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arboles nevada relato peter robertson

Hacia Inferno
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Peter Robertson


Mientras la mirada de su madre se desplomaba sobre él, se dio cuenta lo decaída que estaba, el lápiz labial borroneado por otra copa más, el rimel cayendo como un arroyo a lo largo de su cara. Supuso que había estado llorando, pero no podía afirmar si por dolor o por placer. La voz, persuasiva en un principio, subió de tono, estruendosa, inquisitiva:

«Te das cuenta, James, que nunca has dicho una palabra acerca del año que pasaste en Noruega».

Repentinamente, en el salón, en esa tarde de domingo en la que la oscuridad impenetrable se desplegaba más allá de los grandes ventanales, todos los ojos se posaron sobre él. ¿Podría un insecto clavado en la punta de un alfiler haberse sentido más desamparado?

Sonrojándose, deseó salir corriendo de la casa para cubrirse la cara con la nieve que se agolpaba en el jardín. ¿Pero cómo explicar aquello? «Tuve que irme, me sentía mal». Eso no tendría ningún efecto. Los espejos le devolvieron la mirada de unos ojos encolerizados. Y como si aceptara el consejo de la nieve amordazada que caía afuera, las voces cedieron paso a un silencio recriminatorio.

«Viviste un año con él, con el doctor».

«¿Te refieres a George? No era doctor, tenía un doctorado».

Encendiendo otro cigarrillo y acercando el vaso de whisky a sus labios, su madre lanzó una carcajada a modo de broma. «Propongo un brindis, no por George, sino por esta bebida, mi verdadera religión, y bastante más entretenida que los sermones del domingo del reverendo Angus Macpherson».

Ante la falta de respuesta, dijo, «¡Vamos, James, basta ya con esta tensión, es insoportable! Te has ido a Inferno y no has pronunciado una sola palabra al respecto».

Durante días George había estado hablando de un pueblo noruego llamado Inferno. Un colega le había dicho, «la gente sólo va hasta allí para mandarle una postal a sus seres queridos diciendo ”Saludos desde Inferno”».

George sugiere: «¿Por qué no posponemos nuestro viaje a la casa de Edgard Grieg y nos vamos a Inferno el sábado por la mañana? Es mejor llegar desde Hommelvik; de esa manera podremos apreciar las vistas de Strindfjorden, todavía con luz». A pesar de que tenía algunas reservas con respecto al tema, James se vio seducido por esos besos de George, abruptos, que en algún momento había encontrado algo perturbadores pero que con el tiempo había llegado a desear con cierta vehemencia.

Ese sábado, después de haber quitado la nieve alrededor de Bernhardhinnasgate 20, partieron. Condujeron dejando atrás hileras uniformadas de casas de madera, cuya privacidad estaba custodiada por los espesos pinos. Pronto tomaron la autopista. No había nada que valiera la pena ver en el paisaje, simplemente la incesante blancura; con todo tan blanco, se sintió ciego. Buscando alivio, cerró los ojos. La calefacción tan alta lo hacía quedarse dormido intermitentemente.

La misma apatía lo había invadido durante su viaje en autobús a Londres. «Puedes quedarte en casa de amigos de la familia una semana, pero después deberás arreglártelas solo, tendrás que buscar casa, trabajo, nadie te obligó a irte de Escocia. Te echarán de menos en el pueblo, no te olvides de escribir». El bar era cavernoso, el aire denso de humo, la mirada fija de ese extraño un preludio del acercamiento. «¿Otra copa? No vivo lejos. ¿Por qué no vamos a casa?». Un piso con terraza en uno de esos barrios bajos, ese abrazo vertiginoso, incómodo pero que incitó su hambre. Y luego Noruega. «Necesitan otro ingeniero —mi primer puesto—. Yo voy primero y tú vienes dos semanas después».

Abrió los ojos y vio el caserío vestido de hielo, pedruscos gigantescos. Ahora estaban ascendiendo más, pronto llegarían al éter. Luego, un movimiento brusco. Con el sacudón se despertó otra vez, estaban bordeando otro fiordo. Se preguntó qué era más insondable, esa extensión de agua o las bóvedas de nuestros corazones y nuestros cerebros donde —como dijo Knut Hamsun— tiene lugar la guerra con los Trolls.

George tocó su mano suavemente. «Llevas horas durmiendo. Despiértate, allí está Inferno. Es difícil de ver pero si te fijas bien, se pueden distinguir las columnas de humo».

Cuando recordó ese año en ese paisaje nórdico, se dio cuenta de que se había pasado gran parte de ese tiempo cerrando las persianas. No como medida contra la oscuridad circundante, sino para anular la luz del verano, un intruso tenaz que asaltaba su sueño. Era sencillo cerrar las persianas pero muchas veces no podía encontrar la fuerza para abrirlas. Ni siquiera aquel día en el que había escuchado la banda de vientos, la gente riendo, los niños chillando de alegría. Ese día de verano supo que si hubiera podido arrastrarse fuera de la cama para abrir las ventanas, el curso de su vida sería diferente. Pero su cuerpo parecía no obedecerle. Y se tumbaba todo el día en la noche irreal.

«Este es un silencio muy largo, James». Mientras su madre encendía otro cigarrillo, notó que su maquillaje estaba aún más borroneado. Intentó hablar pero sólo podía emitir sonidos inarticulados. Mirando nuevamente a los espejos de marco dorado, sintió que el círculo de espectadores, con sus ojos centelleantes de intensa desconfianza, se cerraba a su alrededor. Las luces del balcón se habían encendido. Recordando la calle Bernhardhinnasgate 20, donde toda ilusión de tiempo había sido borrada, vio que todavía seguía nevando. Si tan sólo más y más nieve cayera sobre ellos y la casa quedara cubierta como una sepultura de nieve. De esa manera, enterrados, sus secretos de ese año en Noruega jamás podrían separarse de él.


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Peter Robertson
PETER ROBERTSON, nacido en Escocia, vive en Madrid y Buenos Aires. Ha sido publicado en varias antologías y revistas literarias, incluyendo The Literary Review; The Oregon Literary Review; The Houston Literary Review y Ecléctica. Es Editor Fundador de The International Literary Quarterly.
@ probb2003[at]yahoo.co.uk

Ilustración relato: Fotografía por Pedro M. Martínez ©