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LOS
HOMBRES MANCAN
Ángeles
Yagüe
Aquella fue la primera conversación de
sexo que mantuvimos mi abuela y yo. Y la última, pues no se volvió a
repetir. El porqué se produjo, lo he olvidado. Yo estaba casada y tenía tres
hijos pequeños. Quizás encontró que era el momento oportuno para hablarme del
tema.
—Muchos matrimonios hacen la trampa —dijo ella.
—¿La trampa, y eso que es?—contesté.
—Para no tener hijos.
—Ah. ¿Qué trampa, abuela?
—Yo nunca la hice.
—Pero usted sólo tuvo dos hijos.
—Porque no vinieron más.
—Ah...
—Si no, yo hubiera tenido los que fueran. Como mi
madre, que tuvo once, y eso que mi padre murió con 39 años, así que fíjate. Pudo
tener más aún. Yo los hubiera tenido. Antes se tenían todos los hijos que Dios
te daba, pero ahora hacen la trampa.
—Pero abuela, ahora son otros tiempos, la gente no quiere
tener tantos hijos.
—Ah, pues que se aguanten.
—Pero no se quieren aguantar, quieren hacer el amor y no
tener hijos, lo cual me parece muy normal.
—Pero por qué van a querer hacerlo...
—Porque les gusta.
—Ah, ja, ja, Bueno... a mí a veces me gustaba, pero la
mayoría... no. Los hombres mancan.
—¿Mancan? ¿Cómo mancan?
—Doler. Que duele, hija, que duele.
—Ah... mancar... Qué van a mancar, abuela.
—Ah, mancan, mancan.
En este cruce de caminos dudé qué derrotero seguir,
pero ella resolvió enseguida el impasse añadiendo:
—Hay mujeres que las mancan tanto que dan gritos por las
noches y se oye por todo el lugar. A una que le pasaba eso era a la Teresa, la
mujer del Boceto, que era un bruto... Y pasaba muchas noches, no te vayas a
creer, muchas.
—¡Ah!, ja, ja. Pero abuela... eso no era porque le
mancaba. Era que le gustaba. Gritaba porque le gustaba.
—Ah, qué le va a gustar... Gritaba porque le mancaba.
Los hombres mancan. Eso es bien sabido. Mancan, mancan.
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