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La luna
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Sandra Raquel Barrera
La noche llegaba prendida de
colores extraños. El hombre había terminado su trabajo y sólo pensaba en llegar
al mate y al pan casero. Sabía que aquello que consiguió ese día sería poco para
comer una semana y tendría que matar las gallinas nuevamente. Sin embargo,
llegaba contento a esa casa pobre, pero fiel a las tormentas de verano. Tenía
zanjas muy marcadas en la cara y las manos. Trabajaba con la tierra. Todas las
mañanas, muy temprano, lo pasaban a buscar en una camioneta vieja y con los
demás hombres cubrían sus cabezas con pañuelos para defenderse del sol. Tenían
en común los labios partidos, las manos curtidas y la mirada perdida en los
surcos de la tierra. A cada bolsa, tanto por ciento, mientras más bolsas, más
dolores de riñones y espaldas.
Esa noche las estrellas habían caído en el pueblo y desparramado luces
por las calles. El olor de la tierra húmeda, regada por el camión municipal,
llenaba el aire de juventud. En los pueblos la lluvia, el sol, el olor de las
calles y los yuyos dan vida y energía; en esos instantes cortos la pobreza no
parece serlo tanto.
Algunos muchachos se agrupaban en la plaza y conversaban de las
cosechas mientras miraban pasar las chicas con cierta timidez infantil. Las
chicas acortaban sus polleras y perfumaban sus ropas con aromas empalagosos.
Reían con estridencia al pasar y esa era la manera de seducir, para luego
aparecer escondidos entre las sombras y la vegetación de las veredas sin dueño.
El hombre salió a la calle y vio el movimiento de los jóvenes, vio pasar mujeres
que acompañaban niñas a su primer baile y vio que su mujer estaba perdiendo la
risa juguetona de otros años. Quizá la lucha diaria y constante le había quitado
la conciencia, pero en realidad nunca se había preguntado qué fue lo atractivo
de aquella mujer con pocas esperanzas. Las mujeres de los pueblos nunca se
preguntan por el futuro. Están empeñadas en ser sólo mujeres naturales y llevar
una vida agreste sin ornatos ni aplausos. Saben que los hijos se tienen por
deber y se conserva un marido porque sí. Eso es lo meritorio de un alma femenina
aunque duela. El hombre, en cambio, se queda en los espacios del instinto y es
capaz de saltar de brazo en brazo sabiendo que hay un lugar donde volver.
La miraba tranquilo sin esperar palabra alguna, con travesura, sin
entusiasmo. Era lo que había.
—¿Estás cansada? –preguntó.
—Un poco. Estuve ayudando a tu mamá con las plantas. Quería que los
tomates y la lechuga salgan en otoño. No pude hacerle entender que siempre va a
depender del riego y las heladas.
—Si querés, vamos al baile.
—Puede ser, pero no quiero volver tarde. Mañana voy al cementerio,
acordate.
Casi sin esperar respuesta salió al patio, lo cruzó y entró en una
especie de casita de latas que era un baño. Al rato salió acomodándose la ropa y
en una palangana de plástico se lavó las manos, la cara, las axilas. Entró a la
casa y cambió sus ropas grises por otras grises, pero limpias, y se sentó a
esperar mientras fumaba. La mujer con algún esmero había arreglado su pelo y sus
ropas tristes. Se miraron y juntos enfilaron hacia el lugar.
La música sonaba sin tregua y sin respeto. Las luces estaban pegadas
en las paredes como las mariposas y mucho color en los carteles daba la
bienvenida. Compraron las entradas por una ventanilla pequeña que apenas
mostraba al vendedor y avanzaron sin saludar a nadie. Las sillas despintadas
estaban ocupadas en su mayoría; tuvieron que caminar un rato hasta encontrar
alguna que pudieran ganar. La gente caminaba por el sitio recorriéndolo y
arrastrando sus pies y la arena. Ya sentados, recorrieron el lugar con la vista
buscando conocidos. Y encontraron. Él sobre todo la vio como espiándolo. Se
acomodó en el asiento. Miró a su mujer y le ofreció algo que tomar. Con la
excusa se fue hasta el barcito y desde allí pudo observarla con más
detenimiento. Tenía pelo largo castaño, tez trigueña y aros dorados que
resaltaban su cara porque eran demasiado grandes. Un vestido color naranja con
flores amarillas y un escote perdido. Estaba sola y devolviendo miradas. El
hombre se preguntó qué hacía allí sin dueño y se le acercó sin pausa.
Le bastó recorrer su cuerpo con una de sus manos, ella se desprendió
de la silla y salieron buscando la puerta. El aire a veces tiene olor a flores.
El pueblo a veces se convierte en cómplice y oscurece las calles y ofrece en
cualquier sitio una cama mullida. Una vereda, un pasillo vacío, una ventana
cerrada son amistades que tientan a seguir. Y en eso del amor no hay verdades.
Estuvieron largo tiempo contemplándose y tratando de descubrir misterios que no
había, frotándose los cuerpos como verificando espacios que ya conocían y se les
fue la noche. La luna da placeres que nunca cuestiona y encubre situaciones
porque se aprovecha de la tibieza de algunos corazones.
En medio de los tiempos su mujer había huido a la casa sola como un
alma en llantos. Nadie preguntaba dónde estaba el hombre que la invitó a salir,
y el espejo le mostraba una cara sin rasgos, casi fría. Se había acostado con el
silencio como acompañante. Si hubieran tenido hijos ningún secreto lo sería
tanto. Se durmió al momento porque no hay rencores si la realidad pega.
A la mañana cuando el
sol caliente entró por la ventana sintió los gritos de la gente y salió descalza
y con el vestido del baile abandonado. La miraron de lejos. Y corrió con ellos.
Al llegar al lugar el hombre muerto tenía sus manos curtidas y la mirada perdida
en los surcos de la luna.
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