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Las carreteras
Sergio Borao


Consultaba desconcertado el mapa de carreteras que yacía extendido sobre el techo de mi automóvil, cuando vi a un hombrecillo de edad indefinida que caminaba resignado por la otra orilla de la carretera.

—Eh, oiga —grité—. ¿Podría indicarme el camino para llegar a G.?

El hombre atravesó parsimoniosamente la recién asfaltada carretera y llegó junto a mí, ofreciéndome su mano. La estreché de un modo un tanto mecánico y repetí la pregunta. Sin duda, pensé, no ha debido oírme a causa de la distancia. El individuo, de baja estatura y aspecto tranquilo y rústico, me escuchó con atención y antes de contestar se tomó unos segundos para reflexionar. Después me miró con curiosidad y dijo:

—¿Está seguro de que es a G. a donde quiere llegar? ¿No le daría lo mismo ir a C. o a F., por ejemplo? En este país, un lugar no es menos hermoso que otro. Hace poco tiempo que llegó. ¿No es cierto?

—La verdad es, en efecto, que no hace mucho. Unos amigos me indicaron una dirección en G. Probablemente, me estarán esperando desde hace algún tiempo, pues tardé mucho en decidirme a emprender el camino. ¿Podría indicarme, por favor, la forma de llegar allí? —la calma y la aparente indiferencia del hombrecillo estaban empezando a irritarme—. Llevo muchos kilómetros recorridos, pero cada vez siento más lejano mi destino. Los lugares que atravesé no se parecen al que busco y estoy convencido de que ya debería haber llegado.

—Nuestra red de carreteras es una de las más modernas y perfeccionadas, lo cual obliga a constantes modificaciones con el fin de ofrecer un mejor servicio a nuestros visitantes. No hay día en que no se construya una nueva carretera. No transcurre una hora sin que se hayan sustituido algunos tramos o trazados enteros. Esto provoca múltiples reimpresiones de nuestros mapas, a pesar de lo cual uno nunca puede fiarse exclusivamente de ellos. A menudo son impresos cuando ya algunas de las carreteras que figuran en ellos han desaparecido o se han transformado de tal modo que es imposible reconocerlas en el plano. En otras ocasiones, tratando de anticiparse a este efecto, diseñan los mapas por adelantado, basándose en los innumerables proyectos que se amontonan en la Oficina Central, pero ya hace tiempo que han renunciado a este sistema por considerarlo totalmente ineficaz, ya que, de cada cien proyectos presentados, sólo uno es llevado a cabo y aun éste, en muchos casos, sólo parcialmente. He podido observar que su mapa es bastante antiguo. Yo le aconsejaría que compre cuantos pueda en el primer lugar habitado por el que pase. Quizá en alguno de ellos pueda encontrar un camino que le conduzca a G. Desde luego, no existe ninguna seguridad de que esto vaya a suceder, pero el número de posibilidades aumenta siempre en función de la cantidad de fuentes consultadas. Las guías que se ponen a la venta en la actualidad son mucho más completas. No contienen un solo mapa de cada zona específica, sino varios. Así brindan una mejor información al viajero, quien, si no halla en uno de ellos aquello que busca, puede tratar de localizarlo en los otros. Aunque no siempre se puede encontrar el lugar deseado. Hay aldeas que permanecen durante años en la más completa incomunicación. Hay otras a las que, en cambio, puede accederse por diferentes carreteras. Esto se debe, principalmente, a la vastedad de la Organización. Me explicaré: Al ser tan elevado el número de proyectos presentados, no todos pueden ser revisados por un mismo funcionario. Así pues, son varios los que se reparten esa función y éstos delegan, a su vez, en otros, con lo que, en multitud de ocasiones, son aprobados por diferentes funcionarios proyectos similares. Una vez comenzadas las obras, los trabajos seleccionados son cuidadosamente examinados por un equipo más reducido de técnicos, quienes tienen la potestad de anular la ejecución de las mismas. Por eso, al descubrir dos proyectos gemelos, suelen abortar uno de ellos o incluso ambos. Esa es la causa de que puedan verse, aquí y allá, diversos tramos de carretera que comienzan de forma súbita en la ladera de una montaña, a orillas de un río o a mitad de camino entre dos ciudades, y terminan de igual modo, con idéntica brusquedad, en alguna curva o cerca de un barranco. Esta es, precisamente, una de las características más notorias de nuestro sofisticado sistema de construcción: La realización de todos los proyectos por tramos, lo cual permite una mayor fluidez en el desarrollo de las carreteras al poder aprovecharse algunos tramos cuya construcción ha sido paralizada en el pasado, empleándolos en nuevos proyectos y evitando así la voladura de kilómetros y kilómetros de asfalto.

—Sí, ya he visto alguno de esos tramos abandonados —le interrumpí. La curiosidad había vencido a la impaciencia que tan sólo unos minutos antes despertara en mí su incesante charla—. ¿Cómo es posible que sus ingenieros, por numerosos que sean, puedan idear tal cantidad de proyectos?

—Hace mucho tiempo, cuando nuestras carreteras eran pocas y su pavimentación rudimentaria, nuestros ingenieros, al ser escaso su número, se veían en la imposibilidad de realizar una red vial que pudiese competir en eficacia con otras más modernas. La Organización, entonces, puso en marcha un plan revolucionario: Solicitó la colaboración de los ciudadanos, conocedora del viejo adagio que asegura que en cada hombre se esconde un ingeniero en potencia. Para provocar una mayor reacción popular, la Organización propuso premios en metálico para todos aquellos que presentasen un proyecto viable. Las cartas llovieron desde entonces sobre la Oficina Central. La mayoría de los proyectos presentados eran manifiestamente absurdos: Carreteras que atravesaban el continente, de un mar a otro, sin otro propósito que el de comunicar dos puertos inexistentes; carreteras que giraban interminablemente en torno a una montaña hasta llegar a la cima, en la que no había nada; carreteras que rodeaban vastísimas regiones para unir pueblos vecinos; carreteras sinuosas e infames atravesando ásperos desiertos; carreteras que iban a morir en lagos helados a inconcebible altura; carreteras ascendentes hasta el infinito, como rectilíneas torres de babel; carreteras que descendían hasta abismarse en las negras profundidades de la tierra, creando un túnel de incognoscible final; carreteras en constante ramificación que permitirían llegar hasta los más recónditos rincones de nuestra geografía, pero que dificultarían en demasía el regreso; carreteras con rampas tan empinadas que ningún automóvil podría subir por ellas; carreteras estrechas como rueda de bicicleta y otras tan anchas como el valle por el que estaban destinadas a discurrir; largos túneles y grandiosos puentes sin ninguna utilidad y un interminable rosario de despropósitos por el estilo. Algunos de estos proyectos, a pesar de su evidente estupidez, llegaron a aprobarse, pero en su mayoría hubieron de ser abandonados poco después del comienzo de las obras. Hubo uno en particular que despertó la expectación de los funcionarios y provocó toda suerte de comentarios, llegando por fin a oídos de la opinión pública. Muy pronto, la idea tuvo sus defensores y detractores, levantando una fuerte polémica. Todas las obras en curso se paralizaron. En las calles, en los cafés, en las fábricas, en las oficinas y en las peluquerías no se hablaba de otra cosa. Varios miembros del gobierno se vieron obligados a presentar su dimisión y en el seno de la Organización surgieron discrepancias tan profundas que provocaron innumerables disensiones. En breve plazo se vieron enfrentadas las dos facciones que habían surgido a causa del maldito proyecto y el país entero se vio envuelto en una lucha fratricida que se resolvió con una ingente cantidad de muertos y con la anulación total y definitiva del proyecto que había causado la contienda y la ejecución pública del hombre que lo había diseñado.

—¿De qué se trataba?

—Olvidé mencionarlo. Consistía en una carretera circular, sin principio ni fin, que abarcaría la casi totalidad del país. Estaría elevada por encima de todas las demás y sólo sería accesible mediante un carril de aceleración móvil, que sería retirado una vez cumplida la misión de integrar al vehículo en el círculo sin fin. Se le llamó «proyecto Moebius». No se contempló la existencia de carriles de salida. Afortunadamente, fueron los enemigos de tal idea quienes triunfaron. De haber prosperado, ni siquiera nosotros, los Habitantes, hubiésemos quedado a salvo del interminable anillo, pues el carril de aceleración propuesto no hubiese diferido sustancialmente de cualquier carretera normal, de modo que se convertía en imposible determinar el momento en el que uno podía verse atrapado en la ruta infinita. Después de concluida la sangrienta guerra a que nos vimos abocados, la Organización decidió retirar las subvenciones populares, pero muchos ciudadanos, ya fuera por auténtico civismo, por afán de protagonismo o por mera inercia, siguieron enviando todos los días cientos y cientos de proyectos, muchos de los cuales fueron quemados, no sin antes haber sido meticulosamente estudiados y confrontados con los que ya se habían realizado y con los que se hallaban en vías de construcción.

Permanecimos un buen rato en silencio, mirándonos con fijeza. Después insistí:

—Entonces ¿qué posibilidades tengo de llegar a G. esta misma noche?

—Sus posibilidades son ilimitadas, lo mismo que las de llegar a cualquier otro sitio. Eso no significa necesariamente que haya de encontrar el lugar que busca. Puede vagar eternamente por nuestras carreteras sin conseguir su propósito. Siga mi consejo y adquiera sin pérdida de tiempo todos los libros de mapas que encuentre. En cualquier caso, la conjetura puede serle de gran ayuda.

—Sin embargo, unos kilómetros más atrás pasé por delante de una señal que indicaba la cercanía de G. Aquí donde estamos hablando hay otra. La distancia no ha variado. En cambio, esta otra localidad —señalé un nombre que se veía bajo el del lugar que tan fervientemente deseaba encontrar— se halla más cerca que antes. Esto es lo que me confunde y ofusca mi entendimiento. ¿Es que acaso están equivocados los letreros? ¿Es una buena señal para mí o, por el contrario, es indicio de que jamás llegaré a mi destino?

—No dramaticemos. Ya le he dicho que hay muchas posibilidades de llegar a G. E incluso de hacerlo hoy mismo, antes de que se alarguen sobre el valle las primeras sombras. En cuanto a las señalizaciones, no siempre son correctas, o para ser más exactos, rara vez reflejan la verdad. Hay que tener en cuenta que los constantes cambios a los que antes hice referencia obligan a la fabricación continua de carteles indicadores, los cuales, a menudo, dejan de ser necesarios aún antes de colocarlos. El proceso de colocación, sin embargo, es escrupuloso y no se emplaza una sola señal sin que se haya hecho con anterioridad la correspondiente comprobación de kilometraje y mucho menos sin la orden cursada y sellada por la Oficina Central. También puede ocurrir que varias carreteras coincidan en un mismo trazado y así, no es extraño que, después de un pilón con la lectura «N-7, Km 14» pueda encontrarse otro que rece «C-146, Km 6», por poner un ejemplo. Ya habrá observado que, en esta misma carretera, hay tramos de mayor anchura y mejor pavimentados. Esto se debe a que aquí confluyen, al menos, una carretera nacional y dos o tres comarcales o provinciales; de ahí la confusión en lo referente a los carteles. Tenga en cuenta que no puede haber dos carreteras idénticas. Tampoco, ateniéndonos a ese principio, puede haber dos carteles indicadores iguales. Esto no implica que si usted pasa dos veces por el mismo lugar haya de reconocerlo. En el tiempo transcurrido entre ambos pasos, la carretera ha podido sufrir transformaciones diversas e incluso ha podido ser sustituida por otra o definitivamente clausurada. En tales casos, los carteles también han de ser cambiados.

—Pero ¿cuál es el motivo? ¿Por qué semejante despliegue de carreteras? ¿No sería más sencillo tener una red modesta pero eficaz?

—Las respuestas a esas preguntas exceden con mucho mis conocimientos. ¡Cuánto más los suyos, si tenemos en cuenta su bisoñez en las cuestiones de las que estamos tratando! ¿No ha pensado que un motivo pueda ser el proporcionar ocupación a los miles de desempleados que, de no tener este trabajo, atiborrarían inútilmente las oficinas de empleo? Menciono esto como una de las más ínfimas razones, sólo para que se dé cuenta de lo limitado de su capacidad en esta materia.

Me sentía derrotado, aturdido. Sólo quería irme, marcharme de allí lo más deprisa posible, llegar a mi destino o a cualquier otro lugar donde pudiese descansar de tan fatigosa jornada. No obstante, seguía teniendo la misma necesidad de respuestas.

—Por lo tanto —dije—, ¿cree usted que siguiendo esta carretera llegaré a G. más tarde o más temprano?

—Lo único cierto es que siguiendo esta carretera llegará usted a algún lugar que, con toda certeza, le gustará. ¿Qué importa, entonces, el nombre de ese lugar? Nuestro país cuenta con gran número de bellezas artísticas y espacios culturales, así como con grandiosas obras arquitectónicas de diversos estilos. No hay un lugar que no pueda ser calificado de idílico o cuando menos, tildado de agradable. Contemple, por ejemplo, el paisaje que desde aquí se divisa. ¿No es hermoso ese riachuelo que corre allá, al fondo del valle, saltando entre las piedras y deslizándose sensual sobre su estrecho cauce? Y ese césped que cubre aquella ladera ¿no es más verde y de apariencia más fresca que cualquier otro que haya visto antes? Y el cielo y las aves, y la neblina que oculta los montes más lejanos ¿no le conmueven acaso con una intensidad desconocida?

—Sí, todo es cierto. Pero debo llegar a G. Me esperan. Quizá puedan sentirse inquietos por mi retraso. Tal vez lleguen a pensar que he sufrido un accidente o peor: que jamás emprendí el viaje.

—Pero ¿en verdad está usted tan seguro de que le esperan? ¿Puede afirmar que aquellos a quienes busca hayan llegado a G.? ¿Cómo podrían estar seguros de ello? Y aunque llegue usted a ese lugar, y aún cuando consiguiera llegar hoy mismo, ¿cómo sabrá que se halla efectivamente en G. y no en otra parte?

—Sus habitantes me lo confirmarán.

—¿Sus habitantes? Veo que ciertamente lleva usted poco tiempo entre nosotros. En ningún sitio quedan personas nativas, y por lo tanto, nadie sabe con certeza dónde se encuentra. No obstante, la presencia de un determinado lugar tiene tanta fuerza en el subconsciente que no hay nadie que no intuya con claridad dónde se halla. Pero sólo la Organización puede verificar la situación concreta de cada localidad. Sin recurrir a los documentos existentes en el Archivo Central, nadie puede afirmar ni negar el nombre del lugar en que se encuentra, lo que evita cualquier discusión a ese respecto. Por desgracia, tales documentos son inaccesibles. Créame, su única posibilidad es conducir sin descanso hasta llegar a una población. Si en ella, además, encuentra a las personas que está buscando, pues tanto mejor. En caso contrario, siga intentándolo, hay muchas posibilidades de que lo consiga, y aun si no lo logra, no hay motivo para el desánimo. Existen otros lugares y otras personas. Disfrute de cuanto halle en el camino y espere; tenga paciencia. Un día llegará por fin a su destino. Justamente el día que le haya sido señalado. Al llegar, lo reconocerá de inmediato y una gran calma invadirá su espíritu. Entonces los nombres habrán perdido todo significado. Sabrá que está en el sitio exacto y eso bastará.

—Y usted ¿de dónde viene? ¿A dónde se dirige?

—Salí una mañana de N. y voy camino de T. Espero llegar antes de que anochezca. Después quizá sea demasiado tarde y ya no pueda encontrar la senda. En consecuencia, debo marcharme. Buena suerte y hasta siempre.

—Gracias por todo —logré gritar mientras se alejaba—. No me ha dicho quién es usted —pero ya el hombrecillo se había perdido tras la siguiente curva y yo tenía la certeza de no volver a verlo nunca más. Mi voz resonó hueca y grotesca en medio de la soledad que ahora empezaba a sentir como algo triste y sólido y pesado. Me introduje en el automóvil, di el contacto y aceleré a fondo. El coche arrancó con un ligero chirriar de neumáticos y levantó una pequeña nube de polvo que se disipó en pocos segundos. Al fondo, muy lejos, se veía un pueblecito. Me pregunté si podría llegar a él sin dejar la carretera. Comprobé con sorpresa que había dejado de importarme si aquel era o no el pueblo que buscaba y pensé, quizá por última vez, en la apacible sonrisa del hombrecillo, en sus modales quietos y agradables, en el dulce sonido de su voz que, ahora que pensaba en ella, me recordaba el fresco gorgoteo de las cascadas y el canto sublime de las aves y el viento. Me pregunté de nuevo quién sería aquel hombre, justamente un instante antes de olvidar su rostro para siempre y concentrar mi atención en la monótona superficie asfaltada que se extendía bajo las ruedas atravesando el valle adormilado.


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SERGIO BORAO LLOP
nació en Mallén (Zaragoza, España) en 1960 y reside en la capital zaragozana. Es encuadernador, periodista, poeta y cuentista.
Ha publicado los siguientes cuentos: Las carreteras (Revista Nitecuento, n.º 23, ahora en Margen Cero); Antología Relatos Zaragoza, 1990; Feria (Revista Nitecuento, n.º 13); Paisaje sin batalla (Revista Nitecuento n.º 16); Espíritu de la Plaza (Antología Callejón de palabras - Mizar) y en cuanto a poesía publicada: La estrecha senda inexcusable (poemas) (Poemas Zaragoza, 1990) y Poemas (Antología Poemas quietos - Mizar).

Web del autor: http://www.aragonesasi.com/sergio/index.htm


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* ILUSTRACIÓN RELATO: Carretera Federal 293, By Battroi (Own work) [Public domain], via Wikimedia Commons.