Pink Floyd
La caja registradora


Pedro M. Martínez

 

Fuimos a ver la película The Wall en un cine de estreno de la Gran Vía madrileña. Uno de los amigos que me acompañaban, comentó a la salida que era «como 2.001, pero a lo bestia» y asentimos intentando comparar la magnífica película de Kubrick, con el chorreo espectacular de imágenes que habían abrasado nuestras retinas en la sala de proyección, sin contar, por supuesto, con la música que había desbordado al patio de butacas, gracias a una excelente instalación de sonido montada al efecto. Y es que Pink Floyd ya no era un grupo marginado, se lo merecía todo: hasta se permitía un discreto olor a jas en el bar del vestíbulo del cine.

En aquellos años, casi todo lo grande provenía de Gran Bretaña. Pink Floyd había llegado a España también tarde, pero no por ello dejaba de arrasar aquí como en el resto del mundo, aún cuando no tuviéramos la posibilidad de contemplar el magnífico espectáculo audiovisual con el que Pink Floyd presentó oficialmente The Wall, en el Arena, de Los Ángeles, en febrero de 1980. Inconvenientes de vivir en provincias.

Pink Floyd se puede traducir como 'fluido rosa'. Y más de uno por aquellos años '80 juraba que el nombre era la descripción de como se «veía» salir de los bafles la música del conjunto, después de haber tomado un trippie. Sin entrar en el tema de ésta u otras visiones de parecido corte, lo cierto es que el nombre de Pink Floyd fue escogido por Syd Barrett, un guitarrista delgaducho que salía con la mirada perdida en las fotos, y que tenía en su casa dos discos de blues de Pink Anderson y Floyd Council. Barrett había entrado en el grupo cuando este todavía andaba cambiando de nombre (Sigma 6; T-Set; Abdabs, entre otros) sustituyendo a Bob Close, casi en el justo momento que todo comenzaba a ir bien. A finales de 1965, Pink Floyd Sound actúa en un club de Londres, con Barrett a la guitarra y voz; Roger Waters (bajo y voz); Nick Mason (batería) y Rick Wright (teclados): había nacido el mito.

Barrett permanecerá durante los dos años siguientes en Pink Floyd, nombre que adoptan definitivamente para un extraordinario concierto en el UFO Club, sumando crisis y enfrentamientos. Unos meses antes de su marcha, sin embargo, aparece el primer L.P. del grupo The Piper at the Gates of Dawn (parido en su casi totalidad por Syd) cuyo contenido vanguardista deja en pañales a todo lo que giraba en aquel momento. En enero de 1968, David Gilmour se incorpora a la banda y dos meses después Barrett es expulsado «amablemente» del grupo.

A Sacerful of Secrets (1969), el segundo álbum que publican, cuenta todavía con la colaboración de Barrett quien, además, hace valer todavía su inspiración en la composición de la banda sonora del film More (en Ibiza, durante años, se pudo ver la jeringuilla que decoraba uno de los escenarios del mismo) pero Ummagumma, un doble publicado también este año, apunta ya el futuro de los del fluido. Son tiempos de grandes obras (Beatles, con Sgt. Pepper's y los Who con Tommy) y este doble L.P. resulta controvertido pero marca la definitiva evolución del grupo de la mano de Waters, que creía en el riguroso estudio de la música sin concesiones exageradas a la experimentación y en el diseño de los efectos sonoros más espectaculares, consecuencia del gusto de éste por los conciertos masivos y espectaculares.

En 1970, Waters y compañía no tienen demasiado suerte con el director de cine Antonioni, quién depura el libreto musical escrito para la película Zabriskie Point en beneficio de temas de The Grateful Dead o The Kaleidoscope. A Pink Floyd sólo le quedan tres canciones en la película, pero superan el revés: Waters tiene el corazón muy duro y se embarca en contar una aventura médica con relación a este órgano que al final se llamará Atom Heart Mother, una suite orquestal, de altísimo nivel sonoro que confirma el extremo perfeccionismo al que está llegando el grupo. El «disco de las vaquitas», como se le llamó coloquialmente en nuestro país, arrasa: en el verano de 1970 reúnen a más de veinte mil personas en Hyde Park (Londres) que se quedan con la boca abierta ante el espectáculo que incluye, además, la novedad del sonido cuadrafónico. Son momentos dulces para la discográfica del grupo y EMI lanza Relics, un refrito de viejos temas no publicados y que, en muchos casos, confunden al público dada la considerable distancia que media entre ellos y la última obra. Pero bisnes es bisnes y todo funciona a las mil maravillas. ¿Todo?; casi todo: los progres empiezan a dar al conjunto de lado.

Los conciertos de Pink Floyd, prosiguen mientras las dudas de los más «avanzados» se agudizan: en 1971, presentan su disco Meddle en América, Europa, Japón y Australia. Meddle es, seguramente, el disco más injustamente tratado de esta época del conjunto, a pesar del éxito de estos conciertos de divulgación: considerado como una especie de transición, aporta, no obstante, la excelente suite Ecos que es un compendio de virtudes sonoras y estilísticas, amén de un recorrido por lo profundo de cualquier sima, marina o de otro tipo más personal. Ecos es un puente «hacia» y no un regreso «a», una involución, como se intenta difundir en aquellos momentos. El disco genera, casi de manera ectoplásmica, Pink Floyd at Pomppeiy, una película a mayor gloria del grupo que resume de manera perfecta la contradicción del mismo; a medio camino entre la psicodelia y el onirismo casi surrealista, la música entre las ruinas vacías de un teatro romano tiene, sin embargo, una capacidad de comunicación conceptual y enganche con el gran público envidiable.

Sin olvidar la banda sonora de La Valée o el L.P. Nice Pair, me atrevo a dar el salto hasta The Dark Side of The Moon. Los mimbres de la cesta ya estaban montados y ésta se convirtió en una magnífica y espectacular caja registradora: la conjunción de una espléndida inspiración y el toque técnico, impecable, de Alan Parsons (luego autor de discos propios), alumbraron uno de los discos que están presentes en el inconsciente colectivo de este planeta. Me parece no exagerar: ¿quién no ha escuchado Money? El efecto sonoro de la caja registradora que se escucha en esta pieza, era el no va más de la época.

«Cansado de tumbarte bajo el sol y quedarte / en casa mirando la lluvia / Eres joven y la vida es larga y / hoy hay tiempo que matar / Y luego te das cuenta un día de / que tienes diez años más tras de ti / Nadie te dijo cuándo correr, / llegaste tarde al disparo de salida». En la letra de Time, una de las canciones de La Cara Oscura de la Luna (la que muchos llaman también «oculta») encontramos una de las principales claves del éxito de Pink Floyd: la asociación perfecta de una espléndida grabación sonora con la expresión del desarraigo y la soledad, sentimientos que marcaron para siempre a su generación y que siguen estando presentes en la sociedad actual. Pink Floyd lleva vendidos alrededor de 25 millones de copias de este disco, y esto no puede achacarse tan sólo a la maquinaria promocional de la industria del disco.

Pero quedaban aún tres genialidades más: Wish you Were Here (1975); Animals (1977) y The Wall (1979). Ojala estuvieras aquí, el primero de ellos, no oculta la melancolía por la ausencia de Barrett, pero, ¿quién no recuerda el pasado, después de nueve años de música frenética?, especular sobre el título del L.P. y el supuesto agotamiento musical de Waters y compañía, en mi opinión, es reducir al ridículo otra muestra del genio de unos músicos que supieron fundir las teorías más avanzadas con una música de corte perfeccionista. Wish you Were Here asombra por su cuasi perfección estilística y sus sonidos etéreos que transmiten la potencia del sueño mágico y/o psicodélico. Sin embargo, las críticas, parecieron hacer mella en Waters, así que se sacó de la manga Animals, un disco más «atrevido» musicalmente hablando y una descarnada crítica social que comparaba a determinados individuos con animales, enmarcado todo ello por las cuatro chimeneas, ominosas, terribles, de la Battersea Power Station, una industria del sur de Londres, en donde se izó un inmenso globo que reproducía un cerdo y que sirvió para una alucinante reunión periodística y la posterior confección de la portada del disco. Waters, afortunadamente, no cejaba en su sentido del espectáculo: Animals supuso otro bombazo y la celebración de unos conciertos colosales, hipnóticos e irrepetibles; el láser, la utilización de globos, la perfección del sonido y las proyecciones, son el símbolo de una estética audiovisual original y seguramente irrepetible en estos tiempos del individualismo digital.

Y me queda uno: The Wall. La ciclópea producción de Waters, en donde no ahorró ya nada en parafernalia. tecnología punta de los mejores estudios de la época, grandes coros… y ese helicóptero que planea, inquietante, sobre el oyente. Podemos discutir sobre los miedos infantiles de Waters, pero la magnífica producción de The Wall demuestra, a mi entender, la grandeza y las posibilidades de la música moderna electrónica, deudora del rock, como no, pero inmejorable vehículo para la búsqueda de nuevas formas de comunicación y transmisión de imágenes al espíritu del oyente; imágenes que, a fin de cuentas, son sentimientos y… cultura sobre nuestra existencia.

Me quedo aquí, con el recuerdo imborrable de aquella película que vi en un cine de estreno, en la Gran Vía madrileña. Quedaría mucho por contar todavía, pero la página se me acaba. Pink Floyd ha seguido «fluyendo» hasta este año del cambio de siglo: The final cut, A Momentary Lapse of Reason y The División Bell…y ofreciendo magníficos espectáculos (Venecia, Berlin...) pero paseando, también, el decaimiento vital y creativo de una banda que supo revolucionar la música electrónica contemporánea y la estética misma de los conciertos masivos. El tiempo pasa para todos. Inevitablemente.

Y ¿cambiaste
un papel principal en la guerra
por un papel protagonista en una jaula?

Ojalá, ojalá que estuvieras aquí.
Sólo éramos dos almas perdidas
que nadan en una pecera.
Año tras año.
Corriendo siempre sobre
el mismo viejo camino.
¿Qué hemos encontrado?
Los mismos miedos de siempre.
Ojalá que estuvieras aquí.


(Wish you Were Here / Watters&Gilmour)



Artículo publicado originalmente en gacetamusical.com

Texto: © Pedro M. Martínez - Margen Cero™ (2000)

ILUSTRACIONES (orden descendente): Another brick in the wall - Pink Floyd - Vinyl, By No aplica
(Escaneado por mi) [Public domain], via Wikimedia Commons | David Gilmour- Lap sleel guitar, By David_Gilmour-_Lap_sleel_guitar.jpg:
Klaus Hiltscher derivative work: SpinningSpark (David_Gilmour-_Lap_sleel_guitar.jpg) [CC-BY-SA-2.0
(http://creativecommons.org/licenses/by-sa/2.0)], via Wikimedia Commons |
Roger Waters Verona Italy 5 June 2006, By Michael Simone (REG @ www.rogerwaters.org)
[CC-BY-SA-3.0 (http://creativecommons.org/licenses/by-sa/3.0)], via Wikimedia Commons.



 

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