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Las mercedes
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Juan Amancio Rodríguez García


―Ya os dije que cuando terminase la Guerra, la gente iba a volver al campo. ¿Qué van a hacer allí? ¿Sembrar trigo entre los adoquines? Vendrán aquí como un rebaño a comerse cualquier hierbajo o cualquier cardo seco de cualquier linde perdida.

Pero no llegaron más que esas tres hermanas y su madre, que vinieron de Barcelona en mayo. Por lo visto, venían siendo de aquí. A su padre le hicieron preso y murió de la humedad en la cárcel. Era teniente.

―Sí, claro. Ese era nieto de... no me acuerdo de su nombre. Me acuerdo de que se iba a ir a América pero al final se quedó en Barcelona. Y ahora lo entiendo, viendo las biznietas que tiene.

Así es. Se conoce que las escrituras de la casa pasaron al padre del teniente y luego al teniente y ahora a la viuda: la casa de la calle de las eras que llevaba cerrada más de cuarenta años.

―Los hermanos se habían ido también a América. Eran muchos hermanos. No me acuerdo de sus nombres, yo era muy niño. Aquí se quedó la madre que era viuda. De ella sí me acuerdo. Me acuerdo de que no vino ninguno de sus hijos al entierro. La señora María.

La casa estaba cerrada y ellas no tenían la llave. Les dijeron quiénes eran sus parientes lejanos, pero ninguno tenía la llave, aunque les dieron un poco de agua y les ofrecieron cualquier cosa que necesitaran. Aquella cerradura sólo se debió de cerrar una vez en toda su vida.

―Cuando el juez levantara el cadáver de la señora María y quedase vacía la casa.

Entonces preguntaron a la familia del que había sido juez de paz, pero nada sabían. Entonces el herrero quitó la cerradura y dijo que podían poner otra nueva, pero la madre de ellas dijo que no era necesario. Solamente ataron una cuerda para tirar de la puerta al salir, y se podía entrar dando un empujón, como en cualquier casa.

―Aunque me extraña que sean tan confiadas, tan recién llegadas.

La mitad de la fachada de la casa estaba tapada por una higuera. Era una casa mala, de tapial y adobe con las paredes alabeadas y la techumbre un poco hundida. Los marcos de las ventanas tenían la madera carcomida. Los muebles eran sólo trozos de madera. Dentro no había ratones porque la puerta trasera tenía una gatera abierta, y entraban allí los gatos a su antojo. En el corral había una parra medio salvaje y ácida, y un manzano y un ciruelo, y un pozo con una pila al lado.

―Si son hacendosas, darán una vuelta a la casa.

Y vaya si lo eran. Y educadas, con buenos modales. Entonces los vecinos echaron una mano: les prestaron una escoba, unos trapos, unos jabones, lejía; y como los días eran ya largos, se remangaron y en una semana lo tenían todo impecable. Pintaron la casa por dentro, y la tapia del corral. Arreglaron las culeras de las sillas. Barnizaron los muebles y los marcos de las ventanas y las contraventanas y la puerta. Podaron la higuera, la parra y los frutales. Quitaron las hierbas del corral. Subieron cubos y cubos de agua, e incluso cuando caía el sol, encendían las velas y seguían quitando el polvo, barriendo y fregando. También les dieron varias ramas de geranios que plantaron en tiestos en las dos ventanas de la calle y dentro del corral junto a la tapia. Regaban la entrada y el corral para asentar el polvo y se ponían a coser a la entrada o en el corral a la sombra de los árboles: cortinas y visillos, y tapetes de ganchillo para la mesa y los respaldos de las sillas. Y compraron paja y leña para la lumbre, y trébedes, pucheros y sartenes.

―Supongo que tendrán una pensión del Ejército.

Llegó el verano y empezaron a tomar el fresco por la noche. Y por las tardes, a pasear. Entonces se vio lo que eran: tres hermanas que cogían el camino de las eras y se iban más allá del río; tres vestidos, azul, rojo, amarillo (sí: un azulejo, una amapola, una espiga); tres quitasoles haciendo juego; tres nombres: Nuria, Sonia, Rosa. Pero ¡ay! sólo dos novios.

―¿Por qué?

―Porque es más esquiva. Es la más guapa, casi como la mujer de aquel médico catalán. Pero es díscola.

Eran finas, como la madre; aunque vestía de negro, era una mujer elegante. Los mozos esperaron a que terminaran en la casa. Y en cuanto empezaron a verlas pasear desde las eras, el grano aventado se quedaba paralizado en el aire. A los amos eso no les gustaba.

―Sí. Será mejor que se casen cuanto antes.

Y así fue. No tardaron. Miguel es un buen mozo, bien parecido y trabajador. Algo tienen en su casa. Fue a presentarse mientras tomaban el fresco. Quería conocer a Sonia. En el caso de Rosa hubo dos pretendientes, pero a ella le gustó más Carmelo. También tienen algo en su casa. Iban los dos allí a cenar una o dos veces a la semana y luego se estaban un rato tomando el fresco, con los geranios recién regados.

―¿Y cómo se apañan en la casa sin un hombre?

―¿Eh?

―Bien.

―¡Vaya, hombre! ¿Qué te has creído?

―Yo no cuento nada. Me voy a casar con ella. Así que yo no cuento nada.

Y se casaron. Fue para el tercer aniversario del Levantamiento. Convidaron a los vecinos. Pero, ¿qué pasa con Nuria? ¡Tenía las caderas más anchas que sus hermanas! Era más mujer.

―Da miedo hasta mirarla.

Daba miedo hasta mirarla. Fulminaba con la mirada. Pero incluso después, cuando uno podía volverse y darse el gusto por detrás, daba miedo. Parecía que iba a girarse diciendo «¿qué te crees tú?». El día de la boda se puso tacones. Antes de que doblara las esquinas, parecía que iba a aparecer una yegua, cloc-cloc. No había quien le sacara unas palabras. Era como si nos odiase a todos. Pero, ¿qué le hemos hecho nosotros? Se quedará sola toda la vida, y será justo.

Miguel y Sonia se quedaron en casa de ellas, pero Rosa y Carmelo se fueron a casa de él. Pero seguían yendo a cenar y a tomar el fresco a la puerta de la casa. Los geranios estaban todos floridos bien hermosos en las ventanas. Una casa limpia y ordenada.

A mediados de agosto llegó un joven con una maleta. Había bajado del tren en Arévalo. Estuvo en la alhóndiga varios días esperando que llegase un carro con trigo de la zona. Le dejaron en algún pueblo de al lado. Entró andando, con la barba y el traje llenos de polvo.

―Ni en invierno navegar ni en agosto caminar.

Era bajo y flaco, y feo: con los ojos grandes y saltones, de pronto, hacia la mitad de la cara, se estrechaba hasta una barbilla no más grande que una almendra. Los niños se rieron mucho. Se planteó la posibilidad de que fuese un feriante que exhibía su cuerpo por los pueblos.

―¿Dónde vive la señorita Nuria?

Ahora se pensó que aquella maleta estaba llena de bobinas de hilo y ovillos de lana. Pero antes de que él llegara, las orejas estaban preparadas tras las persianas. Dejó la maleta junto a la higuera. Se sacudió un poco los hombros y las solapas. Se limpió la cara con un pañuelo. Llamó a la puerta.

―Nuria: he venido a buscarte.

Entonces ella se puso a gritar o a llorar y le atrajo hacia sí como si fuese a darle el pecho.

―¡Vaya! Eso era lo que le pasaba. Tenía un amor en Barcelona.

Pues no había terminado agosto cuando hicieron todos las maletas. Como Miguel era mañoso, encontraría trabajo allí en algo mañoso. Y Carmelo sabía hacer pan. Esperaron a que alguien fuese a llevar un carro de trigo a la alhóndiga de Arévalo. Y volvieron a Barcelona. Menos la madre.

―Míralas. Se creían que podían venir aquí a sembrar trigo sin haberlo mamado.

―Que nosotros sepamos, aquí nadie ha intentado sembrar trigo.

―¡Bah!

Escupió y se fue. Pero, ¿esa señora? También se llama María. Se la ve tan a gusto regando los geranios. Se conoce que esa casa está hecha para que una María muera allí sola.

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amanzio_rg[at]hotmail.com

Ilustración relato: Fotografía por Pedro M. Martínez ©

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