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Andrés Cerio
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Manel Mora

Andrés Cerio se asomó a la ventana. Un tremendo escalofrío lo dejó con la mirada perpleja escrutando el vacío...

El verano ya otoñecía. Las nubes atenuaban los escasos verdes de las hojas. La superioridad de los grises y claroscuros era exultante. Ese día, el sol tampoco acababa de arrancar. A pesar de la agonía de la luz, los castaños y marrones salpicaban la arrogancia de las sombras.

Al sur, el perfil del instituto empezaba a dibujarse en la pizarra de oriente. Los días en que el viento lavaba la cara de la ciudad, se disfrutaba del suave y voluptuoso olor a mar. En el encerado de poniente, se veteaba la plaza con su pista de baloncesto en el centro. La sombra cedía, poco a poco, precipitando a contraluz jóvenes siluetas por las aceras cercanas. La campana de entrada dejaba caer el comienzo de una nueva jornada.

En las aulas, el ronroneo de las voces revoloteaba la atmósfera. La voz fuerte de un hombre sonreía de pie junto a la puerta. «Buenos días». Risas y saludos se encaramaban a las mesas. «Buenos días, “profe”». El murmullo se iba suavizando. Sólo algún bisbiseo provenía de la última fila de pupitres.

El inicio de la clase era perezoso. Los alumnos remoloneaban en torno a los libros, intentando evitar el trabajo. A diario, había que empezar con un «¡venga, despertad!». Lo que hacía que naciera un nuevo bisbiseo. «Vamos, vamos...».

Andrés sabía que eran momentos difíciles. No bastaba con ser especialista de una materia concreta. Los tiempos te obligaban a más. Pedagogo, psicólogo, asistente social... No se podían rehuir los problemas. Había que implicarse. Los tiempos de «enseñar en la diversidad» suponían un esfuerzo considerable para cualquier educador. Sobre todo, si el instituto ya estaba en un barrio «diverso» de por sí. En ese caso, toda la plantilla tenía que trabajar perfectamente coordinada. La profesionalidad y el voluntarismo tiraban del carro de un plan de estudios con el que nadie parecía estar satisfecho. Salvo el delegado d’Ensenyament, claro. «Necesitamos más recursos humanos». «Tal vez, por ahora estudiaremos vuestro caso». Pasan días, meses. El instituto continúa con sus infinitas súplicas. El Delegado conversa con Andrés. Brevemente. Le hace preguntas. Sobre diversos aspectos. Pero sólo son preguntas indiferentes. Preguntas con la sonrisa colgando de unos dientes lustrosos y un saludo o una despedida murmurada.

Detrás de los pupitres, se pertrechan un grupo de caras soñolientas de miradas apagadas. Pocos temas motivan a los chicos. En cambio, siempre hay una voz femenina con la respuesta a flor de labios. Los años —y los expedientes académicos— le han dado a Andrés constancia del mayor grado de madurez de las chicas. El corazón se le sale de felicidad si consigue despertar la curiosidad entre aquellas cuatro paredes. Si consigue crear un espacio para el puñado de tierras natales que conviven en ellas. Para las fotografías de calles y monumentos que traen consigo los inmigrantes. Entonces el aula se inunda de palabras. Andrés les recita poemas de amor. Hablan de todo. De solidaridad. De racismo. Del ¡no a la guerra en Irak! Se exponen las diferencias. Se citan ejemplos. Andrés siente una reconfortante excitación y una inmensa realización. Escucha los tiernos comentarios con honda emoción y vivo interés. Las palabras tropiezan entre sí sin distinción de sexo.

Otros días, no hay nada que hacer. Era la identidad de los tiempos. El género de barullo enriquecedor que había reinado en el aula, quedaba dominado por una llanura de gigantesco silencio. La inteligencia creadora parecía haber desaparecido del aula sin dejar huella. Pese a todo, Andrés...

La campana de salida lo devolvió a la ventana. Con los codos apoyados en el marco carcomido, siguió la trayectoria del pedazo de luz que colgaba de los cristales. Los sentidos borrosos se habían apoderado de sus recuerdos. Una luz ciega se apoderaba de sus ojos. Aquel día deambuló sin comprender lo que sucedía, envuelto por una creciente oscuridad. Sintió frío. Luego terror. Andrés Cerio llevaría grabados aquellos días profundamente en su ánimo.

A Andrés Cerio, todos los otoñeceres se le resbalaba la arena de la vida entre los dedos mientras escrutaba el vacío.


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MANEL MORA SÁNCHEZ

es
Profesor titular de Lengua y Literatura castellana de Bachillerato y de Educación Secundaria Obligatoria y Licenciado en Filología Hispánica y Catalana. Ha participado en diversas tertulias literarias y alterna sus tareas docentes con el cultivo de la poesía, género en el que cuenta con un buen número de poemas inéditos. En la actualidad está trabajando en su segundo libro La abuela y otros relatos: narraciones cortas en prosa.

Página web del autor: La buhardilla de Colette
(http://www.manelmora.com/)



De este autor puedes leer, también, el relato: La abuela

- ILUSTRACIÓN RELATO: Fotografía por Pedro M. Martínez ©