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Victoria
Marcelo J. Silvera


Salir con ella significaba trabajar toda una semana para poder costearla, pero el esfuerzo bien lo valía. No existía humano que se resistiera a girar la cabeza a su paso para mirarla, por donde pasábamos era el centro de atención, provocaba envidia tanto en los hombres como en las mujeres.

Tras seis días de labor, seis jornada de atar chorizos, el sábado se presentaba como el único objetivo. Día de paga y salida. Pasado el mediodía salía presuroso del frigorífico Cattivelli (ubicado en la calle Eduardo Carbajal) palpando el fajo de dinero y soñando despierto con lo que harían con Victoria, el ómnibus 163 con destino Cibils y La Boyada ya estaba rumbo al Cerro, barrio de clase media-baja, baja.

Ya en la parada El Pelado y otros amigos esperaban, conocedores de los horarios, para comenzar con el ritual sabatino que incluía degustar algunas latas de cerveza brasilera que traía como parte de la paga del frigorífico (ya que era la empresa importadora) y escuchar rock argentino.

Cerca de la tardecita, cuando el astro rey comenzaba a amagar con ocultarse tras La Fortaleza, el baño reclamaba tranquilidad en una ceremonia acompañada por los atabaques de algún vecino que llamaban a los dioses y semidioses africanos.

Bigote’ pa’ arriba! exclamaba tras encontrar satisfacción en la imagen que devolvía el espejo.

A contar el dinero nuevamente. Todo sería destinado a dar un paseo con Victoria. Tony no tenía por entonces otro vicio y placer que salir con ella y, aunque muchos no lo comprendían, lo compartía con sus amigos que ya esperaban por el sonido de la bocina en las puertas de sus casas.

Tomaba la campera, billetera, llaves y la iba a buscar a su humilde morada. No tenía lujos pero las inclemencias del tiempo no la alcanzaban y eso bastaba por entonces. Las calles de Montevideo parecían chicas cuando pasaban, La Teja, el Paso Molino, el Prado y bulevar Artigas hasta llegar al centro bajo las palmeras que siempre supieron más a La Habana que a Miami. Nadie podía evitar mirarla, ni lo ocultaban, incluso muchos gritaban a su paso, cuando ella producía ese ronroneo tan particular.

Tiempo más tarde tuvo que deshacerse de ella, por razones económicas. Había formado una familia y no podía mantener los gastos que Victoria le insumía.

Pero ni él ni nadie podrá olvidar jamás aquellos sábados de paseo en su Ford Victoria, clase 1956.



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Marcelo J. Silvera, escritor y periodista, vive en Córdoba (Argentina). Es miembro de la Sociedad Argentina de Escritores.

Ilustración relato: Fotografía por Pedro M. Martínez © 2005
* Este relato fue leído en el programa Al borde de la frontera (Radio Carcoma 107.9 FM, de Madrid) el 19.09.2005 (puedes escuchar la grabación pulsando aquí).