|

El lugar más austral
de la Patagonia
Antonio Cruz
Coutiño
Para mi Venadolindo
¡Qué cosa más desagradable es no
saber dónde estamos o qué diablos hacer ante la incertidumbre! Si vamos, venimos
o buscamos a alguien que nos quita el sueño. ¿Me tendrán secuestrado? ¿Me
perseguirá la policía? ¿Será que nos hayamos a la mitad de un viaje? Así te
sentías a bordo de aquel vehículo gris brillante, casi plateado. Inseguro,
insomne, descompensado y a punto de la paranoia al no saber a dónde ir, a dónde
llegar, qué hacer, con quién estar… Era inmensa la ciudad o eso que recordabas
como semejante al ambiente urbano: calles, bulevares e inmensas carreteras
suspendidas, de doble y tercer piso; vialidades aparejadas, desniveles y
columpios enormes, avenidas que se bifurcaban para juntarse después y ¡puentes!
Puentes gigantescos iluminados surgían incesantemente como en una sucesión
interminable de espectros. Torrentes de artefactos que de pronto, aunque en un
nivel diferente al que te encontrabas, aparecían sobre tu cabeza, frente a la
nave, a dos metros de la defensa y muy cerca del parabrisas.
Al borde de
la calzada, una serie de atracaderos semejando pequeñas radas, le quitaban un
poco de rutina a la monótona continuidad del paisaje. Y ante esto y la
pesadumbre de tus ojos, alcanzaste a ver a lo lejos, manchas formadas por
diminutos edificios anaranjados, encendidos, refractantes; algunos triangulares,
otros ovalados, circulares. Las construcciones más cercanas que aparentaban ser
palacios subterráneos invertidos, vueltos al revés, los observabas aplastados y
elípticos. Grandes parecían otros e incluso gigantescos e inmensurables eran
aquellos que en el fondo, atravesaban el primer horizonte. Luego de las nubes,
varios continuaban a lo lejos, erguidos hacia el cielo.
Las
vialidades se extendían incluso hacia los diversos rincones de ese continuum
urbano por entre luces y sombras, estrellas y dunas cósmicas. No había humo. De
la superficie no se levantaban estratos de vaho, contaminación o niebla, aunque
el segundo horizonte era apreciado por tus ojos como grisáceo, denso, apagado.
Con nubes obscuras a veces ligeramente atornasoladas, aunque tristes, dormidas,
pesadas, muertas… Veías interminables las luminarias suspendidas en el vacío,
sobre la vialidad que intuías te conduciría al destino que aún no lograbas
desentrañar. Sobre la vía, y sin separarte del volante, veías con el rabillo del
ojo izquierdo algo que asemejaba árboles, palmeras, objetos que no encajaban en
la armonía de esa luz: plata intensa mezclada con formas geométricas que nunca
antes habías imaginado. Mientras tanto, librabas una especie de contienda en la
que cientos, tal vez miles de vehículos pretendían transitar por la macrovía que
habías elegido.
Llevabas
horas en ese interminable camino de desasosiego. Y aunque el combustible de los
depósitos de la nave se iba agotando, cada vez sentías mayor placer al transitar
por él. Aunque —cierto— no sabías bien a bien qué te ocurría. Por eso
restregabas tus ojos con los nudillos. Querías sentir calor o frío; sed, hambre
o dilatado el vientre para tener el pretexto de intentar al menos, el descenso
de aquel vehículo extraño y orinar afuera. Pero todo era imposible. Te sentías a
gusto, colmado, sin necesidad alguna. Aunque en ese estado de plenitud no
podrías detenerte nunca.
La marcha
estridente y el tráfico interminable de aquellos aparatos te perseguían. Por
ello tu pensamiento bregaba para ubicarse en el regreso; al punto de partida.
Aunque en una fracción de segundo —como
en un chispazo multicolor que te deslumbra—
tuviste conciencia del origen de tu viaje, muy pronto esa imagen se desdibujó
desapareciendo, al tiempo que forcejeabas para salir del caos extático en que te
encontrabas. O regresar al punto inicial de la partida. Bien se veía que
intentabas parar, detener la nave con las palancas, los interruptores, llaves y
dispositivos; frenar al menos y dar marcha atrás, aunque todo, evidentemente,
era imposible.
Al final,
cuando tus manos y pies sintieron frío, dio un vuelco tu corazón, zumbaron tus
oídos. Los arneses del vehículo de pronto te suspendieron de cabeza y toda la
nave dio vuelta sobre sí misma, hacia arriba, como si fuese un juego mecánico de
feria. Absurdo, sí, pero hacia arriba, de modo vertical y luego circularmente.
Sin duda, habías reiniciado el viaje, aunque ahora observabas todo hacia atrás,
en sentido inverso. Igual a que si fuese posible desandar el camino y regresar
el tiempo a sus registros originales.
Recordaste
limpiamente cómo antes de virar, tu memoria se llenó de las imágenes que habías
captado en el transcurso del camino: la vialidad que recordabas, la única
densidad de vehículos, luces y colores que conocías. Fue entonces cuando dijiste
para tus adentros que si era posible regresar por la misma vía… volver por la
senda de ese tiempo, entonces podrías ubicarte al inicio de la jornada. Podrías
descubrir el origen de este viaje, la partida; recordar el principio, el
objetivo, el tiempo que transcurrió para modificarse la naturaleza de esta parte
del mundo, pero sobre todo, saber quién te enviaba.
—¿Por qué a
mí y de este modo? ¿Quién diablos ordenó todo esto? ¿Qué razones le obligaron a
enviarme hasta aquí?
Pero el
camino de vuelta continuó. El vehículo te conduciría hasta el sitio más cercano
del cual habrías partido. Sin precisar un lugar, siempre llegarías a tiempo. El
paisaje era el mismo, las luces y las sombras inmóviles. Como continuas,
pétreas, inmodificables. No parecía haber ayer y hoy, ni antes ni después. Los
soles que apenas atravesaban el segundo horizonte se confundían con las
argénteas luminarias artificiales de la carretera. Sentiste cansancio, tus
bíceps se relajaron, hormigueaban tus brazos liberados, los dedos de tus manos
nuevamente sufrieron frío y tus párpados los sentiste tensos, adoloridos. Iban
cerrados, tiesos, como si tus pestañas se hubiesen cristalizado y fueran a
desmoronarse.
Voces
celestes, platillos sonoros, salterios y pianolas, gongs estruendosos y graves.
Todo eso había en el cosmos. Guitarras que sonaban entre metálicas y cortantes,
estalagmitas suavemente rozadas por los murciélagos obscuros. Sonido de autos,
motores, helicópteros y aviones, llanto y carcajadas… Eso escuchabas a lo lejos
y te apoltronabas buscando el mejor sitio. Te enroscabas cual feto en el vientre
de su madre y aquel sonido te envolvía. De pronto y sin saber en qué momento el
combustible del vehículo se había agotado, quiénes te habían detenido, porqué
sentías que la humedad y el fresco del lugar te eran familiares, o si habías
intentado escapar por alguna bifurcación o extravío del camino, escuchaste
perfectamente el silbido del viento sobre las hojas. Aquel sonido festivo que
creías haber olvidado para siempre. Sentiste de cerca el murmullo del bosque, la
tibia evolución del agua por entre piedras y guijarros y el tintilineo de los
pájaros de varias voces.
Alguien
gritó tu nombre. Joseantoooniooo. O al menos eso te pareció oír en el fondo de
aquel concierto, que por ratos arreciaba con lluvias, sonidos metálicos,
granizadas, monedas estrepitosas y aguaceros. Otra vez escuchaste sonidos
estruendosos de motores, llantas sobre el asfalto, pisadas, murmullo. Un
escándalo. Probablemente naves chirriantes de las cuales descendían personajes
extraños, provistos de vestiduras de plata, escafandras sin conexiones visibles,
láseres en sus ropas y otros artificios en sus manos. Sentiste sin embargo, algo
después, sus vibraciones aproximándose hacia ti…
—Son
las mismas placas de identificación oficiales.
—Es
el mismo color que nos reportaron.
Percibías
diáfanamente las dos voces diferentes y hasta una adicional, gangosa, que
remataba:
—¡Pues ha
de estar muerto el cabrón!
Así
escuchaste y eran voces cavernosas, distorsionadas por algún fenómeno acústico,
desproporcionadas. Como cuando se oyen gemidos que vienen de adentro y hacemos
oídos sordos a lo de afuera; así escuchaste atento, aunque inconsciente,
aturdido. No sabías, como al principio, si ibas, venías, buscabas a un ser
querido, estabas secuestrado, te perseguía la policía o te hallabas a la mitad
de un viaje. Incluso te preguntaste con insistencia:
—¿Será
verdad todo esto? Dios mío ¿dónde estoy? ¿Serán sueños o pesadillas? ¿No será el
efecto de alguna toxina, algún aletargante?
No. Tú
estabas ahí. Encerrado en esa nave, con los cristales abiertos y tus ojos
desorbitados apuntando al cielo. Continuabas impertérrito, sudoroso, afiebrado,
desnudas tus costillas, descubiertos tus brazos enlazados, tu respiración
entrecortada. Sentías aquella dificultad que experimentabas cuando se hacía
difícil sintonizar las estaciones de radio en onda corta, pero tu oído fue
aguzándose hasta asustarte con aquellas palabras…
—¡Ah qué
hijo de su mala madre!
—Mira
cómo se mueve. Está vivo…
—¡Bien que
respira el bato!
—Por
poquito y nos toma el pelo ¿no?
—Sí
¿verdad?
—Qué
joda nos ha pegado éste.
Eso decían
quienes dos minutos antes se habían apeado de la patrulla brasileña
guardabosques. Fue entonces cuando te incorporaste. Apenas algunos rasguños
tenías en el rostro y las rodillas. Agradeciste la atención de los gendarmes de
la basta administración selvática y te disculpaste con ellos por el accidente
del que no tenías noticia. Les agradeciste su buen gesto al comprender el
cansancio y la fiebre que invadía tu cuerpo. Les dijiste que ibas de paso,
camino a la Patagonia.
Luego
desenchufaste el amplificador, el ecualizador y la caja de los discos digitales…
Era el viejo y clásico Pink Floyd —el
de las sinfonías eléctricas e hipnotizantes de finales del siglo pasado, a
principios de los setenta—
y la última canción con la que despertaste, algo tenía que ver con brillantes
locuras, máquinas tragahombres y diamantes perdidos.
En la
carátula del disco apenas se leía «© 1975 Pink Floyd Music Limited.
Manufactured by CBS Records. 51W52 Street, New York, U.S.A. Pink
Floyd, Wish You Were Here».
Corría el
año 2098. Tú venías de Campeche, un lugar porteño del Golfo de México. Antes
pernoctaste en San José, Bogotá y Manaos. Te habías salido de la autopista luego
de un puente con ligeras averías. Por ello y sin ninguna razón aparente,
permaneciste más de seis horas dentro de aquél antiquísimo Valiant color plata
del año ochenta y ocho, bajo la sombra de una enorme ceiba, justo en el área
donde un anuncio recién pintado prohibía estacionarse.
Dentro de
la inmensa reserva de recursos, una especie de jardín botánico y zoológico en
que se había convertido toda la Amazonia, reinaba la paz y el silencio sólo
rasgado de repente por papagayos, chachalacas y saraguatos. Era cierto. Estabas
en tránsito. Reordenaste las ideas en tu cabeza, de nuevo diste marcha al
Valiant y dijiste adiós… Estabas a la mitad del camino a Santa Cruz, el lugar
más austral de la Patagonia.
_____________________

Antonio
Cruz Coutiño originario de Chiapas (México), profesor de la UNACH-Facultad
de Humanidades, sociólogo, maestro en Estudios Regionales y doctor en
Humanidades por la Universidad de Salamanca (España), publica ensayos sobre
historia y patrimonio cultural, es autor del suplemento cultural Crónicas de
Frontera y son de su cosecha La Concordia en Los Cuxtepeques. Historia de
mi pueblo y Miramar, Corazón de la Selva, y otros relatos.
Web del autor:
http://cronicasdefronter.blogspot.com/

|