Volver al índice de la Biblioteca

Página principal

Música en Margen Cero

Poesía

Pintura y arte digital

Fotografía

Artículos y reportajes

Radio independiente

¿Cómo publicar en Margen Cero?

Contactar con la redacción

Síguenos en Facebook





Algo más que un paseo
___________________
Ángel Balzarino


Apenas llegaron a la plazoleta, él se desprendió de su mano y comenzó a correr hacia el grupo de chicos que como todos los días lo esperaba para jugar. Impetuoso. Profiriendo gritos de alegría. Como un pájaro que abandona su jaula. Sin otra preocupación que disfrutar estos momentos. Y una vez más comprendió que también para ella permanecer allí, observándolos, lograba contagiarle tanto júbilo y entusiasmo. Está bien. No dispare. Yo le... Una sensación en la que se mezclaban la ansiedad, el regocijo, la certeza de ser dueño de un invencible poder, lo invadió al notar el temblor de la voz y el sorpresivo pánico reflejado en el rostro de la muchacha cuando le apuntó con la pistola. Imperativo. Con una seguridad que no admitía duda. Casi tuvo ganas de lanzar una brusca carcajada, como si fuera la única forma de manifestar el inefable placer que alcanzaba en cada asalto, durante el breve e intensísimo tiempo en que tenía el privilegio de ejercer un total dominio sobre los otros. Poné aquí todo lo que tengas. Rápido. Luego de sentarse en el banco habitual, sacó una revista de la cartera, pero no llegó a concentrarse en la lectura y se limitó a mirarla bastante distraída. Como siempre, toda su atención fue ocupada por él, gratificada al observarlo reír y gritar y correr infatigable junto a los otros chicos. Es lo más importante y querido. Casi lo único que tengo ahora. No podía evitar cierto desgarramiento al considerar el reducido universo que formaban ellos dos después del abrupto alejamiento de Rodrigo, y por eso, no sólo por amor sino fundamentalmente por angustia y el anhelo de tener un sostén para sobrellevar la soledad, se aferró a él. Nos necesitamos los dos. Ya nada podremos hacer separados. Obsesiva se transformó la necesidad de compartir cada momento, de gozar su compañía pero también de hacer todo lo posible para protegerlo de cualquier daño o peligro. Encendió un cigarrillo y, dispuesta a eludir cualquier otra cosa, sólo quiso verlo jugar en la plazoleta. Apurate. No vamos a estar aquí toda la tarde. La voz perentoria y furiosa del Cholo quebró de pronto esa especie de encandilamiento y repentino deseo que ella logró despertarle con su cuerpo túrgido y provocativo dentro del vestido demasiado ajustado. No. No es el momento para eso. Aunque sería lo más agradable. Bruscamente tomó conciencia de lo que debía hacer allí, en ese local y frente a la muchacha pálida y temblorosa que con evidente torpeza sacaba los billetes del cajón y los ponía en una bolsa. Aquí tiene. Es todo. Como si hubiera concluido una fatigosa tarea, le tendió la bolsa deformada por el cúmulo de billetes. ¿Estás segura? El tono resultó entre amenazador y algo divertido mientras le apoyaba la pistola entre el pronunciado pliegue de los senos, convertido el caño en una prolongación de su mano, ávida por explorar la tibieza de la carne suave y palpitante. Abrió otro cajón y en forma maquinal retiró algunos billetes. Dale. Vamos. Esto se va a llenar de gente en cualquier momento. Aferró la bolsa, ya firme y decidido a cumplir su propósito con la eficacia de siempre. Ni se te ocurra moverte de aquí. Agitó por última vez la pistola frente a los ojos desorbitados y después corrió hacia donde estaba el Cholo. Tropezaron con algunas personas, entre desaforados gritos de sorpresa y alarma ante la visión de las armas desnudas, al salir a la calle en vertiginosa carrera. Apurate. Ya perdimos demasiado tiempo. Agrio y pleno de reproche el tono del Cholo. No trató de justificarse ni de esgrimir una disculpa. Sólo compartió la preocupación y rabiosa premura por ponerse a salvo, sortear las numerosas siluetas que dificultaban el paso y llegar hasta el coche donde los esperaba Santillán. Pero todo pareció tornarse oscuro, incomprensible, producto de una absurda pesadilla, cuando surgió el grito convertido en orden escueta e inapelable. Alto. No se muevan. Como ya era habitual, observó que un rictus amargo reemplazaba la sonrisa y quedaba con el cuerpo rígido, en súbita actitud de rebeldía o de muda protesta. Vamos. Ya es tarde. Mañana vendremos otra vez. Debía apelar a su paciencia, utilizar las palabras más tiernas y afectuosas, ofrecer algún caramelo o barra de chocolate, para que el final del juego no resultara tan doloroso. Aunque hubiera querido que se prolongara indefinidamente, pues ella disfrutaba tanto como él de los momentos que pasaban allí, era necesario poner un límite. Cuando recuperó la sonrisa por obra de las deslumbrantes promesas de otras jornadas de juego más extensas y divertidas, abandonaron la plazoleta. La colmaba de alivio cada vez que se restablecía entre ellos una comunicación íntima y jubilosa, aunque siempre le tocaba ceder ante la voluntad y los caprichos de él. Lo principal es verlo feliz. Y que pueda tenerlo cerca, para abrazarlo y besarlo. Después de marchar un rato, él soltó su mano y, libre, comenzó a correr por la vereda, dando saltos y efectuando diestras jugadas con alguna pelota imaginaria. Faltaban dos cuadras para llegar a la casa cuando, al doblar una esquina, vio a varias personas moverse en forma desordenada, profiriendo gritos y palabras incoherentes. No tuvo tiempo de indagar el motivo de tanta agitación. Quedó paralizada por el seco estampido de un disparo. La reacción del Cholo fue rápida y contundente. Con el rostro desfigurado por la bronca y vociferando maldiciones, disparó contra la figura uniformada que pretendía cortarles el paso. ¿Quién le avisó? ¿Cómo pudo...? Inútilmente procuró encontrar una justificación a la trampa que de pronto los cercaba. Corré. Dale. Abrumado por la confusión y el desconcierto —con el policía haciendo fuego parapetado detrás de un coche, la gente corriendo en busca de un lugar seguro, el horror expresado en gritos histéricos—, sólo quiso eso. Escapar de allí. Ponerse a salvo. A cualquier precio. Sobre todo después de escuchar el quejido del Cholo y verlo desplomarse como una especie de muñeco desarticulado, con los brazos abiertos y una mancha roja en el pecho. Terminaré igual si no salgo de aquí. Ya. Rápido. Convertida en el tesoro más preciado, aferró fuertemente contra el pecho la bolsa llena de billetes, y apretó el gatillo. Una vez y otra y otra. Descontrolado. Sin un blanco definido. A cualquier figura que pretendiera frustrar su huida. Sebastián. Urgida por el pánico y la desesperación, procuró alcanzarlo para brindarle su amparo, mientras lo llamaba en un clamor desolado. Y siguió repitiendo el nombre querido con voz cada vez más débil, enronquecida, quebrada por el llanto, después que cesaron los disparos y la gente ya se había dispersado y un silencio ominoso comenzó a cubrir la calle casi desierta, sin poder apartar los ojos del cuerpo diminuto y quieto de él.

_________________
ÁNGEL BALZARINO
nació el 4 de agosto de 1943 en Villa Trinidad (Provincia de Santa Fe - República Argentina). Desde 1956 reside en Rafaela (Santa Fe - República Argentina).
Ha publicado ocho libros de cuentos: El hombre que tenía miedo (1974), Albertina lo llama, señor Proust (1979), La visita del general (1981), Las otras manos (1987), La casa y el exilio (1994), Hombres y hazañas (1996), Mariel entre nosotros (1998) y Antes del primer grito (2003), y tres novelas: Cenizas del roble (1985), Horizontes en el viento (1989) y Territorio de sombras y esplendor (1997).
Varios de sus trabajos figuran en ediciones colectivas, entre otras: De orilla a orilla (1972), Cuentistas provinciales (1977), 40 cuentos breves argentinos - Siglo XX (1977), Cuentistas argentinos (1980), Antología literaria regional santafesina (1983), 39 cuentos argentinos de vanguardia (1985), Nosotros contamos cuentos (1987), Santa Fe en la literatura (1989), V Centenario del Descubrimiento de América (1992), Antología cultural del litoral argentino (1995), Palabras rafaelinas (1998), Palabrabierta (2000), Primer Encuentro de Narrativa – Bialet Massé – Nacional (2005), Leer la Argentina (2005).
Su cuento Rosa ha sido incluido en Cuéntame: lecturas interactivas
(1990), Avanzando: gramática española y lectura (3.ª Edición, 1994, 4.ª Edición, 1998), y Realidades 3 (2003), obras editadas en los Estados Unidos.
Otro cuento, Prueba de hombre, integra la antología Narradores argentinos (1998), publicada por la Revista Cultura de Veracruz, México.
El cuento El acecho fue incluido en el libro Leer, especular, comunicar, editado en 2002 por Advance Materials, del Reino Unido.
Además de poseer una página web propia -www.rafaela.com/balzarino-, sus trabajos son difundidos a través de innumerables sitios por Internet.
Colabora de manera habitual en diversas publicaciones: Siembra, de Alcoy (Provincia de Alicante), España, San Quintín, Cantera Verde y Albatros viajero, de México, Panorama de las Américas, de República de Panamá, Polígono de cuentistas y poetas, de Buenos Aires, Tercer Milenio en la Cultura, de Rosario, Gaceta Literaria y Hoy y mañana, de Santa Fe, La Palabra, Suplemento Cultural del Diario La Opinión, de Rafaela.
Entre las numerosas distinciones por su actividad literaria se pueden mencionar: Premio Mateo Booz - 1968, Primer Premio Ciudad de Santa Fe - 1970, Premio Nacional ALPI - 1971, Premio Jorge Luis Borges - 1976, Premio Anual por el Bienio 1976-77 de la Asociación Santafesina de Escritores, Mención Especial en el género narrativa Premio Alcides Greca- 1984
, de la Subsecretaría de Cultura de la Provincia de Santa Fe, Premio Fondo Editorial años 1986-1995-1996, de la Municipalidad de Rafaela, Faja de Honor 1996 y 1998 de la Asociación Santafesina de Escritores.

Web del autor: http://www.rafaela.com/balzarino



De este autor puedes leer el El día negado y una selección de relatos

* ILUSTRACIÓN RELATO: Gun outline, By INVERTED (Own work) [Public domain], via Wikimedia Commons.