Secreta despedida

Daniel De Leo


Y ahora, mientras espero, se me da por repasar las vueltas de la vida, los golpes, los fracasos que me han traído de regreso a la vieja casa de mi infancia. Separado de Eugenia, esta vez definitivamente, me vine a vivir aquí con los sueños reducidos a desesperanza; el alma cansada de casi treinta años de tareas monótonas en una biblioteca de barrio.

Había encontrado la casa bastante maltratada. Los inquilinos hicieron muy pocas refacciones mientras la habitaron.

Aunque yo salía para el trabajo recién a las nueve y media, me levantaba a eso de las siete. Ya no podía seguir durmiendo después de esa hora. Ponía a calentar la pava, escuchaba la radio. En ocasiones me acercaba a la jaula de Pichón —algunos les conversan a las plantas, yo le hablaba al canario—, colgada cerca de la ventana de la cocina. Una vez, hace apenas siete u ocho días, me pareció notar que me miraba con desconfianza, quieto en un extremo de la varilla de madera. Y aunque el sol iluminaba toda la jaula, Pichón seguía como aletargado en su silencio. Pensar que entonaba como los dioses, me dije, mate en mano. Sería una lástima que no volviese a cantar. Supuse que era por la mudanza: aún no se acostumbraría. O acaso extrañaba a Eugenia.

Acerqué la nariz a las delgadas barras de la jaula y me vi en su encierro. Pensé que si realmente estuviera en su lugar, privado de usar las alas, yo no tendría motivos para el canto. Luego me di cuenta de que estas reflexiones, que en otras circunstancias hubiera censurado por cursis, eran el reflejo de mi melancolía.

Chupé otro sorbo; el mate ya estaba frío. Volví a fijarme en Pichón. Y entendí —o quise entender— que cada uno se alimentaba de la tristeza del otro.

Hace unos días me despertó una música en el patio. Prendí el velador. Seis y veinticinco de la mañana. Incorporado en la almohada me dispuse a escuchar. Sí, sí, una melodía venía de afuera, garabatos de bandoneón; y de pronto, nada. Silencio. Miré hacia el ventanal: la tenue claridad barría la noche minuciosamente. En eso, surgieron las notas otra vez. Me levanté, busqué las pantuflas y la bata. Salí al patio empuñando el escobillón, no tanto como arma de defensa sino por la necesidad de aferrarme a algo. En la fría madrugada vi el bandoneón como flotando en el aire, contorsionándose en la niebla, los dedos traslúcidos haciendo prosperar alguna melodía. Dedos hábiles de manos por momentos nítidas, por momentos inciertas.

No tenía miedo, ya no. Había algo familiar en los acordes y en los contornos imprecisos de la imagen. Apenas segundos antes de que aquella figura me fuera revelada, reconocí lo que hasta entonces me negaba a reconocer: el músico era Arévalo, el gordo Arévalo, que ejecutaba el tango Nostalgias. Arévalo a unos pocos pasos de mí. Cerca. Cerca pero a la vez distante. Ensimismado. Como arrancado de una secreta lejanía.

Con la luz de la mañana los sonidos fueron apagándose, y el gordo se tornó gradualmente imperceptible. Desapareció antes de que me animase a dirigirle la palabra. Me quedé un rato en el patio desierto, entre las paredes grises. Desconcertado pero feliz de haber vuelto a ver al gordo, montones de imágenes me dieron vueltas en la cabeza, recuerdos de juventud.

Arévalo había muerto hacía veintisiete años, junto con los otros. Y ahora volvía. Un capricho de mi mente. O tal vez no. Recordé la tragedia como si hubiera ocurrido ayer. Arévalo y su bandoneón, el Chino y el Ñato con sus guitarras, el viaje al teatro y de pronto la muerte estúpida. El coche que cruza la vía, el tren rápido que pasa. Yo los esperaba en el café frente al teatro Helios, en el barrio de El Palomar, donde ofreceríamos un concierto. Habíamos dejado de presentarnos en bares de mala muerte o en restaurantes donde nos pagaban con chirolas o comida. La gente empezaba a conocernos, nos sentíamos queridos, respetados. Crecíamos, sí señor. Y de golpe la noticia, el llanto desgarrado, los proyectos destruidos en segundos, y por qué, Dios, por qué.

No volví a cantar durante años. La magia que nos había unido no pude recobrarla con ningún otro acompañamiento. A esto se sumaba la apatía de verme afectado por comentarios de gente amiga —y no tan amiga— que me lanzaba más pálidas que estímulos. Que vos nunca cantaste bien; que Gardel hay uno solo; que mejor te busques un trabajo en serio. Y así, con la engañosa mansedumbre del tiempo que lo devora todo, hasta mis anhelos más palpables pasaron a ser sueños imposibles. Y aunque hace tiempo que estos sueños han entrado en una especie de sopor, en un coma profundo, por así decirlo, vuelve a latir en mí una esperanza humilde. La humilde esperanza de que el azar o un milagro —o la magia, por qué no— logre reanimarlos.

Ayer a la mañana volví a escuchar música en el patio. Miré el reloj: las siete menos diez. Me levanté y salí sin siquiera ponerme las pantuflas. Fui capaz de vislumbrar al Chino con su guitarra. A su lado estaba sentado Arévalo, el instrumento en las rodillas. Un duelo, un juego de talentos imperdible. No reparaban en mí, tocaban como si sólo existieran ellos dos, como si no les importara otra cosa. Avancé con las manos abiertas para palparlos, para asirlos, pero ya se estaban disolviendo y mis dedos atravesaron las cada vez más diáfanas figuras hechas de luz, de tiempo, o simplemente de aire. Me vi solo nuevamente, los puños vacíos. Pero el corazón me golpeaba el pecho.

Cuando regresé del trabajo advertí que Pichón había vuelto a cantar. No pude evitar la sospecha de que esa tarde, la de ayer, no era una tarde cualquiera. El canto prefiguraba lo que estaría por venir; era la anticipación, la certeza de que hoy, en esta madrugada, no sólo aparecerán Arévalo y el Chino, sino también la imagen fantasmal del Ñato.

Seis de la mañana. Sigue oscuro aquí afuera. Hace ya media hora que los espero en este rincón, de pie, mientras en un murmullo voy soltando retazos de mi vida, confesándome ante nadie, hablándole a la nada como si me dirigiera a un hermano. Estoy tranquilo, las manos en los bolsillos de la bata. El cielo se ve tan hermoso con las estrellas. Bajo la vista y los descubro. Descubro a los tres sentados en una tabla de madera tan inconcebible como ellos, como sus voces, como sus instrumentos. Cuchichean, dejan escapar algunas notas. Parece que siempre hubiesen estado aquí. Me pregunto si no ignoran que su cita se lleva a cabo en el patio de mi casa. El día se despereza apenas. Observo nítidas las caras de mis amigos: son las de hace veintisiete años. ¡Se ven tan reales, tan humanos! Tengo miedo de que se me escapen, miedo de perderlos para siempre; y, sin embargo, no sé cómo reaccionar. Toda mi vida fui un indeciso, un tipo que se mantuvo a la espera de un acontecimiento grande. Ahora se me presenta esta utopía, este sueño imposible, y hay algo que lo empaña, algo que me dice que no es gratuito, que acaso lo pagaré con el destierro. Quién me entenderá a mí, quién me ayudará a saber lo que quiero.

El Chino levanta la cabeza y me mira sin asombro. Es más, hay en sus gestos tanta naturalidad que creo haber vivido ya este momento, una escena interrumpida en algún recodo del pasado. Con un ademán me pide que me acerque. Avanzo unos pasos. El Ñato me palmea el hombro a modo de saludo. Siento el sabor de la irrealidad; mejor dicho, el de otra realidad. Arévalo se muestra inquieto, como impaciente por tocar.

—¿Estás listo, Miguel? —su voz suena igual a su antigua voz.

—Listo, maestro —cómo decirle que no estoy seguro, cómo explicarle que ya empiezo a extrañar algunas cosas.

Surgen los acordes del tango que más quiero. Gradualmente, el color de mis manos se diluye. No hay marcha atrás. Un halo tibio cae sobre nosotros cuatro: es el día que se abre, que se ensancha en todas direcciones. Me pregunto qué pasará con la casa, qué será de Pichón cuando logre salir de la jaula que le he dejado abierta.


Me pongo a cantar Viejo smoking, con esta voz que ya no volverá a vibrar de este lado del mundo, y en una lágrima deslizo un adiós secreto.


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Secreta despedida - III Certamen de Relato Breve Almiar (Finalista).



DANIEL ALEJANDRO DE LEO
nació en Capital, en 1973, y desde siempre reside en El Palomar, provincia de Buenos Aires: «En 1992 ingresé a la Universidad Tecnológica Nacional, para estudiar Ingeniería en Sistemas de Información, y abandoné los estudios en el tercer año de la carrera. Desde entonces trabajo como diseñador gráfico. Pero en lo más hondo de mí —en ese abismo al que algunos le llaman alma— hay algo que me inclina hacia la literatura. Descubrí mi vocación literaria internándome en los magistrales laberintos de Borges, allá por el año `94. Admiro también la literatura de Kafka, Calvino, Dostoievski, Cortázar, Poe, Rulfo, Conti, Saer, Arlt. ¿Qué puedo escribir después de lo que publicaron esos monstruos? Sin embargo, mi pluma se resiste a quedar en el tintero. Siento que tengo cosas para decir: sueños, ironías, verdades y obsesiones que necesito dar a conocer.
Me inclino sobre todo por lo fantástico. Suelo rumiar las ideas durante días antes de volcarlas en el papel, y, una vez escritas, corrijo mucho. He ganado varios premios literarios. Algunos de mis cuentos han sido incluidos en antologías. Tengo material suficiente como para publicar un libro, pero aún no me decido a hacerlo, acaso por timidez o pereza».

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