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Tres relatos
cortos
Iván Humanes Bespín
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Carnaval
Alguien me dijo que soñó que cortaba la cabeza de un dragón y
yo, esa noche, no pude evitar el enfrentamiento con el mismo demonio. Se venía
repitiendo un sueño sí y otro no; un sueño sí y otro no; un sueño sí y otro no.
Y apliqué la valentía de mi amigo. En una de esas corté (yo también se hacerlo)
la cabeza del contrario. Un corte seco hecho con una espada imaginaria, de esas
que a veces aparecen en los sueños o en los cuentos de Borges, quién sabe bajo
qué oculto motivo.
Y fue el otro día, comentando en la comida con mi esposa y mis niñas cualquier
cosa de la televisión, en el mismo momento que me llevaba la cuchara de sopa a
la boca, cuando esa cabeza de diablo desquiciado cayó desde lo alto hasta la
fuente de ensalada, en el medio de la mesa. Evidentemente yo no dije esta boca
es mía, seguí sorbiendo de la cuchara como si nada hubiera pasado. Y tapé, como
pude y en un ejercicio hipócrita, los cuernos con hojas de ensalada, los
cabellos rojos con remolacha.
Mis hijitas se alertaron y chillaron, lloraron como nunca. Mi
esposa me miraba sorprendida y los dos luchábamos, tenedor con tenedor, en la
fuente de ensalada. Ella por apartar, yo por ocultar. Ganó ella y cogió la
cabeza.
—¡Queridas, una careta! —dijo sonriendo.
Asentí. Se la arrebaté y presioné con todas mis fuerzas,
hasta que me cupo y pude sacar la lengua por esa boca enrojecida de diablo y
prometer (como quien promete una minucia) un viaje a Disneyworld para Carnaval.
Altruismo

Nadie adivinó cómo llegó el muerto hasta allí, y menos cómo
fue posible que llegara con ataúd y todo, bien arriba, a la plaza más
alejada del centro del pueblo. Una maraña de subidas y bajadas trazaba las
líneas de las calles. La hipótesis que más chismes logró fue que había
caído de algún avión, de algún aparato de esos que alguna vez sobrevolaba
los campos, en un despiste.
Las mujeres que vivían
por allá arriba, tras ver que sus maridos no prestaban ninguna atención a la
caja de madera y que los niños ya comenzaban a jugar con ella, a esconderse en
el juego del escondite y a intentar abrirla, fueron las que los mantuvieron
alejados (castigos y más castigos) y esperaron al invierno. Entonces utilizaron
el hielo para tirar agua por las calles y empujar el ataúd hasta el barrio y
medio, el que quedaba en la mitad del pueblo, ni arriba ni abajo, neutral. Los
vecinos de esa zona, al ver que la caja permanecía más de lo debido, siguieron
la misma táctica y lanzaron cubos y cubos al cemento. Costó un poco más pero la
voluntad de las mujeres y la acción de algunos hombres (eran más trabajadores
que los de la parte alta) consiguieron que la caja resbalando fuese a parar a la
parte baja.
Allá todo era
diferente: todo caía y nada bajaba más. Era el final del polvo, de las piedras,
de la lluvia. Y los niños fueron hasta el límite del pueblo cuando se enteraron
que allí había llegado. Ese lugar tenía todas las muñecas, balones y muertos del
pueblo. Los pequeños corrieron, contentos pero en silencio. Sabían que podían
ser descubiertos. Los padres estarían vigilando y una mínima sospecha
conseguiría que no les dejaran ir tan abajo nunca más.
Los vecinos de esa parte los recibieron con alegría. Como
eran dados a regalar y a dar cariño, amor y más amor, y siempre mucho más de lo
que recibían, no se tomaron a mal ese dejar correr hacia abajo lo que arriba
molesta. Tan sólo abrieron el ataúd, saludaron al muerto, y lo repartieron en
pedacitos proporcionales entre todos los niños.
Abecedarios y arañas

A J.C.
Prefiero recoger palabras del suelo que cortarle la pata a
una araña y enviársela al Ministro del Defensa metida en un sobre. Es loable
esta segunda tarea, sin duda, pero pertenece más bien a un tipo subversivo, sin
escrúpulos, o a un idólatra de Cortázar, no a mí. Y aunque yo muero por
Cortázar, prefiero coleccionar palabras, letras y dichos.
Aquí una A, allí han dejado caer una Z, una W en la papelera,
pues allá que voy. Quizás lo que más problemas den es almacenarlas en casa,
porque las guardas en los cajones, bien ordenaditas, y te vas a la cama
convencido del trabajo y por la mañana te las encuentras emparejándose unas con
otras. Y cuando menos te lo esperas, ya tienes a la palabra PAZ atemorizada, a
GUERRA en la sopa, ACCIÓN HUMANITARIA bajo el edredón y en cualquier rincón del
sueño, PREVENTIVA (esta palabra es cabezona por antonomasia) en el bidet,
taponando la salida de aguas de la lavadora, en la nevera.
Y ahí es donde está el reto, en ordenarlas. Se les tiene que
explicar que se mezclan mal, que no quieren decir lo que creen decir y que deben
olvidar de su cabecita de palabras locas esos significados impuestos. Es
cuestión de sentarlas en unas sillitas especiales y enseñarles en una pizarra
todo sobre la guerra, la paz y la libertad.
Entonces sí, se ordenan como tienen que ordenarse, con el
sentido exacto. Y ya es el momento de enviarlas otra vez a la calle, a que
corran por la boca de la gente, a que pisen parques y comercios y asociaciones.
Y si rozan a algún político ¡bienvenido sea! Si no, hay que abrir un sobre,
convencerlas de que el viaje será corto, nada pesado, y remitirlas al
Ministerio. Con pata o sin pata de araña, eso va a gustos.
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IVÁN HUMANES
ha recibido, entre otras distinciones, el Primer premio en
el XVI Premio de narraciones cortas Ciudad de Jerez (2003); Primer premio en el
XIII Premio de narraciones cortas El Fungible (Alcobendas 2004); Primer premio
en el XVI Premio de cuentos Santa Perpètua de Mogoda (2004) y el Primer
Premio en el II Certamen Literario Villa de Torrevelilla (mayo, 2004). Ha
publicado en diversas revistas literarias y obras colectivas.
Visita su blog:
http://ivanhumanes.blogspot.com/
—
Más sobre el autor,
en Margen Cero —
FOTOGRAFÍAS: Pilar Bamba (Carnaval) - Roberto Carbajo
Nogueira (Altruismo) -
Bernat Ferrer
(Abecedarios y arañas).

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