Volver al índice de la Biblioteca

Página principal

Música en Margen Cero

Poesía

Pintura y arte digital

Fotografía

Artículos y reportajes

Radio independiente

¿Cómo publicar en Margen Cero?

Contactar con la redacción

Síguenos en Facebook





Los Ancianos Reyes
__________________________
Santiago Ángel Fabrizio


De Polvo y Tiempo y Sueños y Agonía
Jorge Luis Borges

En el pueblo las chimeneas se apagaron y las puertas se cerraron: la llamada de los centinelas se había oído. Las palabras corrieron hacia lo alto, hacia el castillo, dejando en su camino sólo polvo y silencio.

—Cierren las tranqueras y fortifiquen los muros, quiero a todos los hombres en las torres, que la caballería espere tras las puertas —la voz del Rey resonó entre las piedras. Su mirada atravesaba el enorme ventanal, sobrevolaba los techos y los muros para terminar por fundirse en la lejanía de los campos, donde la tierra se estaba levantando.

Marchaban gloriosos, imponentes. El hierro de sus yelmos resplandecía con el ardiente sol. Sus espadas y lanzas amenazando calladas. El polvo se pegaba a sus escarpes mientras avanzaban. Cientos de filas, miles de hombres. La infantería marchaba, protegiendo a las torres y armas de asedio. La caballería, encabezada por el mismísimo Rey, lideraba el ejército.

En el pueblo los arqueros preparándose. En el campo, los caballeros avanzando. Paladines lustraban sus lanzas apoyados contra el muro. Las espadas cambiaban su color con la sangre de las huertas. Los portones cerrándose, Las catapultas cargándose. Desde lo alto del castillo, un rey nervioso; desde lo profundo de la devastación un rey encolerizado, sus ojos parecían buscarse por el abismo de la guerra. El pueblo temblaba. El campo rugía, sediento de sangre. Cuando ya en el cielo todo era negro, se encontraron.

Las filas se detuvieron, al igual que el aire y el tiempo. Miradas. Los hombres, hasta el más valiente temblaba. Qué. Las espadas ya estaban desenvainadas. Pronto. Los caballos inquietos. Morirán. Los reyes inquietos.

—Y así comienza... —tras los lejanos vidrios del castillo

Las catapultas ya estaban cargadas y en la oscuridad eso fue lo primero que se oyó. Las rocas volaron silenciosas hasta caer sobre el muro, en ese momento hubo ruido y la sangre comenzó a desfilar. Una enorme abertura se formó, todos corrieron hacia ella. Las flechas zumbaron hasta la carne, los arietes pateaban la roca y las catapultas seguían escupiendo. El acero chocaba y se manchaba. Largos minutos y el ejército estaba dentro del pueblo, la guerra estaba dentro. Las llamas se columpiaban sobre las casas, los techos se caían. La tierra de las calles sentía algo derramarse. Las espadas corrían por las calles devorando cabezas, brazos y piernas. De las torres y muros caían ya no flechas, sino vidas; largas escaleras habían ayudado a que la muerte trepase.

Entre las llamas, un Rey arrancaba vidas mientras subía. Sin separar los ojos de las altas torres del castillo esquivaba lanzas, matando caballos y decapitando a sus jinetes. A su lado sembraba un río color escarlata. Su mirada, furiosa.

Desde arriba observa, pero su mente no puede estar clara. El incesante ladrido de los perros, los chillidos de los niños que juegan, el llanto de los bebés, los celulares que gritan y los hombres que suenan escandalosos. Su mente nublada, la concentración es imposible. El ladrido de los caballos, los chillidos de los campesinos, el llanto de las torres, los paladines que atienden sus celulares. Trata de aislar sus pensamientos pero no puede, sólo mirar y esperar la caída.

Bajo las armas comenzaron a formarse nuevos charcos, pequeñas gotas que se lanzaban desde el cielo. Resbalaban suaves por los cascos, sin hacerse notar. Minutos pasaron y todo se hizo más grande. Lo que antes era una leve llovizna se convirtió en una tormenta, con gotas enormes y pesadas como armaduras. Caían y derribaban a los caballeros, los hacían rodar. El agua derretía la sangre en el lodo. Los techos se agujereaban y las llamas se apagaban, nadie podía mantenerse en pie y las armas ya no gemían.

Los ancianos reyes se contemplan, con el agua escurriendo entre sus cabellos. Sin hablar se ponen de pie, retiran las fichas y pliegan el tablero.


_________________________
SANTIAGO ÁNGEL FABRIZIO
es un joven escritor argentino.
Sin @ para evitar el spam santrak02(at)hotmail.com

ILUSTRACIÓN RELATO: Fotografía por Pedro M. Martínez ©