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La posta
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Juan Diego Incardona


He sabido de muchos héroes y hazañas asombrosas —ascensos y descensos— en las mesas del bar adonde suelo asistir, sin embargo ninguna puede compararse con la increíble historia de Henrik Max Von Mirtanien, a quien conocí en mi juventud. Repetiré a usted, señorita, los sucesos de su vida, hechos que he relatado infinitamente en las noches del bar La Posta de Boedo, lugar donde van los ignorantes y los sabios, pero jamás los mentirosos:

Lo conocí en el año 1923 en una fiesta de carnaval. Por alguna extraña razón no puedo recordar el barrio. Quizás Almagro, quizás Palermo haya sido el escenario del crimen. No sé si era alemán o austriaco.

Cuando la comparsa revoloteaba bailarines y sonidos escuché el estruendo de la bomba a unos cien metros; en el diario hablaron de anarquistas españoles. Muchos se fueron con el pánico inicial; otros, curiosos como yo, nos acercamos; había tres muertos sobre el empedrado. Me arrimé a uno; tenía la cara deformada. Lo inspeccioné con la atención que suele tener el vivo con el muerto: tenía pantalones negros, botas de cuero también negras y un saco blanco adornado en su solapa con un prendedor dorado que tenía una inscripción. Me acerqué para leer; casi lo toco, pero alguien toco mi hombro desde atrás. Casi sin mirarlo, con la atención que suele tener el vivo con el vivo, le pregunté qué necesitaba y no me respondió; no le di importancia y volví con el muerto, pero al girar la cabeza encontré sólo el empedrado: unos hombres subían el cuerpo a una ambulancia. Miré el brillo del prendedor en un hueco de aire, y fue lo último que vi antes de que todo fuera negro para mí: el hombre que me tocó desde atrás me golpeó con una pistola en la nuca.


Recobré el conocimiento en un cuarto lúgubre, de paredes humilladas por los hongos que produce la humedad, y me descubrí atado a una silla. A la sorpresa y el temor le sucedieron las palabras que llegaban desde mis espaldas. «¿Cuál es su nombre?». «Raúl Salerno» le respondí. Luego, sin dejarse ver, me habló nuevamente: «Debe disculparme, pero es necesario que le cuente algo. Debo contarle a usted lo que me sucede». Obviamente no tenía alternativa, así que lo escuché:

«Soy Henrik Max Von Mirtanien; no sé si soy alemán o austriaco. Mi madre, a quien no conocí, me parió en las líneas tortuosas de una frontera confusa, en la cuna de los arroyos sin nombres, en el aire petulante que atraviesa a los Alpes Bávaros. Soy Von Mirtanien, el castigado de Dios.

Como todos, he cometido atrocidades; como todos, he practicado la guerra y el desenfreno, pero como nadie, he soñado la muerte de todos. Durante cada día y cada noche y de alguna forma, he visto la agonía de los muertos, de los vivos y de los que aún no han nacido. También es probable, señor Salerno, que haya contemplado su muerte (aunque no la recuerdo), al igual que la de todos los que usted haya conocido. Sin embargo, muy a mi pesar, no puedo soñar con la mía, no puedo soñar con el fin de mis sueños.

Tampoco puedo precisar con fecha cierta el comienzo de este testarudo prodigio que se me ha aferrado ni el de sus alborotos oníricos, pero ¡escúcheme! Mi voz puede relatarle los detalles de la muerte. ¿Qué quiere saber?».

Lo primero que se me ocurrió en ese momento, quizás para calmar la ansiedad de un estado tan cercano a la inexistencia (atado a una silla frente a un desconocido armado), exhaló de mi boca como una jerga absurda atrapada en una pajarera (los signos de interrogación): «¿Cómo voy a morir?». Disgustado, me respondió: «Ya le dije que no lo recuerdo, quizás aún no he soñado con su muerte». Después de un rato agregó con tono más calmado: «No logro asociar un sueño a su cara». Estúpidamente animado exclamé que eso me pasaba muchas veces y que, según me han contado otros, es frecuente en las personas que quieren recordar el rostro de sus seres más queridos, sobre todo si han muerto. Ante su silencio y mi nerviosismo le dije otra cosa: «Usted me preguntó qué quería saber; yo le pregunto ¿qué quiere saber?». «No quiero saber nada más. Mi deseo es no saber». Luego agregó:

«Quiero morir y, aunque lo intento, no puedo lograr ese acto tan sencillo. Hace tiempo que he probado suerte (muerte) en diferentes lugares y horarios: he arrojado mi cuerpo debajo de los trenes de Inglaterra; he dormido desnudo en las estepas que descansan más allá de Rusia, y nada; he combatido en la gran Guerra y he padecido la fiebre de las trincheras; he colgado sogas de mi cuello, ajado las venas de mis muñecas, perforado mi vientre con cuchillos, cortado mi cabeza, pero Dios no me permite el descanso. No crea usted, señor Salerno, que soy un simple inmortal. En este caso lo importante no es la vida sino la muerte, la muerte que contemplo: no soy inmortal porque padezco del sueño, de la muerte de toda la humanidad; soy el más mortal de los hombres; mi vida ha extraviado a las tardes apacibles de la vigilia y se halla atrapada como un pájaro en una pajarera».

Apresurado por la sorpresa lo interrumpí: «¡Hace un rato he tenido la misma asociación, la del pájaro y la pajarera!» Con voz delgada me dijo: «No me sorprende, muchas son las repeticiones que dan sustancia al género humano». Seguro de tener la respuesta lo interrogué: «¿Lo dice por la muerte?». «No —me dijo—, me refiero a la pajarera». No lo entendí.

Para que el tiempo no le diera tregua a los suplicios (al suyo y al mío) continuó con su historia:

«Advertido por mis nefastas premoniciones sobre la bomba en el carnaval me dirigí hacia allí para morir, una vez más».

Dicho esto se mostró ante mí: No puedo recordar su rostro, mas el resto de su figura ha quedado intacta en mi memoria. Me dijo:

«Imagino que ahora entiende. Sabe, Salerno, la semana anterior estuve en Francia buscando mi muerte en el río Sena, sin embargo, sólo encontré este prendedor».

Me lo dio para que lo lea; en un hueco de aire leí:

«Je devine des reves quiets. (Le Suicidé)».

Mi escaso francés alcanzó para comprender la profecía; él me dijo: «Después de Francia he venido hasta aquí para buscarlo a usted. No me pregunte por qué, tampoco yo pude saberlo en su momento. Ahora tome la posta y cuente esta historia».

No puedo olvidar el momento siniestro de aquel cuarto lúgubre: yo, atado a la silla y a un destino inevitable, y frente a mí estaba él, con sus pantalones negros, sus botas de cuero también negras, un saco blanco y un rostro deformado por el recuerdo que lo niega. Me desató las manos que se tomaban detrás de mi espalda. Con precaución me puse de pie, y al girar mi cabeza él ya no estaba, tan sólo hallé el prendedor postrado sobre el piso. Al otro día, en el diario, vi la foto de su cuerpo muerto en el carnaval.

—Disculpe Señor, ¿le puedo hacer una pregunta?

—Por supuesto, señorita.

—¿Usted es Henrik Max Von Mirtanien?

—¿Por qué lo dice?

—Usted está vestido con los pantalones negros, botas de cuero negro y saco blanco de la historia. Además, tiene el rostro deforme.

—Si yo soy ese, entonces usted, señorita, será Raúl Salerno. Tome este prendedor y vaya a contar esta historia infinitamente en las noches del bar La Posta de Boedo.



...la última vez que entré en aquel bar se escuchó un tiro en el baño: Alguien se había suicidado; otro, con la atención que suele tener el vivo con el muerto, contó porqué.



De JUAN DIEGO INCARDONA, autor argentino, puedes leer
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* ILUSTRACIÓN RELATO: Fotografía por Pedro M. Martínez ©