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Aurora de
fuego
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Carlos Montuenga
…como os decía, aquello ocurrió en
febrero de 1945 y recuerdo muy bien que era martes de Carnaval. Yo acababa de
cumplir los dieciséis y vivía con mi madre en un barrio extremo de Dresde
próximo al Elba. Aquel día, mi madre había ido a Meissen para hacer una visita a
los abuelos y me dijo que estaría un par de días con ellos. Mamá era enfermera y
se pasaba el día en el Hospital Central. Desde luego, trabajo no le faltaba; en
los últimos meses, centenares de miles de refugiados habían llegado a la ciudad
y las autoridades los alojaban donde podían. Los trenes iban abarrotados y en
las carreteras proseguía el trasiego de multitudes que se trasladaban a pie, en
carros o en camiones. Muchos habían sido distribuidos en edificios públicos,
escuelas, hospitales y hasta en los parques, a pesar de las bajas temperaturas.
Mamá decía que las cosas se estaban poniendo muy mal, y quería que nos fuéramos
de Dresde en cuanto se presentara una oportunidad. Me hablaba a menudo de la tía
Ketty, una hermana suya que vivía en una aldea próxima a Nienburg, en la Baja
Sajonia. Si fuera posible llegar hasta allí, tal vez estaríamos a salvo hasta el
final de la guerra.
Recuerdo que aquel martes estuve con
Emil, aquel chico pelirrojo que vivía al lado de la plaza del Ayuntamiento, en
una casa vieja con chimeneas negras y muy altas, parecidas a las almenas de un
castillo. Emil tenía dos hermanas más pequeñas y, como era Carnaval, las dos se
habían disfrazado para celebrar la fiesta con algunos niños de la vecindad. El
salón estaba lleno de serpentinas y la madre de Emil entraba y salía con fuentes
de buñuelos, esforzándose en atender a todos y evitar que los niños hicieran
algún destrozo. Al marcharme de allí para volver a casa, decidí dar un rodeo y
cruzar el Grosser Garten antes de coger el tranvía. Hacía tiempo que no pasaba
por aquel lugar y me quedé sorprendido al ver el parque transformado en un
enorme campamento. Miles de personas se hacinaban en tiendas de campaña. Había
gente de todas las edades y familias enteras que, por el momento, no habían
podido encontrar mejor acomodo.
Después de atravesar media ciudad en
el tranvía de Löbtau, llegué a casa de noche. Me tendí sobre la cama y estuve
ojeando algunas revistas, mientras escuchaba un programa de radio que
transmitían la noche de los martes. Empezaba a quedarme dormido, cuando el
programa se interrumpió y empezaron a emitir una señal muy aguda. Me incorporé
sobresaltado y, al cabo de unos segundos, escuché la voz del locutor alertando a
los oyentes ante la inminencia de un ataque aéreo. No me importa confesaros que
sentí mucho miedo. Salí a la escalera temblando como un flan y llamé a casa de
Röeder, un mecánico que vivía en el piso contiguo al nuestro. Röeder trabajaba
en los ferrocarriles y era un tipo amable, siempre dispuesto a echarnos una
mano. Él también había oído la alarma, pero parecía tranquilo y dijo que lo
mejor era bajar al sótano de la casa, aunque me aseguró que no tenía motivos
para estar asustado; nos encontrábamos alejados de cualquier zona que pudiera
ser objetivo militar, no existían fábricas en los alrededores, y la estación de
ferrocarril se hallaba a más de diez kilómetros hacia el sur de la ciudad. Pasé
a su casa, mientras él cogía unas mantas, y ya íbamos a salir cuando el cuarto
se iluminó súbitamente, como si en un momento se hubiera hecho de día. Me
acerqué sorprendido a la ventana y pude contemplar un espectáculo que nunca
olvidaré; era…bueno, la verdad es que no sé cómo explicarlo… tuve la sensación
de volver a estar en Navidad. Sobre los tejados caían cascadas de luz, una luz
muy blanca que brotaba del cielo oscuro de la noche, envolviéndolo todo en un
resplandor maravilloso. Allí estaba yo, embobado, con la cara pegada a los
cristales, pero el mecánico me cogió por un brazo y dijo que teníamos que bajar
enseguida al sótano. En la escalera se había congregado ya mucha gente; algunos,
a medio vestir, iban de un lado para otro en medio de una gran agitación.
Recuerdo a una anciana del tercero, que nos miraba aturdida sin decidirse a
salir de su casa, y al señor Schultz, el empleado de Correos, corriendo en bata
y zapatillas escaleras abajo. Según dijo Röeder, la aviación inglesa estaba
lanzando bengalas de luz blanca para situar los objetivos. Seguro que las bombas
no se harían esperar.
Ya en el sótano, oímos las primeras
explosiones. Al principio, eran como truenos lejanos que retumbaban a intervalos
regulares, pero pronto comenzaron a fundirse en un bramido sordo, cada vez más
potente, que hacía temblar los muros. Empezaron a caer del techo trozos de
ladrillo, llenando el aire de polvo. La gente gritaba y yo me quedé encogido en
un rincón, más muerto que vivo, casi sin atreverme a respirar. No sé cuanto
tiempo duró aquello. Poco a poco las explosiones se fueron espaciando, y cuando
nos decidimos a salir del sótano vi que Röeder tenía el pantalón manchado de
sangre; se dolía de una rodilla y andaba con dificultad. Ninguna bomba había
alcanzado nuestra casa, pero al final de la calle podía verse un gran cráter por
donde el agua salía a borbotones, sacudiendo los cables del tranvía que colgaban
entre montones de escombros. A lo lejos se oían sirenas de ambulancias y una
gran columna de humo ascendía desde el centro de la ciudad. Alguien nos dijo que
en una sala de cine junto a la Bremenplatz se había improvisado un hospital de
campaña para atender a los heridos, así que me encaminé hacia allá con el
mecánico, quien avanzaba a duras penas apoyándose en mí. Las calles estaban
llenas de gente que huía hacia los distritos del norte, donde no había llegado
el bombardeo. En el cine había cientos de heridos y pasó mucho tiempo hasta que
un médico se acercó para examinar la pierna del mecánico. Después de desinfectar
y vendar la herida, le dijo que no debía moverse durante unas horas. Röeder
estaba agotado; le ayudé a tenderse en un rincón y decidí quedarme allí el
tiempo que fuera necesario.
Serían la una o las dos de la
madrugada, cuando se oyeron varias explosiones muy cercanas, a las que siguió
una tremenda sacudida. Los cristales saltaron en pedazos y se derrumbó parte de
la techumbre. La confusión era indescriptible. Algunos heridos intentaban
alcanzar la salida del cine, arrastrándose entre trozos de vidrio y columnas
carbonizadas. Busqué a Röeder, pero había desaparecido bajo un amasijo de
hierros. Salí de allí como pude. Enfrente del cine se veía una casa en llamas a
la que le faltaban los últimos pisos; me produjo la impresión de que algún
gigante enfurecido la había partido de un hachazo. Hacia el sur se oía un
borboteo ronco, como si un inmenso caldero hirviese con violencia. La ciudad
estaba sufriendo otro ataque aéreo.
No sé bien lo que pasó después.
Recuerdo vagamente a la gente que huía hacia el norte, tratando de alcanzar el
río. Surgían incendios por todas partes, el calor era espantoso y soplaban
ráfagas de un viento abrasador que me impedía abrir los ojos, obligándome a
avanzar a tientas entre los escombros. Tuve la sensación de que todo aquello no
era real, como si me viera a mí mismo dentro de un sueño huyendo entre jirones
de niebla viscosa, mientras cientos de aviones zumbaban sobre la ciudad en
llamas. En mi imaginación, los pilotos ingleses apenas conservaban apariencia
humana. No tenían rostro y sus movimientos sugerían una precisión propia de
máquinas. Máquinas capaces de destruir sin la menor vacilación todo lo que
estuviera a su alcance, autómatas implacables de quienes no era posible escapar.
Ignoro cómo pude conseguirlo, pero al
fin me encontré cruzando el Elba por uno de los puentes que no habían alcanzado
las bombas, y después alguien me subió a un camión lleno de heridos en el que
llegué hasta Neustadt in Sachsen, a unos 30 Kilómetros hacia el norte. Estaba
amaneciendo y sobre el pueblo caía una lluvia de cenizas procedente del lejano
incendio. En las horas siguientes, Dresde todavía sufrió dos ataques más…
Han pasado muchos años de aquello,
pero la huella del horror no se borra de mi memoria. Mil veces me he repetido
que el bombardeo de Dresde fue un episodio más de la guerra, una de tantas
calamidades que marcaron una época dominada por el odio y la violencia, algo ya
lejano que querría dejar enterrado en lo más profundo de mi ser. Pero ¿cómo
olvidar lo que ocurrió aquella noche? La aviación británica atacó sin tregua,
lanzando sobre nosotros miles de bombas incendiarias, hasta que la ciudad
desapareció envuelta en llamas, y el cielo se tiñó de rojo como si una aurora
fatídica se adelantara para anunciar el triunfo de la muerte. Las altísimas
temperaturas provocaron un huracán de fuego, con vientos que giraban a más de
doscientos kilómetros por hora, y aquél monstruoso remolino succionó hacia su
interior todo lo que encontraba, ya fueran automóviles, restos de edificios,
árboles o seres humanos. En el perímetro central de Dresde, el agua hirvió en
los estanques y grandes estructuras metálicas se derritieron como si fueran de
cera. Más de cien mil personas perecieron en aquella orgía de fuego, abrasadas,
reducidas a manchas de grasa sobre el pavimento ardiente, asfixiadas en los
refugios por los gases tóxicos y la falta de oxígeno.
Soy ya viejo y sé que sólo el olvido
podría aliviar mi carga. El mundo va cambiando, pero los hombres seguimos siendo
incapaces de renunciar a la violencia; parece como si nunca nos faltaran razones
para justificar las mayores infamias, los actos más odiosos. Razones, palabras…
estoy cansado de ellas, ninguna tiene el poder de ahuyentar mis recuerdos. El
horror nada sabe de razones, nos ahoga con su abrazo y susurra al oído preguntas
sin respuesta. No, las palabras no me sirven. Ya sólo espero el olvido, el
silencio.
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Carlos Montuenga, es Doctor en Ciencias.
Es miembro integrante del
Taller Literario de El Comercial.

Lee otros cuentos del autor:
Doctor Paracelso;
Newton el mago;
La Perla de Córdoba
y Un otoño tan frío.

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