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SOGAS (María)
Susana Negro
Tal vez por estar
oteando siempre la silueta oscura de la tierra de los moros o porque sólo
deseaba sentir la placidez del caracoleo de espuma y arena subiéndole hasta las
rodillas, María no había reparado nunca en el horizonte. Apoyada en un
montículo de sogas de la proa y envuelta en un abrigo, María observa sin poder
sustraerse. El gran círculo de agua y estrellas se cierra abarcándole el vientre
y las motas de luces saltan de la superficie hasta mojarle la cara. Su cara
pecosa de ojos grises y la pequeña mano dentro de la tibieza de la mano de su
madre, Sebastiana, sentaditas las dos al atardecer en el balcón de la casa que
se erigía sobre la calle principal que desembocaba en el puerto y en la playa.
El balcón con barandal de maderas torneadas por su padre, el Pinto, artesano que
venían a buscar desde la mismísima Granada. El Pinto, capaz de hacer con igual
laboriosidad una cuna para el hijo de un pescador o el moblaje completo para la
boda de la hija de un marqués. El Pinto, por el pelo colorado como el del María.
Los marineros pasan, la miran y se ríen de la solitaria que habla con el mar.
Se reían sus compañeros de escuela la tarde en que la señorita Maruca la
sentó en un banco alto, con un bonete, porque en lugar de estar bordando la
sabanilla estaba tejiendo pequeñas redes y, para mayor extravío, descalza. El
Pinto, que pasaba con el carro preñado de tablas de sándalo, la vio allí muy
compuesta sin una sola mueca pero con el orgullo zaherido, así que se detuvo y
entró. Atravesó el salón le sacó el bonete la alzó en brazos y se la llevó. La
tendió dentro del carro que empezó a balancearse tan lento que parecía no
avanzar sino estarse detenido. Aquel carro apenas entregado al movimiento
rítmico del oleaje que lo tumba hacia un lado y hacia el otro, hendiendo con la
quilla el agua que se precipita como las canciones que María recuerda inundada
por el intenso sándalo. El Pinto trabajaría esas maderas con sus dedos finos
haciendo cofres donde se guardarían cartas de amor. Para eso solamente debía
usarse el sándalo, mi niña, le susurraba. Perfumes
exóticos para gusto y regusto de jefes íberos y celtas, conquistadores romanos,
reyes visigodos y hasta del mismísimo Abderraman. María pierde la
mirada en los laberintos tallados por su padre en tanto el camarote la oprime
con rincones insomnes. El cabrilleo le trae los sonidos dulzones de la voz de
Manuel acariciándola con apasionadas promesas. También las discusiones en las
cuales sus parientes habían decidido su suerte. Trepa hasta ella el olor
salitroso del mar como trepaba por la calle que abría en dos el pueblo y embebía
su casa de dos plantas. Abajo: el taller. Arriba: el hogar airoso de
ventanas con malvones y claveles. Al frente: el balcón donde al atardecer se
sentaba con su madre para ver pasar a los hombres que volvían de las faenas.
Hasta aquella, funesta, en que el cantar de Sebastiana quedó pendiendo de un
hilo y la tibieza de la mano que sostenía la suya empezó a temblar. Todavía le
palpita en las sienes el ritmo de los pasos con que se acercaba el cortejo que
traía yacente, encima de un madero, el cuerpo del Pinto. Entonces, Sebastiana
había clausurado ese hogar, retornado a la casa paterna, y no derramó una sola
lágrima por el resto de los siete meses que logró mantenerse viva. Y los trece
años de María inmersos en el desconsuelo del silencio. Del silencio que impuso
la abuela porque no quería nada que le abriera heridas. Del silencio de las tías
quebrado únicamente para rezar por la paz de las almas de los que se habían ido.
Del silencio de los tíos que sí podían chacotear, pero en la taberna. Y del
silencio de María que llora acodada en la barandilla fundiéndose en el surco que
va dejando como estela el paso del barco. Da la vuelta entera a la cubierta una
y otra vez. Camina con los ojos bajos. El resto de los pasajeros le sortea el
paso. Levantan rumores diferentes. Hay quienes aventuran que no es conveniente
perderla de vista. Otros que pasa un tiempo peligrosamente largo asida a
la borda. Y alguna mujer joven siente un indefinido deseo de confortarla. Dos
días con sus dos noches de tormenta mantienen a los viajeros en las cabinas.
Aferrada a las varas de la litera: María y los latidos en su vientre. ¿Tendrán
esos latidos ojos grises como los de su madre, Sebastiana? ¿Pelo rojizo como el
del Pinto o renegrido como el de Manuel? Palpa su pequeña nariz, se acaricia las
mejillas y despeja la frente llana. Empieza a canturrear conjuros para apaciguar
a las fuerzas de la naturaleza. Junto con el sosiego de la tormenta la invade la
holganza. Por el ojo de buey se escurren, al abrir el amanecer, las primeras
varillas de luz dibujando recuerdos arriba de su cama, en aquel cuarto de la
casa de la abuela. Cuánto agradecía esa luz que la rescataba de los pavores
nocturnos. Se preguntaba si su madre, Sebastiana, se habría entregado a la
muerte para unirse al Pinto o por haber tenido que volver a aquella morada.
Morada donde los ritos diarios estaban precedidos por invocaciones que recorrían
el Santoral. Y las tufaradas de incienso para contrarrestar a las criaturas del
Averno que emboscaban a las ánimas en todo tiempo y en todo lugar. Iban y venían
las tías solteras por las galerías calladas siempre en ofrenda de algo,
cumpliendo con las tareas cotidianas y con la risa prohibida, tentación del
demonio. María no puede evitar que por el ojo de buey también se filtre
Encarna: la que lavaba, planchaba, cocinaba y, la que de mirarle fijo a uno,
podía adivinarle los pensamientos para luego llenarle los oídos a la abuela. Al
cruzársela, María rezaba muy fuerte en su corazón para no pensar en nada ni en
nadie. Se levantaba el rigor a la hora de la costura, al caer la tarde, y a
pesar de que la vida pasaba por fuera de los visillos, conocían y murmuraban
acerca de los entuertos de cada uno de los habitantes del pueblo, ya porque
Encarna trajera los chismes del mercado ya porque los tíos y el abuelo se
despachasen de lo escuchado por ahí o bien porque la soltería combinada con la
clausura les avivaba la imaginación y el resentimiento. Deja el camarote y
comprueba con asombro que no han quedado rastros de la tormenta. María camina al
compás del aire translúcido de la calma. Estira los brazos, inspira y se inunda
el pecho. Con pasos largos hacia la proa cuenta uno por uno los días
transcurridos y, girando a popa, los que todavía le faltan para llegar. Sus
pasos retumban en los tablones del barco: hacia aquí hacia allá. En el patio
de la casa familiar, el abuelo montaba de tanto en tanto un tablao. Abría, para
todo el que quisiera participar de la marimorena, las puertas de par en par.
Traía un conjunto de gitanos de la Sierra: entraban la hondura atávica de las
guitarras y la llama aceitunada de las batas de cola salpicadas de collares y
volados. Después de que corriera generosamente el jerez, el abuelo se subía a la
tarima y no bajaba hasta que cada rincón de la casa quedaba impregnado de
aquella mezcla de algarabía y tragedia que se llevaba la aurora. La distancia
se acrecienta nudo a nudo en esos fragmentos dispersos. María desenrolla una
soga que ancla en su pueblo, atraviesa el mar con ella y la deja unida a aquel
patio de gitanos y plegarias. Aquel patio donde el Pinto había llenado de
requiebros a Sebastiana... y al fin se la había llevado. Aquel patio donde una
noche había entrado como un señorito Manuel... y le había aprisionado alma y
cuerpo. Suelta la soga y ve cómo se sumerge lenta en el agua y cómo
enredándose en los reflejos se desvanece. Comenzaron a enredarla las
siestas. Siestas de calores y pestes africanas que traían los vientos de montura
ligera y brida diestra de Manuel, de juramentos llevados por la marea alta
porque él se iba para América, y de no me olvides porque algún día vendré a
buscarte. Después que él se fue colgó una soga en la pared del dormitorio y se
dio a hacerle un nudo por cada mes que pasaba. No terminaba de atar el cuarto
cuando la abuela descerrajando la puerta se le enzarzó al pelo hasta ponerla de
rodillas. María supo entonces que había cometido la torpeza de postergar las
oraciones y que Encarna le había adivinado los pensamientos. En ese otoño de sus
diecisiete años el abuelo no montó el tablao, pero reunió a la familia completa.
Sí se templaron los ánimos con el jerez. Sí se dieron gracias porque Sebastiana
y el Pinto estuvieran muertos y no tuviesen que padecer tanta vergüenza. Sí se
calcularon cuántas varas de lino se habían gastado en esos años para vestirla y
cuánto había costado alimentarla. Sí se reconoció la generosidad que hacía falta
para recoger una huérfana díscola, orgullosa y desagradecida. También estuvieron
de acuerdo en el desparpajo y la mala entraña que había que tener para
aprovechar el asilo de las siestas, reparo de gente decente. En vista de lo
avanzado del escarnio y de la poca posibilidad que había de que se desbarrancase
y lo perdiera, ellos decidieron ponerle una carta de aviso a Manuel. Luego,
habrían de subirla al primer barco que partiera para América. Lo último que
María vio en la rada del puerto fueron los ojos grises del abuelo. Tan grises
como los de Sebastiana. Tan grises como los suyos.
Apoyada en la barandilla, María canta:
De la viña
traen las vides
y los peces, de la mar
los niños cuentan sus cabras
y ese mozo, las cuentas de tu collar.
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SUSANA LAURÍA DE NEGRO
es Profesora de Historia, lectora empedernida, escritora por audacia y directora
de La Barca de la Cultura
(www.labarcadelacultura.com, web dedicada a dictar talleres on-line de
diversas disciplinas). Fue Jurado en el
III Certamen de Relato Breve Almiar.
Ilustración relato: Fotografía de
Pedro M. Martínez Corada

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