En los ojos del hijo
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María Claudia Capelli


Lo arropó como todas las noches. Besó su frente, le susurró un lánguido «duerme bien» al oído y bajó las escaleras en puntas de pie.

Se sentó en el sillón más cómodo del living y mecánicamente encendió el televisor. Con el control remoto en la mano, pasaba uno a uno los canales. Se detuvo sin pensarlo en un documental que mostraba como, en algún lugar del mundo, un horrible escarabajo negro construía su casa con estiércol.

No recordaba el momento exacto en que había notado aquél brillo. Era un pequeño destello en los pequeños ojos, un resplandor imperceptible para cualquier persona que no fuera ella. Porque ella era madre, y las madres saben.

Se pasó la mano por la frente y descubrió que, a pesar del frío, estaba sudando. Era un sudor localizado sólo en la frente, el resto de su cuerpo estaba helado.

Las diez de la noche y sola. Hacía meses que su hombre no llegaba a casa sino hasta las dos. Escuchaba las agujas del reloj moverse por encima del bajísimo volumen que le había dado al televisor, y sentía que los segundos tardaban mucho más de lo debido en formar minutos. Su percepción del tiempo se veía alterada por la soledad, y por el miedo.

Se recostó transversalmente en el sillón, con la cabeza sobre uno de los apoyabrazos y las piernas colgando del otro. Los zapatos cayeron sobre el piso de madera, haciendo un ruido demasiado fuerte. Agudizó sus oídos con el corazón latiéndole en la garganta: no, no se había despertado. La sola idea de escuchar el llanto la llenaba de angustia. Nunca sabía cuando se iba a presentar el brillo.

Cuando se presentaba los ojos de su hijo eran otros. El espejo se empañaba y ella ya no lograba verse.

Ahora la pantalla mostraba una especie de langosta que, para camuflarse, tomaba la apariencia de una hoja verde. Había que esforzarse para distinguirla entre el follaje. Quién sabe cuántas langostas escondidas habría en su propio jardín, allí, invisibles entre las hojas del rosal cuando florecía en primavera.

Primavera. Qué lejana parecía ahora la idea de la primavera, en medio del frío, de la incertidumbre, del brillo en los ojos.

Había dudado al principio. Se había obligado a pensar que era sólo algún tipo de alucinación, un juego perverso de su mente, una artimaña más de su psiquis para bloquearle el camino hacia la felicidad que por fin había alcanzado. Pero con el pasar de los meses ya no pudo negarlo. Realmente había algo en esos ojos.

Cuando la miraban se le congelaba el alma.

Al escuchar el llanto ella corría hacia la cuna y él, al verla, dejaba inmediatamente de llorar y le clavaba los ojos encima, callado y sereno, consciente del temor que provocaba. Entonces ella respondía a las necesidades de su hijo, lo aseaba, lo alimentaba, pronunciaba las palabras de rigor y hasta fingía una caricia. Algunas veces, mientras dormía, se asomaba a contemplar su belleza: el fino cabello rojizo que apenas cubría la pequeña cabeza, las manitos regordetas y las mejillas rosadas. Sería hermoso, si sólo tuviese los ojos cerrados. Siempre.

Trabajosamente se incorporó y caminó, descalza como estaba, hasta el ventanal enorme que comunicaba la cocina con el patio trasero. El viento mecía las ramas secas, acariciándolas con la suavidad de un ángel.

Ella apoyó su frente ardiendo contra el vidrio. Sintió el frío reconfortante. Lloró.

Si tan sólo hubiera sabido.

Pero no, no podía saberlo. Entonces todo en su vida era dicha, sentía crecer día a día esa criatura en su interior, descubriendo cada cambio, imaginando la textura de su piel, la forma de sus manos. Cuando lo sentía moverse dentro de su vientre, ella se quedaba tan quieta, conteniendo la respiración, saboreando la sensación única de estar gestando vida. Y se sabía importante, el sol en el universo del ser que llevaba dentro, manantial de sustento y calor, células creciendo alimentadas por sus células.

Luego ese dolor intenso del que emergió, azul y ensangrentado, su primer hijo.

Recordaba todo con la exactitud de la obsesión: fechas, horas, minutos. Sin embargo, por más que se esforzase, no lograba recordar la primera vez que había notado el brillo.

Afuera la luna reflejaba un blanco obsceno. Las sombras otorgaban a los objetos familiares un aire fantasmagórico.

Cerró las cortinas, ya no quería ver.

Caminaba pesadamente, atenta a no resbalar con sus medias de seda sobre el piso encerado.

Sirvió café en la taza más grande que tenía. La noche sería larga, debía estar preparada.

Muy despacio volvió a ocupar su lugar en el sillón del living. En el televisor, un hombre luchaba mano a mano con un cocodrilo. Ella sonrió al verlo, le parecía imposible que el tipo ganara la batalla: el animal lo doblaba en tamaño y en peso. Quién sabe que se propondría al iniciar ese duelo. Quién sabe cual de los dos luchadores tendría más que perder.

Desde el reloj de la pared le llegaron unos acordes apagados. Las once. Sólo una hora había pasado, sesenta minutos, y para ella había sido la mismísima eternidad.

Acercó la taza de café a sus labios y sintió el calor del líquido dentro de la boca. El sabor amargo le hizo fruncir el seño. Le gustaba así el café: negro, sin azúcar. Pensó en agregarle un par de gotas de Brandy pero no, esa noche no estaba de humor para el alcohol.

Bebió un sorbo, y otro, y otro. No quería dejar que se enfriara. Necesitaba levantar la temperatura y atiborrarse de cafeína el organismo.

No le hubiera venido mal algo de nicotina, pero su marido era un acérrimo perseguidor de fumadores, y la había obligado a dejar el infernal vicio como condición indispensable para concretar el matrimonio. Ella no lo había extrañado, hasta esa noche.

Se sentía cansada, demasiado cansada. La frente le ardía y las manos eran bloques de hielo. Buscando calor se sentó sobre ellas. Comenzó a balancearse, atrás y adelante, atrás y adelante, cada vez más rápido. El corazón le latía fuertemente y la respiración se había vuelto agitada. De pronto se detuvo, sintiéndose algo así como idiota.

Debía dormir. Los huesos le dolían, sus pies hinchados casi no podían sostener su peso.

Se obligó a beber hasta la última gota de café. Cuando lo logró, el estómago le dio un vuelco. Debió hacer uso de toda su voluntad para no vomitar.

Escuchó el llanto lejano, como si viniera de otro mundo. Temblando subió la escalera.

Entró al cuarto y el niño se calló. La miraba con esa mirada inquietante, aterradora. Ella se acercó a la cuna y lo tomó en sus brazos.

Allí estaba el brillo. Verdadero, innegable.

Siguió meciéndolo, cantando una dulce canción de cuna. Cómo deseaba despertar de aquella pesadilla!

El hijo seguía mirándola, con la miel de sus pupilas transformada en negro. Un rictus se dibujó en la pequeña boca, intentando improvisar una sonrisa. Pero no lo era.

Ella, ésta vez, no dejó que el terror le hiciera girar la cabeza. Clavó sus ojos en los de él, desafiante.

En ese momento ya no tuvo dudas de lo que se reflejaba en los ojos del hijo.

El niño comenzó a dormirse, los músculos se relajaron en los brazos de su madre que continuaba cantando con lágrimas corriéndole en cascadas por las mejillas.

Ella lo dejó en su cuna, lo arropó y muy despacio le besó el cabello. Viéndolo así, el corazón se le estrujó dentro del pecho.

Sería hermoso, si sólo tuviese los ojos cerrados. Siempre.

Bajó las escaleras y con la respiración entrecortada caminó hasta la cocina. Le temblaban las manos al abrir el primer cajón de la derecha. Revisó frenéticamente su contenido, hasta que dio con lo que buscaba.

Hubiera dado su vida entera por no tener que hacer lo que haría.

Pero debía hacerlo.

Porque ella era madre. Y las madres saben.

En puntas de pie subió las escaleras, sujetando el pomo de pegamento con tal fuerza que se le clavó en la carne.


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En los ojos del hijo - III Certamen de Relato Breve Almiar (Finalista).

MARÍA CLAUDIA CAPELLI vive en Luján (Argentina).

CONTACTAR CON LA AUTORA: mariaclaudina[at]hotmail.com
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