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Atmósferas I
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Norma Aristeguy
El ventilador golpea con aire
fresco el calor que estremece cuerpos y espíritus. Ella recorre la casa bajando
las cortinas de madera y corriendo las de tela para dar una media sombra al
ambiente. Las ventanas entreabiertas, reciben de mala gana el apagado murmullo
de la ciudad. Parece que los colores del lugar desaparecieran mágicamente, todo
se torna oscuro. Se pierden las aristas, se redondean los objetos, imposible
saber dónde empieza y dónde termina cada mueble. El manto protector lo derrama
Vivaldi que muy tenuemente se esparce por cada rincón, desalojando temperaturas
y resistencias. Un sahumerio viene desde el comedor, pero los fantasmas del humo
se amparan en las sombras y sólo llega su aroma. La luz perfumada de una vela
contribuye al claroscuro, destacando sólo el portarretrato de la abuela junto a
la entronizada computadora. La silueta de una biblioteca permite adivinar
algunos libros. Parece una bella pintura tenebrista.
Más allá, un cenicero
humeante se impone en la realidad e invade el pensamiento femenino, quizá para
recordarle que él se ha ido, que ya no volverá y que tal vez también ella esté
escribiendo su última prosa.
Ésta es una estación que
siempre ha ocupado una parte importante en su acontecer.
El tren ha llegado retrasado. Camina pesadamente con la pequeña valija y algunos
bolsos hacia lo de los abuelos. La estación está rodeada de madreselvas que
perfuman hasta el éxtasis casi todo el trayecto. El pueblo parece deshojado por
los rayos del sol. Son las cuatro de la tarde y todo es un dorado desierto.
Seguro que los habitantes están durmiendo una placentera siesta. El heladero con
su carrito es el único que se atreve al sacrilegio del grito, voceando el placer
de los dioses.
A lo lejos se presume el
ruido de la costa. El salino olor a mar viene con la brisa que alivia de la alta
temperatura.
Ya en la vereda se
detiene ante la verja que separa el jardincito, de la calle. Empuja la puerta
que como había pensado está sin llave. La hora le da la excusa perfecta para
entrar sin llamar, así no molesta el sueño de sus moradores. En realidad ansía
entrar al dormitorio que ha sido de su madre, convertido ahora en el cuarto de
huéspedes, visitado más que a menudo por ella o por sus primos.
La cortina de batista
bordada cubre la ventana alta, muy alta, y de dos hojas entreabiertas. La cama
de una plaza está tendida. De las sábanas dobladas hacia fuera, sobresalen dos
listones de puntillas color salmón, presididos por un almohadón cubierto con una
funda tejida al crochet, que hace juego con la sobrecama. Al pie de la mesita de
luz un montón de Radiolandias, y en la parte superior, la foto de su mamá,
posando como una de las actrices de las revistas.
Hay un aroma confuso a
colonia y compota de manzanas. Desde una silla en el rincón la toalla impecable,
parece esperar a algún visitante. Dos inmensas hortensias se deshacen en un
florero entre azules, lilas y amarillos. La amplia habitación muestra orgullosa
su piso de madera reluciente, con dos patines de lana cerca de la entrada. A
través del calado de las rosas bordadas en las cortinas, se filtran suaves rayos
de luz que rompen la frescura de las sombras, cayendo aterciopelados sobre el
encerado. Junto al ropero de tres puertas, la pequeña biblioteca tiene los
estantes vencidos en profundas panzas, que dan a luz pilas de libros encimados.
Aunque no supiera qué
estación del año está corriendo, ella podría adivinarla en el olor del
ambiente, con la misma seguridad de encontrar un jaboncito perfumado entre cada
sábana guardada, si se le ocurriera abrir los cajones de la cómoda. Siempre ha
pensado que hasta en el aseo diario, hay algo diferente en el verano, el olor a
colonia después de un baño, a sapolán sobre la piel enrojecida, a fresias, que
están por toda la casa, todo es una invitación al goce de vivir.
Nadie como ella conoce el
placer de desplazarse descalzo hasta la vieja reposera, dejarse estar,
dormitarse. Permitirse el ocio del único momento del año, que divide su
monotonía hogareña en la bonanza de la siesta, en el milagro del amanecer, y
hasta en el frescor de los atardeceres. Los que se prestan gustosos a charlas de
vecinos en la vereda o a niños jugando a las escondidas, bajo la tutela de
altísimos y añejos árboles, que en perfecta hilera se los descubre detrás del
primero, como si participaran de una noche eternamente lúdica.
No hay lugar para la
congoja. Imposible sentirse triste ante tanta belleza, ante el estado de ánimo
que circunda cada momento vivido, y que precede al día que vendrá lleno de
aromas deliciosos, sin horarios y con todo el tiempo para cobijarse en los
abrazos del abuelo. O en la cocina de la abuela, mientras tararea El patio de
la Morocha, en su tarea vigilante del dulce de leche que burbujea sobre la
hornalla.
En una de esas tardecitas
sin nombre, porque aún no recuerda si fue en un sábado o domingo, para ella no
existía el calendario en vacaciones, lo había conocido a él. Se habían
encontrado en el hall del cine, en el entretiempo, esperando la segunda
película. Comentaban la que acababan de ver como si ya fuesen amigos. Luego
habían vuelto a entrar a la sala. Después, vinieron las citas en la plaza, los
largos paseos tomados de la mano y las matinés de fin de semana en el club del
barrio.
Las vacaciones habían
llegado a su fin, pero ellos ya no se separarían. Reiniciaron sus vidas en la
ciudad y cada verano era una fiesta como si renovaran sus votos de aquel
entonces.
Hasta hoy. Hasta ahora.
El calor agobia y junto
con los años y el dolor, el cuerpo y el espíritu se hacen un ovillo, parecen
desconocer la felicidad de la estación. Y lejos de proporcionarle un consuelo,
la consume el hecho de que el sol no tendrá cabida en ese hueco en el que él,
yacerá desde ese día. Que estará sola para recibir la luz que se colará a través
de las persianas, que ya no compartirán a los nietos, ni a Vivaldi, ni a Lennon.
Que Almafuerte le recitará sus versos sólo a ella, y que el olor a jazmines del
atardecer, le enrostrará su pérdida en cada vaso de agua fresca que beba en
soledad.
En silencio respetuoso,
esperará que el calor irrefrenable la perturbe hasta sonsacarle el alma, y la
deje vacía sobre el sillón del living, hasta el próximo verano.
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NORMA ARISTEGUY, nacida
el 6 de Agosto de 1941 en Capital Federal, República Argentina. Vivió parte de
su niñez y adolescencia en la ciudad de Miramar. Luego ya casada y con dos hijos
se instala en la ciudad de Mar del Plata, donde nace su tercer hijo y donde vive
desde hace aproximadamente 33 años. Profesora de Inglés es docente en varias
escuelas de la ciudad. Cursó la carrera de Magisterio en Artes Visuales en
búsqueda de una técnica que le permitiera ilustrar sus trabajos. Publica sus
poemas y prosa en un diario local.
Web
de la autora:
http://www.norma-aristeguy.com.ar/
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