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portada relato segador
El segador

_____________________
Adrián Néstor Escudero


A la Esperanza.
En especial, al Poeta y Diácono, Amílcar Torre,
in memoriam...


Ayer vino a visitarme. Pero, ciertamente, me costó reconocerlo.

Por supuesto, tocó timbre, esperó que alguno de nosotros atendiera, y luego dijo: «¿Está el dueño de casa?».

Es decir, yo. O lo que yo representara en aquel momento.

Había elegido un día especial para la visita. No había lluvias ni relámpagos eviscerando la penumbra de la noche, o acortando la tarde, u oscureciendo la mañana, como uno hubiera podido imaginar.

Era, en cambio, un día de brillos luminosos, de una humedad pulposa que enrojecía nuestras pálidas ventanas, abiertas o clausuradas a los cuerpos vivos de las otras gentes que circundaban la zona brotada de verde, apenas desviado el sol de su cenit, con las casitas blancas y más blancas del barrio Las Flores II, con árboles de sombras apenas asomadas, y el bullicio jocoso (también apenas), ingenuamente vituperado por la alegría redonda de una pelota de fútbol maltratada, o injustamente interrumpido por la norma culinaria del mediodía que, por los domingos, adelanta su orgía de olores carnívoros y sabrosos.

Porque la protesta a los padres que llaman siempre se da; aunque luego no queden ni rastros de rito milenario del almuerzo amasado por las manos de mamá.

Vino a visitarme, dije. Abrió el más chico, después atendió ella, y, al final de un pequeño introito en que las mujeres adelantan a los esposos el quién es, el qué quiere, el que si viene o no viene mañana, o nunca, el que si se hace tal o cual trabajo, o si se puede o no prestar el diario de la noche, o cosas por el estilo, atendí yo. Insisto: de inmediato no habría de advertir su verdadera identidad. Pero...

...Me estremeció su aspecto. Parecía haber bebido mucho; quizás hasta algunos instantes antes de llamar a mi puerta. Después pensé que era por necesidad. Necesidad de evadirse de una realidad que lo oprimía, a la que no pertenecía, y contra la cual luchaba desesperadamente. Y todo aquello que correspondiera a esa realidad debía segarlo...

El cabello, hirsuto; revuelto como un mar de tormentas o un nido de cuervos. Endurecido, grasoso y maloliente. Hedía desde cada hilo de sus vestiduras desgajadas. Un cristo deshecho. Marginado. O un arquetipo de hombre soslayado por la vida. Menudo y fláccido; un manojo de venas mudas y secas, alargadas en un gesto gris violáceo, fulminante. Colgando de esas venas sin savia, dos garras ciñendo «aquello». Largo y afilado. Amenazante y curvo.

«¿Puedo cortar el césped?», dijo. Y entendí que mi hora no había llegado todavía.

Es que ante mis ojos, el pobre cristo se debatía por una limosna misericordiosa, y el corazón de mi familia se había estrujado por aquella semblanza pordiosera. Humillada.

¡Hermano!, dije para mis adentros. Y una lágrima me recorrió voraz la intimidad del alma, marchitándola. Secó mi garganta al abandonar el lugar donde moraba, y apagó mi voz cuando le dije: «Sí; puede».

Mis chicos (que son cuatro, o cuatrocientos, de cómo juegan y gozan de la vida) lo rodearon, y luego comenzaron a tocarlo y a azuzarlo sin percatarse del peligro que guiñaba desde «aquello», con cada movimiento del brazo nervudo que, feroz, cumplía su tarea. Mientras tanto, el Segador forzaba una sonrisa complaciente, como esperando su oportunidad, esta vez, por alguna razón postergada...

Como hojas de otoño, incómodas y amarillas, caían rendidas a sus plantas de arpillera unas pisadas leves festejando (chas) la audacia del bastón de mando (chas), que oscilaba (chas) y oscilaba (chas), yendo y viniendo (chas), y haciendo florecer como claveles del aire suspendidos a centímetros del suelo, aquellos ramilletes de brotes muertos de carne verde destrozada, con alguno que otro yuyo de mala fama entremezclado.

Sudaba doblemente. Por el trabajo en sí y sus escasas fuerzas de existencia desnutrida —desvaídas bajo el sol de enero mortificando a pleno a la ciudad toda—, y por ellos. Mis chicos. Tontamente perversos. Brincándole al borde justo de aquel filo de navaja enardecido, que cepillaba sobras de malezas jerarquizadas por la estética de moda en los countries de fin de semana.

Un llamado de ella (mi esposa) lo alivió. Corrieron los críos a devorar el almuerzo, y, con el último jadeo, concluyó la tarea. A medidas, eso sí.

«Después, con la tijera, termino de pulirlo yo», le digo con honesta ternura. Demasiado presuroso su trabajo, había prácticamente desmantelado el —hasta ayer— cuidado solar. Por el vino, por la edad, el hambre o los chicos. Desmantelado.

Sonrió de nuevo, e insistió con la voz grave y gangosa de su inocultable beodez: «No. No; deje patrón, que yo se lo termino bien, va a ver. Me gusta terminar bien lo que empiezo».

Iba a decirle: «Salud», por aquel costado irónico o perverso al que nos tiene acostumbrado, de improviso, la criolla picardía. Pero no. Le sonreí también, y lo dejé seguir mientras yo porfiaba en mi escritorio profesional con cifras y normas legales, especulando matrices y recortando diarios o clasificando artículos relacionados con mi árida, matemática y racionalista —pero humana, al fin— profesión de Contador...

Al cabo, se recortó por segunda vez como un fantasma frente a la puerta entreabierta de la casa; pero no en seguida. Unos minutos después de su postrero «chas», en los que hubo recuperado el aliento...

«Ya está, patrón», me dice. Y me observa con la triste melancolía del que no tiene nada que perder. «Bien», le respondo. «Muy bien», exagero.

Abandono el escritorio, salgo al jardín, le doy un rápido vistazo eludiendo al sol desviado ya pronunciadamente hacia el oeste, y apruebo su trabajo con serena benevolencia, no exenta de preocupación. «Aquí tiene, don. Y muchas gracias», le digo. «A sus órdenes, patrón», me dice.

Y se va.

Como intuyendo mi secreto enojo por su labor ineficiente, el Segador, sin embargo, se va; acompañado en una sombra por su prima, la Muerte, y con el sol prendido tercamente a sus espaldas, dando lugar a la Esperanza, se va...

 

Al margen de toda imaginación de mi parte.


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ADRIÁN NÉSTOR ESCUDERO (Santa Fe, Argentina - 1951) es autor de numerosos cuentos y breviarios, entre los que ha publicado: Los últimos días (Colección de Ficción Conjetural y Metafísica) y Breve sinfonía y otros cuentos (Colección de Realismo Mágico), publicados por Ed. Colmegna, S.A.; Doctor de mundos I (Ed. Vinciguerra, SRL) y Apocalipsis bang (Las siete Parábolas de la In-Creación), Editorial Vinciguerra S.R.L., en su Antología de cuentistas argentinos de fin de siglo. Autor, asimismo, de comentarios, artículos reflexivos y prólogos literarios, ha recibido diversos premios literarios. Su obra está presente en antologías y publicaciones literarias tanto en papel como en el medio virtual.
@ adrianesc (at) fibertel.com.ar

El presente relato fue escrito en Santa Fe (Argentina), 1984. Texto ajustado: 06-04-2006.

La versión original del mismo integró la primera edición del libro Breve Sinfonía y otros cuentos, marzo de 1990.

Recibió la Mención Especial Concurso Internacional de Poesía y Cuento EL QUIJOTE DE PLATA VII – Asociación Arte y Cultura (San Lorenzo – Provincia de Santa Fe, Argentina). Noviembre de 1984.

Fue publicado en la Revista de Literatura PROEMIO – Corrientes (Argentina), N.º 04, bajo el título de Imaginación. Agosto de 1985.

Lee otro relato de este autor: El emperador ha muerto

Ilustración relato: Gente2, By Anamix257 (Own work) [Public domain], via Wikimedia Commons.


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