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El emperador ha muerto
Adrián
Néstor Escudero
A los adoradores de Baco, con humor,
celebrando mis 33 años (crísticos)
de encuentro con la Palabra,
con todos mis Amigos en la Palabra...
(Ahora reflexiono sobre la muerte de Tito).
1 – San Tito
Tito ha muerto. Ha sido mi
compañero del alma siguiendo al converso de Saulo, ahora Pablo, por la gracia de
Dios. Reconfortados por sus palabras, cartas y ejemplo, crecimos juntos en la
verdadera fe, y compartimos las confidencias de sus viajes como predicador.
Yo, Timoteo, hijo
de padre pagano y madre judía, nacido en Listra de Licaonia, en Asia Menor, me
hice discípulo de Cristo en la flor de mi juventud. Trabajé por su Evangelio en
mi propia ciudad y, desde la primavera del 50, acompañé a Pablo por Efeso y
Jerusalén, por Frigia y Galacia, por Salónica y Corintio, por Troya y Macedonia,
por Peloponeso y Roma. Pablo reconoce de mí: «No tengo a nadie que comparta
mejor mis sentimientos... Me ha ayudado, en la predicación del Evangelio, como
un hijo ayuda a su padre». Y era verdad.
Pero mi hermano
Tito también fue su preferido. Él soportó las penurias y los gozos que el Señor
concede a sus discípulos cuando, a mi modo, acompañó también a Pablo en sus
correrías apostólicas por Corinto, Nicópolis del Epiro y Creta, la isla de su
trabajo. Si no, Pablo no le habría coronado ya en la tierra como Apóstol de
Jesús con esta hermosa frase: «Tito, hijo verdadero según la fe, apóstol y
gloria de Cristo».
Ahora sé que ha
muerto. Y todos sus amigos en la fe se disponen a velarlo, como él lo merece.
Como él lo ha querido.
Menos yo.
Como María de
Betania, de pie sobre la arena de las playas del mar de Galilea donde esparcía
sus dones el Señor de Vientos y Tempestades, he elegido la mejor parte: ver
abrirse los cielos en aquella mañana luminosa por un nuevo nacimiento a la Vida
Plena. Es Tito, Emperador de la Palabra, quien en su carroza de gaviotas
ecuestres irrumpe glorioso de la mano del Señor de Bondad y Misericordia, al
seno del Padre Celestial...
Su cuerpo ha
muerto. Sin embargo, una lágrima de gozo y extrañeza moja mis pupilas y quedo en
silencio, contemplándolo mientras asciende...
2 – Flavio Tito
Tito ha muerto.
Estoy sentado a la vera del río y las voces del pueblo sacuden aún mis oídos. El
Emperador ha muerto. Tito ha muerto. El valiente defensor ha muerto. Tito ha
muerto, dicen y corren. Expanden la novedad como una tromba del desierto hasta
los confines del Imperio. Y todos sus amigos se disponen a velarlo, como él lo
merece. Como él lo ha querido.
Menos yo.
Tito ha muerto. Y
la tristeza es una gangrena para el corazón atribulado.
Le he visto llorar
a todos porque Tito ha muerto. Pero yo no he podido correr detrás de ellos, como
hubiera deseado.
Los pensamientos me
detienen en su gloria y mil batallas. Y mi espada de centurión agradecido por su
amistad sin límite se acobarda en el suelo, y arde bajo el sol de enero...
Las aves que vuelan
sobre el verde Nilo donde reposa mi mente tras la noticia, se llevan junto a la
melancolía y en cortejo, el alma de un Grande: Flavio Tito, hijo mayor y sucesor
de Vespasiano. Su cuerpo ha muerto, y, con él, su certeza y honradez para el
gobierno del Imperio han muerto también...
¿Qué queda para un
soldado retirado de las huestes que tanta fama y poder han dado a Roma, sino el
recuerdo?
Le he servido
cuando fuera tribuno en Germania y Britania, y compartí su fama de soldado
valiente y codicioso. A pesar de mi edad, consintió por mi lealtad en hacerme
testigo del asedio y toma de Jerusalén en los 70 y del multitudinario festejo
con que Roma celebró su victoria sobre los judíos rebeldes al pie del Capitolio.
Fui fiel a él y a su padre cuando sofocaron a las legiones de Julio Civil
aliadas a galos, treverios y germanos. Sufrí los costos durísimos de tales
batallas y ayudé a restablecer la disciplina militar cuando mis propios colegas,
los soldados, se creyeron dueños de la situación. Saludé con júbilo su genio y
decisión al ordenar construir el Coliseo como monumento a la grandeza y al
coraje romano; también al registrar y dejar constancia en los relieves del arco
que construyera en el Foro o Templo de la Paz, el uso que hiciera de los tesoros
de Judea para devolver equilibrio a las arcas vacías por las luchas del poder.
Acompañé su breve gozo cuando, después de la muerte de su padre, aquel lluvioso
verano del 79, se ganó el clamor y las gracias del pueblo que vivió su serenidad
y enjundia de Emperador sensible, al combatir los efectos de la erupción del
Vesubio de ese mismo año y uno de los incendios más implacables de la ciudad de
mármol Augustiana...
Tito ha muerto. El
Emperador ha muerto. Ahora le sucederá Domiciano. Quizás él también siga sus
huellas... Nunca entenderé cuestiones de República o de Imperio, ni estaré en
discusiones que los estoicos y cínicos se encargaron de debatir hasta el exilio.
Soy un soldado. Sólo eso, y hoy me toca llorar la muerte de otro. El inmenso
Tito Flavio Vespasiano: que los Dioses lo arrebaten del vuelo de pájaros para su
Olimpo de Gloria y Eternidad...
(Quién sabe en
quién o quiénes reencarnarán ellos, más allá del tiempo, sus dotes de cristiano,
el uno, y de general romano, el otro, nacidos ambos a poco de la muerte de un
tal Jesús, a quien anduvo sirviendo, el uno, hasta su muerte mártir; o de quien
anduvo averiguando blasfemias y prodigios, el otro, hasta su muerte
emperatriz...
Sé de alguien, no
obstante. Y me lo comento en susurros montando guardia hoy a la orilla del río
viéndolo volar, ajeno ya a los incidentes de su sentido velatorio...).
3 – Don Tito
Sí, Don (¿Dom?)
Tito ha muerto. Sentado a la vera de un delegado brazo del río Paraná, mastico
mi angustia por ese tío abuelo que ha muerto. Don Tito «Alegre», le apodaban,
porque había heredado dones mágicos para el buen humor y la bondad como las del
Tito Cristiano. Don Tito, «Emperador de Baco», le bautizaban, para rociarlo en
alcohol con la fama de otros no tan santos, epicúreos diríamos, como las del
conocido Tito Flavio Vespasiano, glorioso Emperador Romano...
Sí, las voces del
barrio que lo amaba sacuden aún mis oídos. El Emperador ha muerto. Don Tito ha
muerto, decían. El Alegre Tito ha muerto, decían y corrían, expandiendo a toda
la comarca pueblerina la noticia de su partida sin retorno hasta los confines
del Universo.
Y todos sus amigos
se disponen a velarlo, como él lo merece. Como él lo ha querido. En el «sitio»
que él ha dejado dispuesto por prepotencia testamentaria...
Menos yo.
Que me he quedado
aquí, como María de Betania, eligiendo la mejor parte: escucharlo en soledad de
amigo, riéndose a carcajadas insonoras pero amplificadas por el viento ahora que
vuela alto, alto, como lo hacía allá, hasta hace poco nomás, en su bar
costumbrista de pobreza y humildad, en trastienda con su laboreo de frutas y
verduras. Sí, viéndolo cómo se aleja con su carro hortifrutícola de gladiador
romano por las fronteras azules de un cielo entreabierto para él... La mejor
parte: la nostalgia de consejos sabios y bromas de niño grande, adicto al jugo
de uvas como ninguno...
¿Acaso saben qué
decía desatando euforia en épocas donde la alegría sólo podía comprarse en una
reunión de amigos, allá por la década de los ochenta, después que un tal
Alfonsín, Presidente de su pueblo argentino, le quebrara el negocio de ramos
generales transformándolo en buscavidas de Sorrouille, su pícaro Ministro de
Economía Nacional?
Les cuento —y me
recuento— algo de lo que él me contaba, o enseñaba, sorbo por medio, del bueno o
del barato, da igual, para mejor decir: «No quiero hablar para “no quemar la
yerba”, ja», tras explicar con gesto absurdo su significado de «cebar mate con
agua hirviendo» o «no quiero anticipar opinión o ser inoportuno, para evitar
equivocarme»...
Sí, me
embromaba, sorbo por medio, dije, del bueno o del barato, porque daba igual,
chanceando: «Quizá sea Emperador, como me llaman algunos. Entonces quiero que me
coronen, che... Pero no con olivos: eso déjenselo a la mayonesa rusa, ja.
Tampoco con laureles: eso déjenselo a un chancho adobado, ja. A mí, cuando me
muera, me coronan pero con hojas de parra, ja», y doblaba el codo con el estilo
inigualable con que ingería otra vuelta de Merloc... «Valiosa como el cristal,
siempre supe que debía cuidar a mi esposa como a una copa de vino, ja», rugía.
Y cosas por el
estilo. Cosas «estudiadas» en una adolescencia callejera transitada aquí y en
Buenos Aires. Cosas como cuando al compás de una guitarra destemplada, paseara
en bote por el Parque del Sur santafesino cantando a dúo con Goyeneche y Ángel
Díaz; «que hasta entonó algo con Troilo en alguna madrugada de esas», decía...
Siempre jovial e
irreverente, jugueteaba con sus secuaces de la noche preparándolos para las
canas y el paso del tiempo: «Para llegar a los 75, ¿sabés cuántos litros me
faltan?, ja», y estiraba su vozarrón tremendo ahuyentando coléricas a las moscas
del barcito dominguero... «Miren
—sorprendía expresando a sus
compadres de vicio—:
¡besé un corcho y se puso borracho!, ja».
Y cosas por el
estilo. Cosas «memorizadas» en la universidad de la calle donde había criado sus
años mozos... Susurro: («Había una mujer tan buena, pero tan buena en el barrio,
que le decían “chorizo fresco”. ¿Por qué? Porque era de hoy y no le podían sacar
el cuero..., ja. ¿Saben?, cuando nací, apenas me salieron los dientes, en vez de
mordaza, me dieron tapitas de cerveza para ejercitarlos, ja»)...
Humor de entrecasa,
chanzas de metegol que hurgaban el alma de «su» cuadra vecinal, un perplejo
suburbio de barriada en el sur de la ciudad... Confesión: («Estaba el “veterano”
leyendo un libro, y pasa su nieto por al lado, y le dice: “Abuelo, ¿qué estás
leyendo?” Y Abuelo contesta: un libro de Historia. Necesito averiguar sobre mis
antecesores viti–mológicos, ¿entendés? El nieto se fija en el libro y, con
estupor, exclama: pero, ¡Abuelo!, ¡eso es un libro que habla sólo de sexo!
Entonces Abuelo, con dulce mirada, responde: Y que creés hijo; ¿acaso lo “mío”
ya no es historia?, ja»)...
Dulce tío, tipo
sencillo y locuaz que alardeaba: «¡Soy famoso, soy famoso! ¿Por qué, Tío Tito?
Porque toda palabra puede terminar con Tito: vientito, prontito, crocantito,
vinito..., ja. Pero tío, vinito no termina en tito. Ya sé, che; sólo quería
saber si estabas atento, ja», y vuelta a la risa de la simpleza de niño grande
con que volaba, a los tumbos, montado en un pequeño carro —vacío ahora de frutas
y verduras—, hacia la gloria del Olimpo de Baco... («Era tan grande la
hamburguesa que me hizo Rebeca, que tuve un ataque de mandíbulas, ja»). («Cuando
me voy, mi perro me hace más saludos que cometa sin cola, ja». Es bueno éste,
¿eh?, es bueno, che...). Y se iba a dormir en trance después de despacharse dos
partidos de fútbol por tevé y tres botellas de tinto cabernet sauvignon, trago a
trago, y despacito —«porque hace bien al corazón»—, como buen probador y
tomador de esencias alcoholizadas...
Sí, Don Tito ha
muerto. Y la tristeza es una gangrena para el corazón estremecido.
Sí, le he visto
llorar a todos porque El Don Tito «Alegre» ha muerto. El «Emperador de Baco» ha
desolado su bodega térmica e hidrométrica de crianza, como un viñatero
empobrecido... Cubas, vasijas y barricas de roble francés y madera nueva,
abandonadas... Suelo, Encepado, Vendimia, Trasiego y Clarificación, sólo en la
memoria ahora despojada de verdes hectáreas, campos jugosos y enrulados en un
tiempo sin medida como ahora su espíritu bordolés difuminado...
Pero yo no he
podido correr tras ellos, como hubiera querido, y los pensamientos se me pierden
en chanzas sin vuelta y en aquella gloria trasnochada de bebedor empedernido.
(«Pisó un corcho y se emborrachó, ja»; «Va un tipo no muy conocedor del oficio
al bar y le dice temblando al “bolichero”: Por favor, ¿me da un vino? ¿Blanco o
Tinto?, le preguntan. Eh, en ese orden; ja»). Porque, agradecido por una amistad
sin peros (obsequió casa y comida cuando la fortuna me fuera esquiva) se
acobarda mi ego entonces sobre el suelo, ardiendo de pena bajo el sol de
enero...
(Se va, digo.
¿Ya se fue?, interrogo. Y una lágrima como de gozo y extrañeza moja mis pupilas,
mientras quedo en silencio, contemplándolo, cuando él, Don Tito, el Alegre
Emperador de Cubas y Botellas, asciende enhiesto con un Dom Perignon Rosé
cosecha ‘86 en mano —cual bastón de mando—, como nuevo dios en el Olimpo de Baco...).
No hay más lugar.
Van a tener que hacer cola para entrar. Él lo sabía y así lo dejó escrito en el
papel que mostró su mujer al vecindario. El lugar es chico y no cabe más nadie
por ahora... Aunque con el olor que hay aquí, excepto por algunos varones, ¡no
hay mujer que aguante! Y no es por el muerto precisamente... Pero a quién se le
ocurre ser velado en una Vinoteca, y de lujo sibarita como ésta. ¡Madre mía! ¡Lo
que costó aflojar al dueño de este local céntrico para que permitiera semejante
sepelio aquí! Entre los finos malbecs, chardonay, borgoñas, riesling, cabernet
sauvignon, tocay, syrah, friulano, merlot, sauvignon, pinot noir, merlot rose, y
los común y reserva, sin nombrar a la champaña sec, demisec, brut y extrabut que
decora el ambiente, están todos los gustos aquí... y ¡con el corcho destapado!
(«¡Fuera gaseosas! ¡Retro jugos artificiales!, puro veneno, che; ja», juraron
que gritó a sus fieles seguidores desde el cajón cerrado por el perfume amargo
de un hígado añejo bañado en cirrosis, perforado...). Qué pena para el paladar. Y
qué ingrato el hombre. Seguro que a él, como a nosotros —al muy desgraciado—, la
boca se le hace «vino». Flor de chiste nos hizo el enólogo Emperador hasta (en)
el final... Flor de chiste, che...; ja.
(Por lo demás,
nadie puede asegurar que, con un guiño cómplice de los dioses celestes, Tito de
Pablo, Tito Vespasiano y Tito El Alegre Emperador de Cubas y Botellas, juntos a
otros tantos Tito que la historia humana hubiera derramado por ahí, no se hayan
reunido en un día eternidad a discutir blasones, enfoques y hasta coincidencias
astrológicas que les permitieran descifrar, entre tan disímiles experiencias de
vida, el enigma de haber sido nombrados de la misma manera —por el misterio de
la vida— pero en cabeza de los más dispersos prototipos antropológicos de última
generación que deparara la genética sin límites del homos erectus sapiencial).
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ADRIÁN NÉSTOR ESCUDERO (Santa Fe, Argentina - 1951) es autor de
numerosos cuentos y breviarios, entre los que ha publicado: Los últimos días
(Colección de Ficción Conjetural y Metafísica) y Breve sinfonía y
otros cuentos (Colección de Realismo Mágico), publicados por Ed. Colmegna,
S.A.; Doctor de mundos I (Ed. Vinciguerra, SRL) y Apocalipsis bang
(Las siete Parábolas de la In-Creación)
-
Editorial Vinciguerra S.R.L., en su
Antología de cuentistas argentinos de fin de siglo. Autor, asimismo, de
comentarios, artículos reflexivos y prólogos literarios, ha recibido diversos
premios literarios. Su obra está presente en antologías y publicaciones
literarias tanto en papel como en el medio virtual.


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