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Los Ancianos Reyes
Santiago Ángel Fabrizio
De Polvo y Tiempo y Sueños y Agonía
Jorge Luis Borges
En el pueblo las
chimeneas se apagaron y las puertas se cerraron: la llamada de los
centinelas se había oído. Las palabras corrieron hacia lo alto, hacia el
castillo, dejando en su camino sólo polvo y silencio.
—Cierren
las tranqueras y fortifiquen los muros, quiero a todos los hombres en las
torres, que la caballería espere tras las puertas —la voz del Rey resonó entre
las piedras. Su mirada atravesaba el enorme ventanal, sobrevolaba los techos y
los muros para terminar por fundirse en la lejanía de los campos, donde la
tierra se estaba levantando.
Marchaban
gloriosos, imponentes. El hierro de sus yelmos resplandecía con el ardiente sol.
Sus espadas y lanzas amenazando calladas. El polvo se pegaba a sus escarpes
mientras avanzaban. Cientos de filas, miles de hombres. La infantería marchaba,
protegiendo a las torres y armas de asedio. La caballería, encabezada por el
mismísimo Rey, lideraba el ejército.
En el
pueblo los arqueros preparándose. En el campo, los caballeros avanzando.
Paladines lustraban sus lanzas apoyados contra el muro. Las espadas cambiaban su
color con la sangre de las huertas. Los portones cerrándose, Las catapultas
cargándose. Desde lo alto del castillo, un rey nervioso; desde lo profundo de la
devastación un rey encolerizado, sus ojos parecían buscarse por el abismo de la
guerra. El pueblo temblaba. El campo rugía, sediento de sangre. Cuando ya en el
cielo todo era negro, se encontraron.
Las filas
se detuvieron, al igual que el aire y el tiempo. Miradas. Los hombres, hasta el
más valiente temblaba. Qué. Las espadas ya estaban desenvainadas. Pronto. Los
caballos inquietos. Morirán. Los reyes inquietos.
—Y así
comienza... —tras los lejanos vidrios del castillo
Las
catapultas ya estaban cargadas y en la oscuridad eso fue lo primero que se oyó.
Las rocas volaron silenciosas hasta caer sobre el muro, en ese momento hubo
ruido y la sangre comenzó a desfilar. Una enorme abertura se formó, todos
corrieron hacia ella. Las flechas zumbaron hasta la carne, los arietes pateaban
la roca y las catapultas seguían escupiendo. El acero chocaba y se manchaba.
Largos minutos y el ejército estaba dentro del pueblo, la guerra estaba dentro.
Las llamas se columpiaban sobre las casas, los techos se caían. La tierra de las
calles sentía algo derramarse. Las espadas corrían por las calles devorando
cabezas, brazos y piernas. De las torres y muros caían ya no flechas, sino
vidas; largas escaleras habían ayudado a que la muerte trepase.
Entre las
llamas, un Rey arrancaba vidas mientras subía. Sin separar los ojos de las altas
torres del castillo esquivaba lanzas, matando caballos y decapitando a sus
jinetes. A su lado sembraba un río color escarlata. Su mirada, furiosa.
Desde
arriba observa, pero su mente no puede estar clara. El incesante ladrido de los
perros, los chillidos de los niños que juegan, el llanto de los bebés, los
celulares que gritan y los hombres que suenan escandalosos. Su mente nublada, la
concentración es imposible. El ladrido de los caballos, los chillidos de los
campesinos, el llanto de las torres, los paladines que atienden sus celulares.
Trata de aislar sus pensamientos pero no puede, sólo mirar y esperar la caída.
Bajo las
armas comenzaron a formarse nuevos charcos, pequeñas gotas que se lanzaban desde
el cielo. Resbalaban suaves por los cascos, sin hacerse notar. Minutos pasaron y
todo se hizo más grande. Lo que antes era una leve llovizna se convirtió en una
tormenta, con gotas enormes y pesadas como armaduras. Caían y derribaban a los
caballeros, los hacían rodar. El agua derretía la sangre en el lodo. Los techos
se agujereaban y las llamas se apagaban, nadie podía mantenerse en pie y las
armas ya no gemían.
Los
ancianos reyes se contemplan, con el agua escurriendo entre sus cabellos. Sin
hablar se ponen de pie, retiran las fichas y pliegan el tablero.
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SANTIAGO ÁNGEL FABRIZIO
es un joven escritor argentino de 15 años de
edad.


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