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Llaves
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Javier Estévez Ferrer
Cómo explicar que de repente no
sabía quién era, y no recordaba dónde estaba. Sencillamente, no lo sabía. Me
sentía hueco, hollado. Las preguntas de los dioses del subconsciente flotaban en
la superficie de la realidad como plaquetas de corcho envueltas en llamas. Quién
soy, qué hago aquí, ese tipo de pseudofilosofía banal, atravesándome los
pulmones en forma de preguntas impregnadas de veneno. Creo que anduve días así,
perdido y desorientado en la forma y el fondo de los edificios, en el nombre de
las calles y las caras de las personas. Nada, absolutamente nada, me sonaba. La
sensación de vacío me provocaba un sudor punzante y gelatinoso en el pecho, y
ni siquiera tenía apetito. El tiempo se disolvía como un grano de arena en el
océano. Hasta que al fin, llegado un momento, ya no fui capaz de soportar más la
presión del desconocimiento, y en un acto de rebeldía personal paré a una mujer
que pasaba, casualmente, por allí. La miré a los ojos y le conté que me había
perdido, y que no sabía dónde estaba. Sólo por precaución callé lo de la
ausencia de identidad. Le dije que tenía que ayudarme, que me dijera dónde
estábamos, la calle, el barrio, la ciudad, pero ella sólo contestó que Yo
también, no te jode, exclamó, con la mirada perdida, y desapareció tras las
burbujas de un escaparate voluminoso. Se reía. Esto es una locura, pensé. En
realidad ni siquiera había llegado a detenerse. Tan sólo me había mirado con
aquella expresión incómoda y vacía en el rostro, antes de alejarse de mí para
siempre. No es justo, pensé por decimocuarta vez en el día. Lo único que podía
hacer para no caer en las oscuras manos del olvido yo también, era
caminar: De manera que caminé y caminé hasta que no sé cuánto después la
intuición, o el hambre, dictaron que retomase los pies en una esquina, donde
había un edificio viejo y descascarillado sobre un establecimiento del que salía
un olor que me resultaba familiar. Era una panadería. Ah, susurré, pero no
conseguía recordar nada, aunque sabía que era ese aroma entre blando y
campestre, lo que me llamaba.
Entré y me dirigí a la mujer que estaba detrás del mostrador, manipulando la
caja. El día tenía un incierto tono gris, afuera. Oiga, puede ayudarme, le dije,
y ella, estudiándome de arriba abajo, me preguntó si tenía dinero. Rebusqué en
mis bolsillos y no había nada. La mujer mantuvo la mirada agria y rígida en mis
manos grandes y sucias. Espere un momento, le avisé, la cartera. La saqué y
rebusqué en ella, pero sólo encontré un DNI roído y una tarjeta de teléfono. El
de la foto no se parecía a mí, era prácticamente imposible leer nada en el
reverso, el lugar de nacimiento, el nombre de los padres, estaba todo chafado,
aunque la fecha de nacimiento y caducidad todavía conservaban lectura. La mujer
dejó de mirarme, y se perdió en la trastienda. Salí de la panadería y deambulé
por las calles otra vez, con el carné en las manos, preguntándome lo mismo que
hacía días. Estaba en alguna ciudad, algún país y algún año desconocidos, y no
tenía la menor idea de quién era yo. Según el DNI, el tipo de la foto era
alguien nacido en la década de los setenta, en Barcelona. Aquello sonaba bien.
Creo que levantó el primer hálito de esperanza en mí, después de mucho tiempo.
El aroma de los setenta, supongo, era agradable. Pero nada más. Las calles, las
caras y los parques y los guardias de tráfico y las farmacias en las esquinas
continuaban siendo tan desconcertantes como un atracador apuntándote a la cara.
No sabía cuánto tiempo más aguantaría con el peso de aquella inexistencia a
cuestas.
Llevaba un rato deambulando con aquello en la cabeza, cuando me detuve, porque
sí, y nada más arriar la vista me encontré a los pies de un chiringuito repleto
de periódicos y revistas y donuts y paquetes de chicle. El paraíso, pensé. Me
acerqué a un periódico y la fecha 2 del 02 de 2222 regó el aire como polvo
mágico. El nombre de Barcelona apareció detrás, ¡pum, pum, pum!, como tres
salvas victoriosas. Estoy acercándome, pensé, pero aún no sabía lo más
importante, quién cojones era yo, y qué hacía en aquella ciudad. Con todo, la
desesperación me había abandonado al fin, y pronto presentí que tarde o temprano
acabaría topándome conmigo mismo. Atravesé un parque y torcí instintivamente la
esquina. El día estaba azul y claro, ahora, con algunas nubes tan blancas como
gotas de leche esparcidas por ahí. Media hora después, no había dado tres pasos
cuando los pies se me detuvieron a la altura de un coche verde con el
guardabarros magullado, que me resultaba demasiado conocido para ser verdad.
Miré hacia el interior y lo único que vi fue una elocuente sonrisa reflejada en
la ventanilla. Por fin, me dije, y saqué las llaves del bolsillo.
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Javier Estévez Ferrer,
es un autor que vive en Las Palmas de Gran Canaria.
Web del autor:
http://www.derrelatos.blogspot.com/
ILUSTRACIÓN: Fotografía de Pedro M. Martínez

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