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relato labios nadie

Los labios de nadie
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Adrián N. Escudero


A los que se atreven a amar...

(Ahora, vamos a descender muy bajo;
por eso, sólo con los ojos cerrados
podremos ver en la oscuridad)…


Fue después de que vio lo que vio, que sucedió. Una cercana Iglesia católica había hecho sonar su reloj de campanario a las doce en punto de la noche. Y E. Green estaba dirigiendo con maestría a esos dos muchachos y a esa chica en Los soñadores… Fueron dos o tres escenas las que vio, antes de que su cuerpo se enardeciera y apagara el televisor y la luz del velador, y se sumergiera en la noche de un insomnio sensual —en erótica vigilia, toda expectación e imaginación, tan sólo— como parte de aquellos personajes; personajes como el de aquella muchacha, desprejuiciada y joven, joven y bella, bella y astuta, astuta y libidinosa, que parodiaba frente a ellos —impávidos y desvirgados, inseminados a repetición por su insaciable sexo— escenas de viejas películas del viejo pero nunca olvidado Hollywood las que representaba en parte, preguntándoles —una y otra vez, después de cada fornicación seducida y alcanzada—, juguetona e histriónica, delgada y desnuda, de qué se trataba... De qué adorable y viejo filme cobraban vida aquellos movimientos actorales que ella montaba sobre puntas de pie y que contribuían, inexorablemente, al clímax de orgía que sumía a los tres frenéticos amantes en la lejana habitación de un hotel alojamiento newyorkino, donde pernoctaban sus vicios de juventud transgresora y transgredida...

Sí, no soportó más ver tanta lujuria de celuloide, consentida aún en aquella bañera donde los tres se movían, músculo tras músculo, como delfines en celo, sin poder mezclarse con sus cuerpos y dejarse penetrar por la pantalla DVD como ella, la otra, era penetrada una y otra vez por los varoniles atributos de aquellos, también, desbocados jóvenes secuencialmente animados en el más ancestral de los ritos antropomórficos de perpetuación de la especie... Hasta abandonarse —de pronto, exhaustos y casi satisfechos, como ahora ella (ella, anhelante y ardida), frente a la oscuridad de su cuarto de soltera madura y solitaria— a la placidez de un sueño agotado y momentáneo, para despertar asustada —como ellos—, porque las aguas de la bañera fílmica (metáfora de sus propias sábanas hasta hace un momento inmaculadas pero tristes) se habían enrojecido o anaranjado por otro viejo rito, menstrual y femenino, que devolvía a los muchachos soñados la calma encremada por su propio esperma, y burbujeada por infinitos cadáveres invisibles de tantos astronautas de Eros desviados de la órbita vaginal por espasmos de masturbación o compresiones peneales, aprisionados por alargadas escafandras de látex preservativo...

Labios gruesos tenía el rubio. Bello y afrodisíaco en su estatura apolínea y contorneada por una sistemática gimnasia corporal. Labios que merecían, como la otra ella lo hacía en la obra de Green, ser probados, gustados y tentados por una lengua de serpiente enardecida, hasta azuzarlos, provocarlos, excitarlos y lanzarlos al frenesí del propio instinto, y ser ahora ella la probada, gustada y absorbida por sus dulces bordes, carnosa carnadura, húmedo instrumento del amor degenerado en pasión desenfrenada...

Lo vio succionar en el vídeo. Vio cómo succionaba el durazno y la banana en la cocina del estrecho apartamento de un solo ambiente, donde la concupiscencia había hecho nido… Y vio cómo chorreaban aquellos tragos frescos de vino espumante sobre aquellos labios saturados de carne joven, con los que aliviaba y reanimaba en ese diminuto reducto gastronómico —después de cada acto lascivo—, aquellos miembros fuertes como tenazas pero suaves y envolventes como los orgasmos que incitaba y concretaba en ella (ella)...

En el otro no se fijó. O mejor, constató sus labios finos, y los descartó. No formaría parte de sus ensueños. Definitivamente, serían aquellos labios gruesos los que la besarían en la profundidad del inconsciente hundido ahora en el de-yavú de una mente afiebrada y necesitada de placeres y consolaciones; tan abandonada y desértica como la atávica Penélope, desde que el Sr. Nadie decidiera dejarla sola para siempre, sola con su título académico de master en ciencias exactas, sola, lógica e histérica, demasiado estructurada para un mundo que enfrentaba —en los extremos— a la exactitud de las leyes naturales, con los arrebatos y caprichos de un ethos cada vez más libertino, donde la sabiduría del equilibrio se exiliaba en los abismos terrenos de una inexorable, avanzada, impía y desacralizada indiferencia ética y moral...

La lujuria, redivivo pecado original enarbolado feliz por el materialismo contemporáneo que globalizaba cuerpos y conciencias y los transportaba como zombies hacia el nuevo, enigmático y confuso umbral del tercer milenio gregoriano: eso sí, con las insulares excepciones, y antagónicas prácticas y rechazo espiritual que —generalmente-— generaba, de modo automático, todo sistema o imperio —a cualquier escala— en forma inmediata a su aparente y consecuente consolidación general...

Deseó ser mordida y besada por esos labios…

Y lo logró.

Alcanzó un éxtasis tan elevado, que los sueños ya no fueron tales... No había otra realidad para su ser que la gozada y hasta sufrida herida abierta en cada célula de su lánguido cuerpo hambreado de caricias, succionado, ora leve, ora con rudeza encabritada, por aquellos labios gruesos que la recorrían de la cabeza a los pies, saboreando cada uno de los pliegues y repliegues de su carne encrespada —¡por fin!— tras el ardor de la pasión y del dolor; absorbiendo cada resquicio hundido en sus costillas y costados, recovecos y excrecencias, profanando sin tregua aquel santuario felizmente amoratado y convertido poco a poco en figura tan desnuda como desgreñada, despojada también de cada vello y cabello, saturando sus playas erógenas de señales, gestos y acciones amorosas y la piel de su pelvis enardecida, estrechada, enredada y estampada contra los labios de ese otro cuerpo firme y hermoso y joven y complaciente que no cesaba de morder y besar, besar y morder...

Se dejó chupar enteramente. Succionar hasta el último de los poros abriendo alas a su alma redimida y exiliada por el fuego de la pasión más increíble que pudiere haber imaginado vivir, hasta morir de...

Después, alguien, tras el aroma impiadoso que surcaba los pasillos del edificio de departamentos donde residía, forzó la puerta temiendo lo peor para su callada vecina, la docente universitaria que todas las noches cerraba con violencia la puerta del 3º C, cargando la típica envoltura de una pizza calabresa y enredando en su larga cabellera la sinuosa silueta de una botella de fino champán. Y fue allí que, también él vio lo que vio, con una mirada absorta y desencajada. Vio un límpido esqueleto tendido sobre una cama sangrienta y olorosa, sonriendo con una mueca de grotesca marioneta violada —desarticulada—, que lo llenó de espanto…

Era todo y sólo huesos aquella mortal arquitectura yacente.

Pudo llamar a la policía, pero no lo hizo. Asqueado y cruel, arrojó los huesos de aquel despojo humano maloliente al contenedor del consorcio situado en el sótano, y se fue al bar más próximo para intentar alcoholizar los detalles de la nocturna, macabra experiencia vivida.

Al instante, a sus espaldas, otro grito desgarrador quebró la extraña quietud de la noche porteña, ahogando misteriosamente su acerado ritmo cosmopolita; y, a cinco minutos del indiscreto alerta de la vecina del 3º B, el ulular de las sirenas policiales dio comienzo al fin de una tragedia inesperada...

…Porque nunca llegaría ella a enterarse ahora de cuánto la había amado. De cuánto había deseado coronar sus vigores en el vientre agónico de su esquiva forma femenina. Él, cobarde idiota, oscuro, tímido y temeroso Alguien, habitante del inmaculado y triste y próximo 3º A, enamorado ratón de biblioteca y escritor frustrado, que sólo había conocido el amor por sus propias historias y el masturbado apoyo de Afrodita desde un gastado afiche de la siempre Marylin universal, envenenado en un autismo alucinante tras el espejo virtual de las fantasías que procuraba a sus ignotos delirios, la muda personalidad del Sr. Nadie agazapado en su sombra...


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ADRIÁN NÉSTOR ESCUDERO (Santa Fe, Argentina - 1951) es autor de numerosos cuentos y breviarios, entre los que ha publicado: Los últimos días (Colección de Ficción Conjetural y Metafísica) y Breve sinfonía y otros cuentos (Colección de Realismo Mágico), publicados por Ed. Colmegna, S.A.; Doctor de mundos I (Ed. Vinciguerra, SRL) y Apocalipsis bang (Las siete Parábolas de la In-Creación), Editorial Vinciguerra S.R.L., en su Antología de cuentistas argentinos de fin de siglo. Autor, asimismo, de comentarios, artículos reflexivos y prólogos literarios, ha recibido diversos premios literarios. Su obra está presente en antologías y publicaciones literarias tanto en papel como en el medio virtual.
@ adrianesc(at)fibertel.com.ar

El relato aquí publicado forma parte del libro Desde el umbral (Terrores Cotidianos y de los otros). Inédito (La Botica del Autor, 2006-2007). Integra asimismo, los libros inéditos Mundos paralelos y otros cuentos (La Botica del Autor, 2004-2009); y el cuento de cuentos Doctor de mundos II – Visiones Extrañas. Inédito (La Botica del Autor, 2003-2009).

Lee otros relatos de este autor (en Margen Cero):
El emperador ha muerto · El segador

Ilustración: Pouty lips, By Rachael Ashe from Vancouver, Canada (Flickr) [CC-BY-2.0 (http://creativecommons.org/licenses/by/2.0)], via Wikimedia Commons.