El pintor supo que se estaba
muriendo y de inmediato comprendió que aún había una última cosa por hacer.
Para evitar inútiles
lamentaciones y odiosas pérdidas de tiempo, ocultó celosamente su enfermedad y
dijo a todos sus allegados que se disponía a comenzar una nueva pintura. Todos
sabían que eso significaba su completa desaparición de la vida pública por un
tiempo indeterminado.
Definitivamente
aislado, juntó todos sus cuadros en la nave que le servía de estudio y almacén
(nadie había sospechado que los que vendía, aquellos que se exponían en las
mejores galerías del continente, eran meras copias edulcoradas de los
originales, que nadie salvo él había visto). Poco a poco, los fue ordenando en
el muro del fondo. Noventa cuadros. Podría formar con ellos un rectángulo. Nueve
filas de diez (o seis de quince, o cualquier otra cábala imaginable).
Hizo instalar unos
estantes de lado a lado de la nave. Después, tuvo que contratar a un obrero para
que se ocupase de las filas más altas. El tiempo se agotaba. Cada vez más
ansioso, fue dirigiendo la composición del improvisado puzzle, guiado por su
poderosa inspiración, de la que tanto se había escrito en las revistas
especializadas. Algunas veces gritaba, ante la indignada sorpresa del peón;
otras, paseaba nervioso por toda la nave, murmurando para sí. Su mirada delataba
la fiebre; aquella inquietud era el símbolo de un presagio. Su salud se consumió
en pocos días.
Al fin, tembloroso y
débil, sentado en una butaca junto a la puerta de la nave, lugar desde el que se
podía apreciar mejor el conjunto, hizo una imperceptible indicación a su
empleado, que cambió un cuadro por otro, lo mismo que había estado haciendo una
y otra vez durante las últimas horas o los últimos días. Pero esta vez, el
resultado satisfizo al pintor: Sonrió levemente, hizo un gesto vago con la
cabeza, se recostó en la butaca y pareció extasiarse en la contemplación de la
obra terminada.
Si otra persona
hubiese estado allí, junto a él, tal vez su corazón se hubiese sobrecogido ante
el magnífico espectáculo, quizá hubiese podido comprender que aquel gigantesco
mural, poblado de horribles criaturas danzantes, de imposibles árboles que no
podrían crecer en otro lugar que no fuese el innombrable averno, de casas
formadas por cuarzo y estiércol, de ciudades llameantes y mares negros, no era
otra cosa que el retrato fiel e inconfundible del pintor que ahora yace en la
butaca contemplando con sus ojos muertos el poso que los años fueron dejando en
su alma.