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luna y nubes

Paulina en peligro
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Raúl Harper


I

Paulina está en peligro. Al menos eso me ha dicho por teléfono. Tan sólo lo dijo y colgó. Ya no soporto más estos arranques de Paulina, quisiera que comprendiera que cuando le digo que estoy siempre dispuesto a salvarla, no me refiero a siempre, de todo, de cualquier pequeñez que a ella se le ocurra. Soy su héroe, su Superman de bolsillo, su amigo confiable. ¡Maldición!, nada más que su amigo confiable. La verdad no sé qué se trae Paulina conmigo. Mi madre me lo preguntó esta mañana en el desayuno: ¿Qué se trae Paulina contigo? Yo no supe qué responderle. Es vergonzoso que hasta ella perciba que Paulina me tiene avasallado, seducido hacia el lado oscuro (pero la fuerza está contigo, me digo). El caso es que salgo a su encuentro sin demora, pensando más en llegar pronto, que en el supuesto peligro que corre. Si me tomo mi tiempo, podría enfadarse. La última vez me cronometró 6 minutos 22 segundos, y me reprochó que si hubiera sido un infarto ya estaría acompañando a Kurt Cobain y a Cantinflas.


II

Ocurrió el pasado diciembre. Mi familia había rentado una cabaña para pasar las festividades. En la cabaña de al lado se hospedaba Paulina con sus padres. La primera noche descubrí que a ella le gustaba bañarse desnuda en la piscina mientras todos dormían. La verdad, sólo se quitaba la parte superior del biquini, pero eso ya era suficientemente inquietante para mí. Estoy seguro que desde la primera noche supo que la observaba, porque en las siguientes desfilaba sensualmente junto a la piscina, se paraba en dirección a mi ventana, dejaba caer muy lentamente aquella maravillosa pieza superior, y yo la veía nadar. La noche del 31 pasamos con mis padres a desearles un feliz año a nuestros vecinos. Paulina me ignoró cuando me acerqué a ofrecerle mis mejores deseos (y yo que ya sentía que éramos íntimos). Esa noche tuve que esperar hasta las cuatro de la madrugada por el baño de Paulina. Desfiló con torpeza, esforzándose a cada paso para no tropezar. Estaba borracha. En un momento se detuvo e intentó quitarse la blusa, pero esta se le enredó en el cuello y Paulina cayó en la piscina, golpeando su cabeza con el borde. Corrí en su auxilio y me zambullí en el agua enrojecida. Apenas sí tuve fuerzas para mantenerla a flote. Empecé a gritar. Pronto aparecieron sus padres y también los míos. Desde entonces me convertí en su héroe.


III

Llego a casa de Paulina en poco más de 5 minutos, dejo la bicicleta en el antejardín y toco a su puerta. Nadie responde. Insisto dos veces más antes de comenzar a preocuparme. Recojo una piedrita del suelo y apunto a la ventana de su habitación en el segundo piso. No pasa nada. ¿Qué diablos sucede?, me pregunto irritado. A lo mejor Paulina juega a hacerse la muerta o la desmayada. ¿Pero si de verdad corre peligro? Seguramente me culparían por no haber hecho nada y pasaría de héroe a cobarde, o peor aún, a culpable. Por mi propia seguridad repito: «Paulina está en peligro». Recuerdo la imagen de la piscina y pienso que salvarla me ha hecho responsable de ella y que en adelante es posible que mi vida consista en eso, en salvarla una y otra vez. Miro hacia el garaje y advierto que la puerta está entreabierta. Me acerco y entro. Grito: ¡Paulina estoy aquí! Nadie responde. Un escalofrío me asalta: ¿y qué si ha entrado algún bandido? Puede que esté amordazada y por eso no responde a mi llamado. Levanto una escoba y camino, sigilosamente, a través de la cocina. Trato de imaginar con qué voy a encontrarme, qué haré, y qué será de mí si las cosas salen mal. Oigo a alguien que solloza. Salgo de la cocina y veo a Paulina tendida en el sofá de la sala, envuelta en una toalla, recién salida de la ducha.

—¿Siempre voy a tener que esperarte tanto? —me dice.

Pienso en disculparme pero decido que es inútil. Le digo:

—Ya estoy aquí. ¿Estás bien?

—Si hubiera sido un asesino el que viniera por mí, ya me hubieran acuchillado como a la chica de Psicosis. ¿No comprendes que ser héroe no es un juego?

Me siento en una silla lejos de ella. Pienso que sería maravilloso que desfilara por la sala y dejara caer su toalla; pero ya me ha dicho que tendré que esperar a las próximas vacaciones para verla desnuda. Como premio.

—Pero, ¿cómo entraste en la casa? —me pregunta.

—La puerta del garaje estaba abierta —le digo.

Algo suena. Paulina me mira con preocupación y brinca del sofá, confundida. Yo agarro con fuerza el palo de la escoba.


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Raúl HarperRaúl Harper. Escritor y guionista nacido en Cali (Colombia). Ha realizado estudios en creación literaria en el Taller de Escritores Universidad Central (TEUC) y en el Taller de Cuento Ciudad de Bogotá 2008. Hace parte del grupo literario «Seis Escritores en 87 Calles». Es autor del libro de cuentos Vagabundos V.I.P. (2007). El relato aquí publicado forma parte de la antología Cenizas en el andén, un libro que reúne a 23 autores colombianos alrededor del género urbano.

Ξ Web del autor: http://raulharper.wordpress.com/

Ilustración relato: Fotografía por Pedro M. Martínez ©


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