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Impresiones del
frente

Miguel Baquero
 

La guerra comenzó a torcerse para mí cuando perdí la cuchara. Fue, no recuerdo cómo, en una acción de combate, en un salto de una trinchera a la siguiente. Me di cuenta de la calamidad cuando, hundidos en el barro, llegó el enlace de la Intendencia con el rancho. Dispuse mi cazo al instante pero la cuchara, que debía ir a ella prendida con un garfio, no apareció, por más que registrara la mochila y rebuscara en los bolsillos de mi uniforme y me agachara incluso a manotear el suelo. Un sudor frío comenzó a cubrirme de los pies a la cabeza, y grité con voz trémula, urgente, jadeante: —Sargento, he perdido la cuchara. El sargento me miró un instante con gesto despectivo antes de volcarse, a voraces paletadas, sobre su ración.

Tomé el cazo entre mis manos y, arrimándomelo a la boca, procuré tragar su contenido. Pero el reborde de hojalata no me permitía hacer buena presa, y gran parte del líquido se derramó, por ambos lados de la comisura, sobre mi uniforme, y las hebras de las acelgas quedaron adheridas a mi barbilla, y la patata hube de tomarla al fin con los dedos, todavía cubiertos de barro seco, entre los cuales mucha se desmenuzó.

Hasta entonces había considerado la guerra como una actividad reglada, muy bien organizada a fuerza de orden y disciplina, en donde todos los movimientos tenían un sentido y en el que las bajas, incluso la mía, eran tristes y lamentables, pero necesarias para la consecución de un objetivo. A raíz de que perdiera la cuchara me invadió de golpe el desamparo, la soledad, el miedo. Me convertí en un soldado asustadizo que abandonaba la trinchera el último del salto, siempre en silencio, y me entretenía en palpar los bolsillos de las mochilas de los muertos hasta que el sargento, que cerraba el ataque, llegaba y unas veces a punta de pie y otras a punta de pistola me hacía seguir avanzando. Dejaron de interesarme desde entonces las noticias: si habíamos tomado o no Belleville, si se nos unían o se nos dejaban de unir las tropas de Rohan, si el káiser reventaba o se mantenía sin reventar. Cierta mañana me sorprendió el sargento mientras reptaba sigilosamente por el suelo de la trinchera, dispuesto a alcanzar la impedimenta de unos camaradas dormidos, y jurando estaba que me iba a formar un consejo de guerra cuando le interrumpieron muchos estallidos de cañón, voces, gritos, alaridos de alegría. La guerra había concluido y el sargento, olvidando su filípica, se desentendió de mí y se fue a abrazar con el resto de oficiales. Momento que yo aproveché para, muy disimuladamente, sustraerle del bolsillo trasero de su pantalón la cuchara.

 

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MIGUEL BAQUERO
es un escritor madrileño y redactor jefe de la revista Literaturas.com.

ILUSTRACIÓN RELATO: Fotografía por Pedro M. Martínez
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