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Solo
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Sandra Raquel Barrera


Nadie titubeó cuando cayó el hombre con su cabeza sobre la mesa. Estaban acostumbrados a ver esos desmanes. La baba ensuciaba el mantel, pero todos sabían que eso era habitual y reacción de algunos perdidos. Siguieron hablando, intentando explicar el mundo y se pasó la noche. Prendidos de sus decires y satisfechos salieron abandonando al sujeto alcoholizado y partieron a sus casas. Alguien rezagado se acercó y le dio una palmada sobre el hombro. Atinando a contestar el hombre rechazó la mano, se incorporó tambaleando entre las mesas y tirando botellas vacías. Se dirigió a la puerta y encontró un perro que lo siguió hasta que volvió a caer en la vereda fría y sucia. El perro se acomodó a su lado y le sirvió de almohada y estuvo allí hasta que llegó la primera luz de la mañana. Ya despierto, entró al bar nuevamente y pidió un café doble. Sus ojos tenían hambre de compañía y palabras. Había olor a café y lejía en el lugar. La mezcla lo obligó a partir. Caminó hasta su casa, buscó la llave con dificultad y abrió la puerta. Al entrar, vio el desorden de libros, discos, ropa sucia y cayó como una bolsa en la cama. Durmió por horas que nadie las contó y el timbre lo revolvió hasta que se decidió a abrir. Era la vecina que traía unas cartas que habían dejado en el buzón equivocado.

Las ojeó sin interés hasta que llegó a aquella. «Amalia tenía la costumbre de llegar cuando la necesitaba». ¿La necesitaba? Tenía heridas incompletas en su haber y no había remedio que curara. Sabía que entre sus afectos no existía espacio que se explicara, no se planteaba la necesidad del otro y menos cuando de amor se tratara. Amalia era casi feliz, pero alguna vez le dijo:

—No me importa tu desamparo, estás perdido en vacíos que no existen. Sólo intento tu mirada y tus manos reconociendo mis pedazos de carne.

—Te conformas con tan poco —contestó—. Eso lo hubiera dicho también una prostituta.

—A veces las mujeres somos muy parecidas y los juicios de valor que hagas no tienen una justificación moral solamente.

Las charlas en sombras y tardías con alcohol en el medio nunca tenían fin. Al menos nunca llegaban hasta el amor que ella intentaba. No había frustración, pero tampoco resignación. Amalia creía que salvar los espíritus del tedio o la incapacidad para ir al encuentro del otro era una tarea posible. Cuando se refugiaba en sus labores de bibliotecaria en la ciudad y trajinaba con los aranceles de las rentas de alquiler y sus arrugas que aparecían sin razón, corría con la monotonía. A veces dejaba que Julio respirara sin ayuda y lo veía perderse. No tenía los tiempos del perdón ni la didáctica de la teoría para ayudarlo. Julio se incrustaba en las paredes que quería, pero al final llegaba siempre a tiempo para recoger los pedazos.

Un día de verano cuando se había quitado todas sus ropas para ir a dormir, salió a la calle a buscarlo desnuda. Corrió lo más que pudo hasta que llegó a su departamento y él abrió la puerta con la cara fría y el ceño fruncido. «¿Qué sentido tenía esta aparición? Se había salvado de que la detuvieran en el camino por exhibición obscena». Pero el riesgo valió la pena. Julio la miró como a un cuadro de Velázquez y se interrogó por primera vez por la diferencia entre la prostituta y la medicina que aplicaba Amalia. La hizo pasar y le ofreció vodka. La siguió mirando con un sentimiento de protección inusual y le trajo una camisa para que se cubriera. El amor tiene vericuetos que se reconocen cuando están a punto de perderse. La cubrió con sus manos y el afecto intranquilo de quien no sabe darlo.

—Estás en la mitad de mi camino —le dijo—, voy en busca de lo que no entiendo y tu cuerpo es parte del mío, pero no puedo permitir que se mutile con la sola mirada de los otros.

Se quitó el abrigo que tenía puesto y la envolvió hasta que el calor humanizó sus manos.



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Sandra Raquel Barrera. Estudió Letras Modernas en la Universidad Nacional de Córdoba, Argentina. En 1995 obtuvo un premio para autores inéditos en poesía que otorgó la secretaría de la Municipalidad de esta provincia. Trabaja en la docencia y actualmente está como directora de Nivel Medio en una escuela de la citada capital.

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Contactar con la autora: raqsandra [at] hotmail.com

Ilustración relato: Glass of whisky, By Chris huh (Own work) [Public domain], via Wikimedia Commons.