía, ajeno a la sonrisa de sus mayores y a la guerra que se cernía sobre su corta vida. Eso es la vida de Obadé ahora, la sombra alocada de una mariposa que tropieza por las paredes.

Es cruel el estrecho.

El agua fría corta los dedos como una radial, pero no pueden rendirse ahora. Después de tanto esfuerzo no. Un hombre desfallece atrás. Alguien vuelve a vomitar, esta vez en su misma espalda, y el maldito viento corre en paralelo a la costa. Sin motor ni viento apropiado no hay posibilidad de llegar. Palean en el agua fría a manos limpias, intentando alargar el suplicio unas horas más, obstinados en el fracaso que está por venir. Alguien ha caído al agua, de puro cansancio. Nadie pregunta nada. Menos peso. Más opciones.

Frente a sus ojos vuelve a pasar el fatídico día. Los milicianos entrando en la granja, pisoteando su mijo y robando sus vacas. El asesinato de Dihara y Rachim ante sus propios ojos mientras a él le daban por muerto en la acequia, con un machetazo hondo en el hombro. Las dos heridas aun palpitan, escuecen, una supura odio en forma de líquido amarillo y pútrido, la otra le corroe las entrañas: Nunca más la sonrisa noble de Dihara iluminando el zaguán, nunca más su Rachim de ébano y caña cabalgando la perra. Nunca más.

La espuma ataca la barca con fiereza, la zarandea con saña. El viento vira apenas unos grados, suficientes para comprender que el único escape posible pasa por volver a África. Esta noche no puede ser. El paraíso se ha vuelto a alejar, quien sabe si para siempre.

Es infranqueable el estrecho.

Los hombres, extenuados, manotean el agua con menor convicción. Ya no hace falta. Con la patera viento a favor el agua golpea en la popa, más alta que el resto, y les devuelve a la costa de Marruecos con una insolencia tiránica, con un desprecio por la ilusión que no parece propio de la naturaleza, si no del hombre.

Ya en el bajío, a un cuarto de milla de la costa, Obadé canta con amargura su desdicha. Es tal el silencio en la playa que toda África parece escuchar su voz combada por el Destino:

Voy buscando el paraíso
Que ayer vislumbré entre sueños.
Voy buscando el paraíso
Lugar sin hambre ni dueños.

Voy buscando el paraíso
Y sé que al fin debo tenerlo.

Si el estrecho no me quiere
Tarifa es mi cementerio.
Si el estrecho no me quiere
Tarifa es mi cementerio.


Y termina su tarareo con una promesa de regreso, mientras una lágrima feroz le parte la cara de arriba a abajo.

Es eterno el estrecho...




2 / NO PROBLEMA AMIGO

A la llegada de la sirena azul la plaza se llena de estruendoso silencio. Los bancos vacíos, otrora bulliciosos de emigrantes rumiando deseos de trabajo, son testigos solitarios de la presencia policial, acechante y muda junto al quiosco.

Hussein no se ha dado cuenta, y toma sin prisas su café matinal en Casa Uceda mientras ojea el Marca. Llegó hace seis meses en un trailer de fruta desde Ceuta. El calor y la falta de aire casi no le dejan contarlo. Otros ya no podrán.

Alfredo Martín ingresó en el Cuerpo en el año setenta y cuatro huyendo de la dureza inmisericorde del arado. Es casado y tiene dos hijos, uno de la edad de Hussein. No puede decir que no haya soltado alguna hostia de más, ni de servicio ni en casa, pero se define a sí mismo como buen padre y buen policía. Es un hombre sencillo y bien domado.

Alfredo y su compañero caminan hacia el bar. Un soplo de inquietud les acompaña. La plaza parece chillar su miedo. En el coche, un mensaje entrecortado de estática taladra el aire sólido. Es la emisora. En algún lugar han pedido socorro. La pareja no llega a descifrarlo. Se han acostumbrado a vivir con ese tipo de avisos. Algún otro acudirá.

Hussein alza la vista del periódico y mira de reojo hacia la calle en acto reflejo. La sangre se hiela en sus venas. Una pareja de policías viene derecha hacia allí. Aún no lo han visto. Demasiado tarde para escapar. El único cobijo posible lo ofrece el cuarto de baño. No se lo piensa.

Los policías toman asiento en la barra. Uno con leche corto de café, una Castellana y un vaso de agua, Uceda, que paga éste. Esquivando el gorrazo del compañero y entre risas, Alfredo Martín se dirige al baño acomodándose la tripa sobre el pantalón. Uceda no se ríe tanto. Maldita la gracia que le hace.

Alfredo Martín coge el picaporte y empuja la puerta. No cede. Su cabeza gira hacia Uceda interrogando con las cejas, y éste se dispone a tapar a Hussein alegando que el váter está embozado. Antes de que tenga ocasión de hacerlo un tenue hilo de voz blanda sale del baño: «Ocupado...». El acento no se le escapa al agente. Hussein piensa con amargura que habría bastado con meterse en el lavabo de mujeres. No hay escape.

Alfredo Martín hace una seña al compañero, y se colocan a cada lado de la puerta. ¡Salga inmediatamente, Policía! Silencio tenso. Otra seña y echan mano de la porra. Finalmente se oye el pestillo abrirse y la puerta ceder hacia adentro. ¡Afuera chaval! ¡No problema amigo! ¡No problema amigo! Con las manos levantadas, Hussein trata de tranquilizar las inquietas porras que oscilan en manos de los policías. De momento lo está consiguiendo.

El policía más joven coge su documentación marroquí y marcha hacia la emisora. Quizá tenga antecedentes. Alfredo Martín le acorrala en el rincón de la barra y lo escruta con autoridad, mientras da un trago largo a su copa de Castellana. Apenas es un crío de la edad de su Jesús y está asustado. Pero el deber es el deber.

¿Por qué te escondías? «...Miedo de polisía», atina a decir Hussein. Nunca, escúchame bien, nunca te escondas o huyas de la policía ¿me has entendido? Un sólo gesto con la cabeza da a entender que sí. Alfredo Martín observa las hebras de agua buceando en el anís y divaga acerca de su llegada a Madrid: La estancia de patrona, la dureza del clima, el vértigo feroz del andamio o el sueño de volver a su Córdoba natal algún día, rico y despreocupado.

Hussein comprende que no va a tener otra ocasión igual. El policía que está con él se ha distraído y el otro no está. Es el momento de correr hacia la libertad. Sin pensarlo dos veces empuja a Alfredo hacia las mesas y sale disparado en dirección contraria al coche patrulla, perdiéndose en la jungla de ladrillo en apenas unos segundos.

El compañero llega corriendo en poco tiempo: ¿Cómo ha sido? ¿Estás bien?

—Me he clavado el pico de la mesa por ese mamón... El cuento de siempre: Ellos tienen más ganas de escapar que yo de detenerlos... me debo estar haciendo mayor. Anda, tómate el café que se te va a enfriar.

3 / LA LEY DE LA SELVA

A la señal del macho dominante la partida de cazadores echa a andar. Conocen el terreno a la perfección, los escondites, las descubiertas, los lugares idóneos para la celada: Están en su territorio de caza. Tan sólo falta la presa.

Un macho joven se acerca al jefe de manada. Su mirada es huidiza. Agacha la cabeza en señal de sumisión, arqueando ligeramente la testuz para no contrariarle. A pesar de la ausencia de hembras la manada respeta la jerarquía. Una buena manada requiere organización. El líder pide un cigarrillo que el macho joven es incapaz de negar. El resto husmea el aire en busca de trofeos. Las puntas de sus botas iluminan la calle de acero y terror.

El macho dominante cambia de dirección guiado por sus instintos. La manada se abre en abanico abarcando todo el paso posible. La descarga de sensaciones que trae la caza es inigualable, y alguno de ellos, ya veterano, se relame recordando cacerías anteriores. La sensación de triunfo inminente envuelve a la partida de machos, centelleantes de amuletos y símbolos, fruncidos los belfos con fiereza.

Al final de la calle que recorre la manada una posible presa duerme arracimada entre cartones húmedos y medio deshechos por la bruma pegajosa. Un estertor monocorde delata su resuello, quebrado de dormir a la intemperie. No sospecha, ignorante en su sueño, que un viejo lobo pacífico como él puede ser presa de otros lobos en esta tierra extraña, a tantas leguas de su Otavalo natal. Aquí la pobreza molesta. Es indecorosa.

La manada aún no ha visto la presa. Pero la intuyen, la huelen, la presienten cercana en el tiempo. Las sonrisas tensas e inquietas se afilan, las pupilas se aceran, el paso se agita, se vuelve rígido, y la formación disciplinada de caza va perdiendo la compostura. La manada va tornando en jauría.

La presa, el viejo lobo derrotado, bebe largamente de un cartón de vino. No tiene más desayuno que ese, al margen de unos trozos de pan rancio que guarda para más tarde. La humedad se filtra por los clareones de su piel, por su cabeza despeluchada y huesuda donde los piojos han hecho patria, por su alma y por el recuerdo de una familia allende el océano, de la que no ha vuelto a saber nada. Cualquier día encontrará trabajo y su suerte cambiará.

La mirada del jefe se posa en el montón informe de cartones. Una película de saliva le tapa las comisuras de la boca, escurriendo entre los colmillos. Señala con la cabeza la presa y pide silencio. La jauría se abre en abanico con la cautela exigida. Es la táctica idónea. A algunos infelices les da por correr. Deberían correr hasta su mismísimo país, piensa él.

Comienzan a relucir cadenas, irracionalidad, puños de acero, hambre de no se sabe qué, bates de béisbol, sonrisas, excitación, miedo mal contenido, instinto animal, brutalidad...

La presa se estira, tose, recupera el resuello con un buche de vino y se quita las legañas con torpeza. Cuando abre los ojos tan sólo le da tiempo a ver la primera dentellada que llega. Su corazón aletea como un pájaro encerrado en la jaula de sus costillas. Es la ley de la selva.




4 / OTRA VEZ LA CENA FRÍA

El emigrante se sube el cuello del chaquetón, se ajusta el gorro y hunde las manos en los bolsillos. El frío de estas tierras es feroz, húmedo, rotundo, despiadado. Tan al norte es muy triste el invierno.

Se enciende el muñeco verde del semáforo y él lo agradece. Andar mueve la sangre que dice su padre. La mirada de la gente lo envuelve de arriba abajo, igual que el viento. Su piel más oscura, su estatura rala, su pelo engarfiado y crespo, su hablar alegre, gesticulante, son notas disonantes por estas latitudes.

Está a varias manzanas de la pensión. Se le pueden hacer muy largas. Una fina llovizna tensa se suma al propósito de entristecerle, de demoler su fe infantil de prosperidad. Pero no se arredra. Bastante tiene con trabajar doce horas al día cargando ladrillos, haciendo masa o acarreando sacos de cemento.

Quién se lo iba a decir a él. Todo un oficial haciendo tareas de peón por ser extranjero, por no entender el idioma, por tener la piel más oscura o los ojos almendrados y pardos. Aún así se considera afortunado. Encontró trabajo a los pocos días de llegar gracias a un compatriota, y gana cinco veces más que en su tierra. Debe aguantar al menos hasta la primavera.

Un veloz automóvil negro pasa rozando la acera y le lanza una rociada de agua sucia que a duras penas puede esquivar. Le da igual porque ya estaba calado. Rememora el cálido sol de la infancia, el olor de la fruta fresca o de la pólvora en las fiestas, y no puede por menos que tragarse un nudo denso de amargura, una bola de aire inquieta que le conmueve el ánimo. Esta gente no conoce la risa, el sol tibio, la alegría de los meridionales. Viven a una velocidad superior que les impide reflexionar acerca de ciertas cosas.

Por fin en la puerta de la pensión. De nuevo las tétricas escaleras apestando a orín y pobreza. La puerta oscura que chirría al entornarse o el oxidado radiador sobre el que colgará la pelliza mojada. Un escueto saludo a la casera, brusca y malencarada, reprochándole su tardanza a una velocidad que no puede entender. Se tomará la cena fría. Otra vez la cena fría.

¡Llamarle cena a eso! Cuatro patatas cocidas, una plasta infame de berza hervida, una cerveza y un chusco duro de pan de centeno. A solas, hundido por el trabajo y por la humedad insana que cala hasta las creencias, chorreándolas, destiñéndolas de voluntad e ilusión. Debe comerlo todo, incluso sin ganas. De otra manera mañana no aguantaría en la obra.

De vuelta a la habitación. Se quita la ropa empapada. Se sienta en el humilde jergón y se estira dolorido, echándose mano a los riñones. Saca unas cuartillas y un bolígrafo de la maleta. Se tapa con el edredón como puede y escribe casi a oscuras:

«Colonia, a 29 de Noviembre de 1963

Queridos Padre y Madre: Al recibo de la presente espero se encuentren bien, al igual que mis hermanos, tíos y primos. A mí me va como siempre de bien, ganando dinero a espuertas que es para lo que vine. De hecho el jefe de obra me quiere hacer capataz para primavera, de contento que está conmigo, pero ya le he dicho que donde esté el Sol, la comida y la alegría de España me sobra a mí Alemania entera. Así que ya saben, para primavera me vuelvo al pueblo, que como en casa de uno no se está en ningún lado.

La casera me trata fenomenal, y yo me doy mañas y me dejo querer, que la mujer es viuda y también le hará falta. Dentro de que estos no saben comer yo me apaño bien, y donde no llegan los dineros llegan mis argucias para suplirlos. ¡Cómo si hubiera usted parido algún tonto, madre! Por lo demás el clima no es tan malo como dicen, ahora eso sí, como el nuestro no hay otro. No me extraña que nos invadan las playas, estos están todos faltos de lustre.

Repartan besos por allí, que ya mismo me vuelvo.

Se despide este, que los quiere,

Pedro».



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PACO RUIZ,
autor residente en Madrid
. Los sitios donde trabaja, incluido el actual, así como la formación académica recibida no tienen ninguna importancia: Digamos que puede más un espíritu inquieto que todos los diplomas del mundo.
En lo que respecta a su trayectoria literaria suele presumir con orgullo vanidoso de haber sido premiado en el Villa de Getafe de Relato corto, hace tres o cuatro años (con edición incluida) así como en el del Colectivo Patrañas, de Leganés, del año 2002. Por otra parte, ha publicado varios cuentos en las revistas monográficas de Patrañas Ediciones, algún poema en la revista La Fumarola y algunos cuentos en la revista Margen Cero.
A comienzos del 2004 se embarcó en lecturas en vivo por locales de Madrid con otros cinco impresentables, «Hermanos de barra» se hacían llamar, y estuvieron leyendo en el Café Manuela, en El Bosque Animado, en el Smoke, en AlMargen Café, en fin, donde les dejaban.
francisco.ruiz[at]mpsa.com

Lee otros relatos de este autor: Los últimos cruzados y
El tambor

* ILUSTRACIONES RELATOS: Fotografías por Pedro M. Martínez ©