Fernando Pérez Cases


FREDDY, EL MOSQUITO

 

Era una calurosa noche del mes de julio. El calor en la habitación era sofocante, el termómetro de la pared marcaba 29º, las aspas de un ventilador rugiendo con fuerza apenas movían el aire, quien lo estaba utilizando estaba pasando mucho calor.

Sentado en el sofá del comedor estaba Jaime, en su frente unas gotas de sudor empezaban a resbalarle hacia las mejillas. En una mano tenía un vaso de agua fresca con cubitos mientras en la otra sostenía con firmeza un matamoscas. Con la cara desencajada por el calor y por las muchas horas que estaba despierto por culpa de un maldito mosquito, su rostro parecía una máscara demoníaca.

El mosquito Freddy como lo había bautizado, era ya la quinta noche que le impedía dormir. Había terminado con todos los insecticidas de la casa y Freddy seguía vivo, se había propuesto acabar con Freddy o Freddy acababa con él, porque en esta casa no había sitio para los dos.

En ese momento en la habitación en penumbra no se escuchaba ningún ruido del exterior, había cerrado todas las ventanas en pleno mes de julio, y sellado todas las juntas de las puertas para que Freddy no pudiera salir de la casa, estaba obsesionado. El calor era asfixiante pero su locura por acabar con Freddy le había perturbado la mente.

Hacía dos días que no comía, sólo bebía agua, no atendía el teléfono ni las llamadas a la puerta, no quería saber nada de nadie. En sus rostro empezaba a aparecer la fatiga y la sombra de barba de varios días.

Estaba tan sumido en un profundo sopor que apenas percibió el característico zumbido del mosquito al pasar por delante de sus narices. Freddy dio otra vuelta más cerca de Jaime y este no se alteró lo más mínimo, momento que aprovecho el mosquito para posarse en la punta de su nariz. En ese instante Jaime abrió los ojos lentamente y poco a poco cruzo la mirada, y al ver que Freddy estaba posado en la punta de su nariz soltó tal alarido que tembló toda la habitación. Dio un impresionante salto fuera del sofá y empezó una siniestra danza por toda la habitación, con una mano agitaba el matamoscas de un lado a otro mientras que con la otra daba manotazos al aire.

Desde un rincón de la habitación Freddy observaba la escena que se estaba produciendo un poco más abajo. Su pequeño cerebro de mosquito le estaba diciendo que debía buscar alimento en otro lugar, que la comida que tenía debajo no era la más apropiada. Y entonces decidió salir de la habitación para ir en busca de nuevo alimento.

Jaime aún seguía saltando y agitando los brazos, al darse cuenta de que el zumbido había cesado dejó caer los brazos a los largo de su cuerpo y se quedó quieto. Poco duró el silencio porque nuevamente empezó el zumbido, que en los oídos de Jaime sonaba como una locomotora de vapor aullando al entrar en un túnel a toda máquina. Jaime se echó las manos a la cabeza y se tapó las orejas para no sentir un punzante dolor que cada vez era más fuerte.

Freddy no encontraba una salida para escapar de este infierno, y eso hacía que sus intentos por salir fueran más seguidos y feroces. Su instinto de supervivencia le decía que tenía que salir de este lugar y encontrar pronto alimento o de los contrario moriría.

Jaime poco a poco estaba dejando de ser un humano, el último ataque de locura le había transformado la cara y el cuerpo, en el rostro la boca se le había quedado desencajada y el brazo derecho no lo podía mover, y su pie izquierdo lo arrastraba pesadamente. Fue entonces cuando recibió un ataque inesperado de Freddy por detrás y a la altura de la nuca.

Freddy cada vez más débil también tenía serias dificultades para seguir volando, ya que su debilidad era tal que su pequeño cerebro de mosquito estaba dejando de funcionar correctamente. Entre sombras a duras penas reconoció el cuerpo del hombre que estaba más abajo, momento que aprovechó para lanzar un furibundo ataque en picado cual kamikaze a la nuca del infeliz Jaime.

La punzada de dolor que recibió Jaime en su nuca fue tan brutal que cayó de rodillas al suelo, al tiempo que su corazón debilitado le produjo un fuerte dolor en el pecho. Mientras Freddy se afanaba por conseguir alimento de la nuca de Jaime, no oyó el siseo de algo grande que se le venía encima. El matamoscas de Jaime acababa de aplastar al molesto mosquito que durante cinco noches había estado zumbando por la habitación. Al mismo tiempo un alarido inhumano brotó de la garganta de Jaime, y con los ojos en blanco y soltando un suspiro de moribundo se quedó mirando al mosquito muerto, que había acabado con su propia vida.

 

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