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Los confines del mundo
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Carlos Montuenga


Esta noche he vuelto a soñar que estaba en tierras de Valladolid. Paseaba por un pinar próximo a Olmedo con mi padre, quien se lamentaba por la mala situación de sus negocios. Era un día radiante, colmado de promesas primaverales, pero sin saber cómo, se desataba un viento helado, el sol se oscurecía y sobre la negrura del firmamento comenzaban a brillar las estrellas.

Quedaba yo mudo ante aquel prodigio, pero mi padre continuaba hablando y hablando de sus asuntos, sin prestar ninguna atención a la extraña mudanza que sufría el mundo. Luego, su voz perdía poco a poco el timbre humano para ir convirtiéndose en una especie de lamento monótono, cada más agudo, mientras la tierra se llenaba de resplandores que proyectaban sombras fantásticas entre el ramaje de los pinos. En este punto me desperté con sobresalto y caí en la cuenta de estar oyendo el canto lastimero de una de esas aves con penacho rojo y plumas multicolores que anidan en los enormes árboles de la isla.

Mis ocho compañeros y yo hemos perdido la cuenta del tiempo que llevamos aquí ¿dos años?, ¿tal vez más?, pero recuerdo como si fuera ayer, aquella mañana en que nos hicimos a la mar: los estandartes ondeando al viento, el trajinar de los hombres por la cubierta atestada de aparejos, la voz firme del piloto ordenando tender las velas, el griterío de familiares y curiosos agolpados en el puerto de la Coruña, para ver la flota partir rumbo al Nuevo Mundo.

Nuestro señor, el emperador Carlos, había encomendado a García Jofre de Loaisa, capitán general de la Armada, organizar una segunda expedición a las Molucas, aquellas islas ricas en especias situadas al otro lado del mundo, que había descubierto unos años antes Fernando de Magallanes, en el curso de un asombroso viaje en el que perdió la vida. En su nave viajaba un vasco de Guetaria, un tal Juan Sebastián de Elcano, que al ser capaz de regresar a Sevilla desde las islas viajando siempre hacia el oeste, disipó cualquier posible duda que pudiera albergarse aún sobre la redondez de la tierra y, al tiempo, encontró el camino hacia la fama.

Pero volvamos a la expedición de Loaisa; se fletaron siete buques y se nombró al propio Juan Sebastián piloto mayor de la flota. El monarca confiaba en que esta empresa cumpliera varios fines: por un lado, estaba la organización del comercio de especiería entre los nuevos territorios de su inmenso imperio, por otro se trataba de llegar a un acuerdo con el rey de Portugal, quien alegaba, no sin razón, que la línea de demarcación establecida en el tratado de Tordesillas había quedado desvirtuada, pues si el orbe era esférico, tal línea, válida sólo para un mundo plano, habría de convertirse en un círculo máximo que lo dividiera en dos hemisferios, uno portugués y el otro castellano.

Cuando se organizó la expedición de Loaisa, contaba yo con veintinueve años. A los dieciocho, había salido de Olmedo contrariando a mi padre, quien estaba impaciente por que me pusiera, cuanto antes, al frente de un próspero negocio de manufacturas de lana, que había ido pasando de una generación a otra desde mucho tiempo atrás.

Ya durante mi niñez, la familia gozaba de una situación desahogada, y cuando alcancé los once años de edad, habíase encomendado mi educación a un canónigo de Valladolid, una persona docta y bien intencionada, de quien aprendí fundamentos de lógica, gramática, matemáticas, geometría e incluso astronomía. Recuerdo con cariño a aquel hombre bondadoso, que a veces no podía contener la risa ante mis ocurrencias acerca del tamaño de la Tierra o del movimiento de los astros. A medida que fui dejando atrás la infancia, sentía una creciente necesidad de formarme una imagen del mundo, y las noticias que llegaban sobre los viajes a las Indias, no hacían más que alimentar aquel afán; pues si se había conseguido navegar más allá de los abismos del mar tenebroso, desafiando los horrores sin cuento relatados en las leyendas ¿no era ello prueba segura de que la industria de los hombres se mostraba capaz de resolver los más grandes misterios?

Llegué a la adolescencia dominado por estas y parecidas fantasías. Para enojo de mi buen padre, se me iban las horas enfrascado en la lectura de cualquier libro que cayera en mis manos o deambulando por los campos de la vecindad, más atento al salto de las liebres entre las jaras y al vuelo inquieto de los vencejos en los álamos del río, que a pensar en hacerme cargo de las obligaciones propias de mi edad y condición. A veces, me quedaba tendido sobre la hierba, húmeda aún con el rocío de la mañana, y perdía la noción del tiempo viendo pasar las nubes sobre el cielo luminoso de Valladolid. El espectáculo del mundo en perpetuo cambio, ofrecía al menos un refugio seguro frente al sinfín de sucesos carentes de interés, que día a día tejían la trama de la existencia en el hogar familiar.

Cuando mi padre perdía la paciencia, solía decir que lo mío era vivir como un ermitaño; tal vez no errara en demasía, acaso la vida contemplativa fuera lo único capaz de ofrecer respuestas a tantas preguntas que bullían dentro de mi alocada cabeza. Ansiaba yo, cada vez más, huir de la cárcel en que Olmedo se había convertido y al fin, gracias a la intercesión del canónigo, conocedor de mis buenas dotes para el estudio, conseguí la licencia paterna para cursar leyes en Salamanca. El autor de mis días debió pensar que, tal vez, el contacto con aquel templo del saber obrara el milagro de convertir a un haragán soñador como yo, en un hombre con seso, que pudiera atender al fin los asuntos de nuestra hacienda.

Salamanca me deslumbró. Su universidad era como un inmenso caldero en ebullición, donde se mezclaban, de forma incomprensible para mí, los elementos más dispares: a un lado, la solemnidad de las aulas, el rigor de los maestros, el placer de poder profundizar en cualquier disciplina; a otro, las burlas al esfuerzo intelectual, las borracheras, las aventuras galantes, el alma inquieta de la población estudiantil, más inclinada a buscar las verdades del Cielo y de la Tierra bajo el corpiño de mozas complacientes, que en el estudio perseverante de las obras de Aristóteles o San Agustín.

Pasé unos meses sin poder centrarme en nada, dedicando la mayor parte del tiempo a deambular de un lado para otro con los compañeros de estudio, como una hoja arrastrada por aquel vendaval de nuevas sensaciones, y solía responder a las frecuentes misivas de mi padre con un rosario de excusas y falsos propósitos.

Algún tiempo después, conocí a Pedro Mejía, hombre de ciencia venido de Sevilla, que habría de jugar un papel decisivo en mi vida. Este joven maestro llevaba algunos años en Salamanca y, a pesar de no alcanzar aún la treintena, poseía profundos conocimientos de cultura clásica, matemáticas e historia, pero sobresalía sobre todo por su inclinación al estudio de los astros, lo que, entre la población estudiantil, le había valido el apodo un tanto desdeñoso de «el astrólogo», y no era raro verlo en compañía de marinos afamados y de cartógrafos, quienes acudían a él atraídos por su creciente fama de sabio.

Era persona de costumbres austeras y apenas dedicaba cuatro o cinco horas de la noche al sueño. Durante el día impartía clases de matemáticas y atendía un sin fin de obligaciones derivadas del renombre que había adquirido en las aulas. Algunos aseguraban que mantenía correspondencia con Erasmo de Rotterdam, aunque él se declaraba siempre ardiente defensor de la Iglesia romana.

Empecé a asistir a sus clases, y quedé impresionado por la rara habilidad con que era capaz de convertir los cálculos más intrincados en un simple juego de propuestas lógicas. Pero lo que más influyó en mi ánimo para decidirme a indagar en las enseñanzas del maestro, fue su profunda convicción de que el Sumo Hacedor había concedido al hombre un poder de raciocinio capaz de elevarle a la comprensión definitiva del cosmos. En su opinión, la ciencia matemática brindaba el único camino seguro para desentrañar las leyes inmutables con las que Dios había decidido regir la Naturaleza.

Aquellas ideas audaces encontraron terreno abonado en mi espíritu inquieto ¿era pues posible llegar a entender qué es en realidad el mundo? Desde la antigüedad, los más grandes filósofos se habían enfrentado a tan arduo enigma; los estoicos concebían el universo como un organismo vivo dotado de un alma, el logos, que regía todas las relaciones entre sus partes. Aristóteles explicó el movimiento de los planetas por medio de un complicado mecanismo de esferas transparentes que giraban unas dentro de otras, y Aristarco de Samos propuso, por vez primera, un sistema heliocéntrico, en el cual, el Sol y la esfera de las estrellas fijas se encuentran en reposo, mientras que los planetas y la Tierra giran alrededor del astro rey. Tiempo después, Tolomeo volvió a situar la Tierra en el centro del universo, al desarrollar un modelo matemático más preciso que se ceñía mejor a las observaciones astronómicas.

Decidí arrinconar los libros de leyes y, durante los años siguientes, me dediqué con ahínco al estudio de esas cuestiones, convirtiéndome a la postre en el discípulo más destacado del «astrólogo», lo que a más de abrirme numerosas puertas en el mundillo universitario, me permitió intervenir en la preparación de varios estudios sobre nuevas técnicas de cartografía, que suponían avances importantes sobre las existentes y fueron recibidos con gran interés por los cosmógrafos del emperador.

Una o dos veces al año volvía a Olmedo a visitar a mi padre, quien resignado desde tiempo atrás a no contar con mi ayuda para la administración de sus negocios, mostrábase cada vez más sorprendido ante el creciente prestigio que su extraño hijo iba adquiriendo entre los doctores de Salamanca.

Realicé estudios importantes por encargo de varias universidades alemanas. Viajé a Italia en algunas ocasiones, y estando en la Universidad de Bolonia, recibí una escueta misiva de mi maestro, rogándome que volviera cuanto antes a España para reunirme con él. Así lo hice, no sin sorprenderme de que omitiera en su mensaje cualquier detalle acerca de tan apresurada demanda, y cuando nos encontramos en Valladolid, me puso al corriente de una importante nueva: se estaba organizando una segunda expedición a las Islas Molucas y Juan Sebastián de Elcano, designado piloto mayor, había requerido sus servicios para auxiliarle en una misión que le había encomendado el emperador en persona; tratábase de establecer con exactitud la posición de las islas, para demostrar que era posible alcanzarlas navegando hacia poniente, sin atravesar los territorios portugueses. Pero el maestro Mejía, aquejado desde hacía meses de unas fiebres que habían mermado sus fuerzas, no se encontraba en condiciones de sumarse a la expedición y había pensado en recomendarme a mí, su más distinguido ayudante, para reemplazarle.

Todavía ignoro por qué motivo me alisté. A nadie se le ocultaban los riesgos inmensos que entrañaba una empresa tal; además mi vida parecía haber encontrado un rumbo seguro, y todavía en plena juventud, mis trabajos gozaban ya de cierto reconocimiento. ¿Me movió la ambición?, ¿el afán de aventuras? Aún hoy no encuentro repuesta a tan graves cuestiones.

Zarpamos de La Coruña en el verano de 1525 con rumbo a las Islas Canarias. En Tenerife, se hizo provisión de agua y víveres, al tiempo que se reforzaba el timón de la nao capitana Santa María de la Victoria. En el término de diez días, aprovechando una fuerte brisa del noreste, el almirante Loaisa dio orden de tender todas las velas y la flota avanzó con rapidez hacia la inmensidad del océano. Se sucedieron las semanas con monotonía y sólo recuerdo que pasaba buena parte del tiempo en una pequeña recámara, rodeado de mapas y cartas marinas. Al anochecer, si el cielo estaba despejado, me reunía en cubierta con el oficial de navegación para fijar nuestro rumbo con la ayuda de las estrellas.

Transcurridos más de dos meses, tras alcanzar los veintidós grados de la línea equinoccial, avistamos las costas del Nuevo Mundo. Navegamos hacia el sur sin perder de vista la lejana franja de tierra, hasta que la escasez de las reservas de agua comenzó a sembrar el malestar entre los hombres y el almirante decidió recalar en una amplia bahía al abrigo de los vientos.

Allí permanecimos durante el tiempo necesario para revisar el casco de los navíos y hacer acopio de las escasas provisiones que aquella región fría y desolada podía brindarnos. Durante esos días, hablé en varias ocasiones con Elcano; era un hombre recio, magro de carnes y parco de palabras. Su mirada penetrante transmitía una determinación capaz de superar cualquier adversidad. Supe por él de la insistencia del Emperador en que, una vez alcanzadas las Islas Molucas, no se escatimara ningún esfuerzo para encontrar una ruta de vuelta hacia las costas de Nueva España, pues sólo así sería posible organizar el transporte de especias entre sus dilatados reinos, sin necesidad de cruzar las posesiones de Portugal.

Hicímonos de nuevo a la mar hasta alcanzar el paso al océano de las Indias, descubierto cuatro años antes por Fernando de Magallanes, que Dios tenga en su gloria. Bien quisiera poder olvidar las desgracias que se abatieron sobre todos nosotros a partir de ese momento. El tiempo cambió bruscamente y fuertes ráfagas de un viento helado barrieron la cubierta, mientras enormes olas coronadas de espuma sacudían la nave como si fuera una cáscara de nuez. El pavoroso silbido del viento en las jarcias y los violentos golpes de mar impedían escuchar las órdenes del piloto, salvo durante pausas momentáneas. Tras algunos días de temporal, la nao Santiago, que navegaba a estribor con la arboladura muy dañada, desapareció de nuestra vista, como tragada por la niebla; nunca supimos de la suerte que habría corrido la tripulación y su capitán, Santiago de Guevara.

A breves períodos de calma, siguieron nuevas tempestades, a cual más espantosa, que hicieron zozobrar a tres de las naves restantes. Pero Dios había dispuesto que nuestras calamidades no acabaran ahí; el almirante ordenó fijar derrota noroeste, y al cabo de varios meses más de navegación sin divisar ninguna isla, fue necesario racionar el agua y los alimentos. Los hombres, desmoralizados y con escasas fuerzas, enfermaban de un extraño mal; hinchábanse las encías y los dientes se separaban de su natural asiento con solo tocarlos. El hambre llegó a torturarnos de tal modo, que algunos empezaron a comer ratas que conseguían atrapar en las bodegas.

Las bajas se contaban por decenas y la muerte no respetó ni siquiera al almirante de la flota, quien falleció cuando había transcurrido alrededor de un año de nuestra salida de España. Pocas semanas después, fue Juan Sebastián el que nos dejó para siempre. Todavía me parece estar viendo a los que quedábamos con vida en nuestro navío, contemplando desde la cubierta cómo el cuerpo amortajado de aquel navegante ejemplar era entregado a la mar desde la Santa María de la Victoria.

De lo que sucedió en los meses siguientes, sólo guardo recuerdos confusos. La poca agua que aún restaba en la bodega estaba corrompida y sólo gracias a la lluvia que podíamos recoger en algunas velas extendidas sobre cubierta conseguíamos mitigar la sed. La fuerza del sol nos abrasaba, me sentía aturdido por la fiebre y albergaba el convencimiento de que era llegada mi última hora.

Hacía ya varias semanas que habíamos perdido de vista a la nao capitana y navegábamos sin rumbo fijo. Una noche, mientras yacía extenuado en la toldilla de popa, me sobresaltaron los gritos de la marinería; la fuerte brisa, pronto se convirtió en un viento huracanado y a cada embestida de las olas, la mesana y el palo mayor crujían de un modo espantoso, como si fueran a saltar en mil pedazos en cualquier momento. En medio de la confusión reinante, sólo alcancé a comprender que nos hallábamos a merced de la tormenta. Al poco, retumbó bajo nosotros un rumor sordo, como el de un trueno, mientras la nave viraba de costado y se oía el estrépito de las cuadernas al saltar hechas astillas. Luego, intenté ponerme en pie y alguien tiró de mí con fuerza; después, debí golpearme la cabeza y ya sólo hubo silencio y oscuridad…

Aquella isla perdida en el reino de las mareas se convirtió en una nueva patria y, si Dios así lo ha ordenado, será nuestra última morada. Gracias a los restos del naufragio, los escasos supervivientes conseguimos construir una rústica vivienda, en un lugar protegido del sol y los vientos, frente a esta inmensa playa de arena blanca que se extiende entre los arrecifes poblados de peces y las selvas del interior.

Nuestros afanes, desde entonces, se resumen en uno sólo: sobrevivir. Y lo cierto es que hemos tenido la fortuna de dar con nuestros huesos en un lugar dónde la prodigalidad de la naturaleza nos asegura el diario sustento.

No creo tener cumplidos más de treinta y tres años, pero me siento como si hubiera visto ya transcurrir toda mi vida. Se desvanecieron las ilusiones que encandilaban los tiempos felices de Salamanca y, sin embargo, cuando en las noches serenas levanto la vista hacia las estrellas, resplandecientes entre el ramaje de la selva, me invade un sosiego que no alcanzo a explicarme.

Me pregunto a veces si nuestra ciencia puede bastar para dar respuesta al misterio de la Creación. Hasta he llegado a pensar que, tal vez, sea vano el afán de buscar la verdad en el discurso sutil de los sabios. Puede que la verdad viva en nosotros ya antes de empeñarnos en encontrarla.

Nosotros y el anhelo que sentimos de entender el mundo, acaso sea esa la única verdad.

Notas del autor:

- El protagonista del relato es un personaje de ficción. No así Pedro Mejía (1497-1551) destacado matemático y cosmógrafo sevillano, conocido también por su producción literaria, así como por ser cronista del emperador Carlos V.

- En realidad, sólo la Santa María de la Victoria, nao capitana de la expedición de Loaisa, consiguió internarse en el Océano Pacífico y llegar a las Islas Molucas (octubre de 1526) El resto de las naves que componían su flota, o bien se hundieron al intentar cruzar el estrecho de Magallanes, o se extraviaron a causa de las tormentas. Los supervivientes de la nao capitana construyeron un fuerte en Tidore (Islas Molucas) y resistieron los ataques de los portugueses hasta noviembre de 1530, cuando les llegó la noticia de que Carlos V había firmado el Tratado de Zaragoza, cediendo dichas islas a Portugal por 300.000 ducados.

- Los últimos españoles abandonaron las islas especieras entre 1534 y 1535: Entre ellos figuraba Andrés de Urdaneta, a quien le estaba reservado el descubrimiento de la ruta para volver de Oceanía a América.

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CARLOS MONTUENGA
es Doctor en Ciencias.

cmrbarreira(at)hotmail.com


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* ILUSTRACIÓN RELATO: Fotografía por Pedro M. Martínez ©