Nada
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Ramón Cabrera Naveiras



Andrés está sentado en el suelo, sobre unos gruesos cojines, con las piernas extendidas y separadas. Entre ellas una libreta de pasatiempos infantiles cuyas páginas contempla con desgana. Su padre, en el sofá, lee con atención un periódico. A su lado una mesita con un cenicero impoluto en el que descansa su pipa, apagada, y unas cuantas revistas distribuidas en un abanico perfecto. Al otro extremo de la sala, bajo una pantalla de luz, la madre se ocupa en una labor de punto. Lleva semanas con ella, sin avanzar, tejiendo y destejiendo. En un momento dado interrumpe su trabajo. Ha descubierto en el suelo, encima de la alfombra a la que minutos antes quitó el polvo con el aspirador, un pequeño hilo suelto de la madeja de lana. Lo recoge disgustada, duda que hacer con él, y finalmente lo guarda en el bolsillo de la bata.

Nadie habla. Incluso la noche de Madrid, visible desde la galería acristalada, abierta de par en par por el calor, parece haber enmudecido sus ruidos habituales. Andrés está más pendiente del silencio que de los fáciles crucigramas, laberintos y viñetas punteadas que hay que seguir con un lapicero para formar una nube, un caballo o un objeto cualquiera. Andrés sabe mucho de él, apenas roto esa noche por el carraspeo del padre, el cansino entrechocar de las agujas de punto o el lejano tintineo de un tenedor que bate un huevo en un plato de loza y que le llega como el trino de un pájaro enjaulado desde el patio comunal del edificio. A menudo ha deseado que ese silencio tuviera una consistencia sólida, de plastilina, para moldearlo, comprimirlo, convertirlo en una bola que ruede, ruede, ruede, hasta perderse para siempre. En eso piensa también ahora mientras, sumido en una confusa apatía, pasa lentamente, una a una, las hojas del cuaderno.

A Andrés le llama la atención un dibujo en el que un perro, por líneas intrincadas, ha de llegar a una caseta donde le aguarda el premio de un enorme hueso. Le da por imaginar que tiene hambre. Con el índice intenta recorrer alguna de las líneas para acertar con la correcta. Pero tiene el ojo vago tapado y el otro se le humedece con el esfuerzo. No se ve capaz de guiar al animal. Observa a su padre, absorto en la lectura. Luego a su madre, que alisa sobre su falda el trozo de labor que cuelga de las agujas. Aún así se levanta con la libreta bajo el brazo.

El padre asoma la cabeza por detrás del periódico.

—Ahora no, muchacho, ve con mamá —le dice, y alza la vista hacia su mujer un breve instante. Ya la ha bajado cuando su mujer se la devuelve. Repiten el gesto dos veces y sin embargo nunca se cruzan sus miradas, como si una y otra se huyeran escondiéndose tras los párpados.

Andrés va hacia la madre.

—Luego, cariño —le detiene ésta, abstraída en el punto.

Andrés se para en medio de la estancia. El cuaderno está abierto por la página en la que ahora cree oír al perro gemir y babear. Un perro desvalido, sin dueño, ese perro que a él jamás le van a dejar tener de compañero. Se da media vuelta y dirige sus pasos a la galería. Hinca los codos en el alféizar de la ventana cristalera y con las manos se sujeta la cabeza a la altura de las sienes. No se da cuenta de que la libreta se le ha resbalado y cae a sus pies. Y es que acaba de escuchar la risa de otro niño, en algún piso, abajo, una risa que quiere ver y de la que desea contagiarse. Pero es de noche, y el patio está oscuro, y la oscuridad se la traga y la silencia. Sólo oye el ritmo de su propio pulso en las yemas de los dedos. Entonces las primeras lágrimas le resbalan por las mejillas.


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Nada - III Certamen de Relato Breve Almiar (Finalista).

RAMÓN CABRERA NAVEIRAS vive en Monells (Girona-España).

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