Cartas

Carmen Rondón


I

...y lo maté —concluyó la flaca, exhalando tres perfectos aros de humo disipados, en segundos, contra el techo de la celda. De aquellas manos estampadas a cuchillo, Martha recibió un cigarro peregrino, conocido antes por muchas bocas: Es verdad, tosió, carraspeó, escupió, pero todas leyeron en la recién llegada una obediente inclinación a respetar los rituales carcelarios. Acuosos los ojos (por no saber fumar, por los zancudos, por su primera noche en prisión, por lo que sea, por todo, por nada), Martha intuyó —calibrando el silencio— que al recibir la colilla encendida, igualmente había aceptado algo intangible: el sagrado derecho a ejercer la palabra.

Debutar tras las rejas es —siempre y por encima de cualquier otra cosa—, vivir obligado a contar la propia historia. Así, rodeada por homicidas, traficantes, secuestradoras, ladronas, estafadoras, meretrices y autoras de delitos no tipificados e inconfesos, Martha sacó coraje para relatar su ridícula y minúscula crónica; esa misma crónica que —por tres años— la condenaba a pasar un mil noventa y cinco días de sol, bajo sombra.

—Las cartas también mueren. Tienen su propio cementerio. Yo lo ignoraba por completo hasta que, hace quince años, entré a trabajar al Correo —inició, y el selecto auditorio, reverencialmente, se compactó para escucharla.

La sirena anunciaba la hora de apagar luces, mientras llovía abundantemente en aquella noche caribeña de 1973.

II

Alineados en fila, usuarios exasperados aguardaban que la nueva empleada retomara el control de su taquilla; una taquilla trocada en jaula de mariposas, con estampillas revoloteando, huidizas, anárquicas, dentro del estrecho cubículo emplazado en la Oficina Postal Telegráfica Nacional.

—Más que inexperiencia, lo suyo es torpeza. No volverá a trabajar con público —dictaminó esa tarde la supervisora y, sirviéndose del ascensor de carga, condujo a Martha hasta sótanos donde seres de tez amarilla (inmunizados contra moho y penumbra), trajinaban en galerías abarrotadas de sobres viejos-. ¡Bienvenida al Departamento de Correspondencia Rezagada! —dijo la funcionaria, antes de girar sobre sus tacones y marcharse.

—Aquí el asunto es de una simplicidad grosera —la instruyó, sin presentaciones, el jefe del departamento. Archivamos cartas que, por cambios de dirección, muertes, catástrofes naturales y demás obstáculos, no pudieron ser entregadas a los legítimos destinatarios, ni tampoco devueltas a sus remitentes. —¿Entendió? —preguntó el anciano a la nueva subalterna quien, desatenta a explicaciones, observaba boquiabierta los laberínticos corredores de aquella lóbrega ciudadela subterránea.

—¿Un cementerio de cartas?

—Más o menos —reconoció Martha ante su amiga Lena, a quien la unían un cuarto alquilado, varias deudas en común, amén de la rara pasión por historias de amor impresas en folletines rosa.

—¿Y las guardan allí para siempre? —continuó inquiriendo Lena.

—Qué retonta eres! Claro que no. Archivan las cartas por sólo cinco años, a ver si alguien viene a reclamarlas.

—¿Si no las reclaman?

—Son incineradas en acto público y notariado —puntualizó la nueva empleada del Departamento de Correspondencia Rezagada, agregando a la frase, repetida textualmente, un tono burocrático que, pensó, la revestía de autoridad frente a su compañera de habitación e infortunio.

—¿Incinerar quiere decir quemar?

—Sí y ya apaga la luz, Lena —pidió Martha, deseosa por despedirse de aquella jornada cargada de amonestaciones, traslados, penumbra y moho. —Hasta mañana —dijo.

Con la oscuridad, entró el silencio.

—Martha...

—Ummm...

—¿Por qué no te traes algunas? —susurró Lena.

—¿Algunas qué? —repreguntó Martha, ensayando desconocer la descabellada sugerencia que, sabía, tomaba forma en la cabeza de su mejor amiga.

—Algunas cartitas rezagadas ¡Deben estar llenas de historias de amor!...

Extinguida la frase, retornó el silencio.

En algún cuarto rentado, dos mujeres fingían soñar, mientras veían millones de sobres amarillentos sucumbir en la hoguera donde arden —eternamente— los amores imposibles.

III

Al principio, señor juez, fue sólo una cada viernes... («Querido Adolfo: Saber de tus hijos por carta, no es la mejor manera de ser padre. Por eso, te lanzo un ultimátum: ¡Abandona la Marina Mercante o te abandonaré yo! Si no respondes en tres meses, entenderé, Adolfo, que colocaste ese cochino barco, los puertos y las putas, por encima de nuestra familia. Espero ansiosa tu respuesta. Antonia»). Hace quince años atrás, en la época cuando todo esto empezó, Lena y yo ganábamos muy poco, y nuestros salarios no alcanzaban para comprar folletines de Corín Tellado («Mamá: No te prometo plata. Mis asuntos andan muy mal. Salúdame a los muchachos y mándame la bendición. Tu hijo, Pancho»). Entonces, nos amañamos a las cartas («Recordado Arturo»). Era algo más fuerte que nosotras mismas («Mi papá me botó de la casa cuando supo lo nuestro»). De las veinticuatro horas del día, sólo importaba ese momento cuando, acurrucadas en el cuartito, bebíamos leche caliente leyendo las palabras escritas por aquellos desconocidos («Necesito cumplas la promesa de llevarme contigo»). ¿Cómo no hacerlo, si lo que contaban era más emocionante que nuestras propias vidas? («Estoy a punto de tirarme al arroyo»). Después, su señoría, vinieron los demás a empuercarlo todo («Adorada Rita: En dos meses, regreso al país»). ¿Delito federal? ¿Delito federal? ¿Cuál delito federal? ¿Cuál violación de correspondencia?... No me hablen así, que no entiendo nada... («En tu última carta, me dices que andas desmejorada de salud»). ¡Mienten! La supervisora, mi jefe, los vigilantes ¡Todos mienten! ¡Yo no soy una ladrona! («Caracas, 18 de octubre de 1945»). No soy una delincuente. Por favor, déjenme ir... («Barinas, junio 30»). ¿Curiosidad malsana? No, su señoría. Fue simple compasión. Les brindaba el consuelo de ser leídas... ¡Para eso fueron escritas! («Estimada amiga»). ¿Delito federal? ¿Cuál delito federal?... ¡Peor crimen es quemarlas, sin abrirlas siquiera!... («Ardiendo de amor, a sus pies...»). Por favor, déjenme ir... («Le ama, Leandro»).

IV

Querida Lena:

Aunque no lo creas, una se adapta rápido a sobrevivir aquí adentro. Me alegra que retiraran los cargos en tu contra. Si puedes, envíame más fotonovelas y algunas cajas de cigarrillos. Atentamente, tu amiga, Martha.

Debutar tras las rejas es —siempre y por encima de cualquier otra cosa—, vivir obligado a contar la propia historia, por eso, frente al último contingente de reclusas, aquella mujer avejentada levantó la vista para decir:

—Las cartas también mueren. Tienen su propio cementerio. Yo lo ignoraba por completo hasta que, un día, entré a trabajar al Correo —inició, y el auditorio de recién llegadas se compactó, reverencialmente, para escucharla.


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Cartas - Primer premio del III Certamen de Relato Breve Almiar.



CARMEN RONDÓN, es dramaturga y directora de escena, nacida en Caracas el 19 de agosto de 1968. Miembro fundador de la compañía independiente El Teatro La Murga, para la cual escribió y dirigió las obras: Estamos en público; También por amor se mata o… la estafa del amor; El último en salir que cierre la puerta (Editorial La Espada Rota. Caracas, 1997); La comedia de los amores imposibles; De caníbales y La audiencia del reo (Fondo Editorial Municipal de la Alcaldía de Barinas, 1999), todas estrenadas en prestigiosos centros culturales caraqueños, donde cumplieron temporadas entre 1991 y 1996. Desde diciembre de este último año y hasta marzo 2005, residió en Barinas, capital de la entidad federal venezolana del mismo nombre, en donde desarrolló un intenso trabajo como columnista de opinión y redactora en diferentes medios impresos locales; así como productora independiente y conductora de programas de corte informativo en radioemisoras del referido estado del occidente llanero; labor comunicacional que fue reconocida con el Premio Regional de Periodismo 2000 (Mención Investigación) y el Botón de Oro Ciudad de Barinas 2003, entre otros galardones. En 1999, la Alcaldía de Barinas le otorga el Premio Municipal de Literatura Rafael Ángel Insausti (Mención Dramaturgia). En el 2004, su narración Las dos plazas, resulta finalista en la novena edición del concurso Todos somos diferentes, certamen de cuento, relato hiperbreve y fotografía convocado por la Fundación de Derechos Civiles-Asamblea Juvenil de Madrid, España. Cursó estudios en la Escuela de Artes de la Universidad Central de Venezuela y en la Escuela de Artes Visuales Cristóbal Rojas de Caracas.


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