FEDORA VEGA GARCÍA

 

Nos encontramos en el momento justo que todos tenemos cuando creemos que queremos estar tranquilos para pensar, estar solos, reflexionar sobre nuestras vidas, tomar decisiones, etc. En realidad no queremos nada de eso, ni pensar ni reflexionar, ni decidir, ni siquiera estar solos. Nada mas queremos algo distinto. ¿Emociones tal vez? Es más bien como una parada en el camino y luego seguir con la rutina de siempre.

Coincidimos en la misma mesa para almorzar, en la pensión que había elegido como refugio por unos días. Me miraba fijamente, su insistencia me ponía nerviosa, pero me gustaba, por fin me estaba pasando algo distinto. Sus ojos cafés fijos en los míos de mirada penetrante y sonrisa irónica.

Empezamos a hablar a la vez, atropelladamente los dos, y también, por eso nos reímos a la vez. Y así fue como sin proponérnoslo iniciamos una relación loca y maravillosa, un poco salvaje, pero también serena, como una tormenta en la calma y una calma súbita en medio de la tormenta. Así me sentía yo.

Inventábamos y practicábamos historias de amor, poemas, juegos, pasábamos horas enteras hablando sin tocarnos y otro montón de horas abrazados en silencio, entre gemidos, susurros, y crujir de cama, perdidos en una pasión tierna y profunda, sumergidos continuamente en esos mundos de juegos, sueños y realidades.

Yo estaba conociendo un estado nuevo que me hacía sentir mejor, distinta, viva. Llena de energías renovadoras. Aunque la inquietud constante de ese hombre me desasosegaba, me hacía pasar de la tranquilidad y confianza total a la ansiedad y dudas. Su mente funcionaba incansablemente, atormentado quizás por qué problemas, ¿sería así su forma de amar? Con miedo, desesperanza. Pero con ternura, su búsqueda de cariño y olvido era evidente. Llevaba las situaciones al límite, jugando con el peligro, poniendo a prueba a los demás y a sí mismo. En todo caso, me atraía eso, la forma de arriesgar la relación, yo seguía su ritmo viviendo el momento, sin mi participación nada habría pasado. Las causas de su conducta se escapaban a mi interés. Me gustaba así. Sin explicaciones.

Llegó el momento de la despedida, con la promesa de reencontrarnos al año siguiente.

Cuando llegó la fecha fijada, ahí estaba esperándome. Vino a mi encuentro y me dijo que había sido una estupidez, que me olvidara de todo, y que si no me gustaba... mala suerte... y que me fuera por donde había venido. Me sentí fatal, no pensé en nada, solo sentí una vergüenza tremenda. Se me hizo un nudo en la garganta, cogí mi mochila, me di media vuelta y me fui. El autobús siguiente lo tenia para dentro de dos horas. Miré hacia atrás para mirarlo por última vez y despedirme, pero en vez de eso solo me nació decirle que era una asqueroso cabrón. No estaba enojada, solo dolida, bueno, no es verdad estaba reenojada..., pero también dolida. Pero no lloré.

Seguí andando hasta la estación me senté con una revista a tomar una cerveza, quería olvidarlo todo, no quería pensar en lo que acababa de pasar, ni en lo que había vivido hacía un año.

Cuando quedaban 15 minutos para montar en el autobús, me levanté y me fui acercando al grupo de gente que esperaba para subir...

De pronto sentí que alguien me cogía por detrás, hundía su cara en mi cuello, me estrechaba por la cintura, me levantaba en vilo dándome media vuelta en el aire. Cuando me dejó en el suelo me hizo girar y me dio un abrazo bestial. Era él. Ese loco ocurrente, había sido otro de sus golpes de ingenio (aunque más bien bajo). Después de eso supe que mi vida con él sería así, como en una montaña rusa, llena de emociones, con altibajos, disgustos y alegrías que solo a un bellaco malvado incorregible se le ocurrirían. Hasta que encontrara la serenidad, la seguridad en si mismo y la confianza en el amor..., pero ¿podría yo soportarlo?... sí, sin lugar a dudas, hasta el final...
 

 


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