LOS TRES
CABALLEROS 
por Luis G. Torregrosa
«No
nos permitíamos albergar
un solo pensamiento negativo».
Amy Tan, El club de la buena estrella
Érase una vez tres caballeros que desde la infancia se habían criado juntos. En el patio de armas del castillo, recorrieron la niñez unidos en los juegos y aventuras, y hasta compartieron las amas de cría. Siempre gozaron de buena salud y rara vez dejaban de participar los tres en cuantas cosas vinieran a su encuentro. Para orgullo de sus padres y desazón de sus madres, desde bien pequeños cruzaban las espadas de madera, conjuraban al enemigo imaginario, saltaban, reían y, en ocasiones, hasta lloraban al unísono. Por eso no es de extrañar que al llegar a la edad en que los hombres pasan a ocupar un lugar social, los tres fueran armados caballeros, entre los vítores de los habitantes del reino que conocían su singular amistad.
Fue entonces cuando se decidieron a conocer las tierras que estaban más
allá de las fronteras, en el convencimiento de que juntos habrían de
experimentar nuevas sensaciones. Y como era común que los jóvenes caballeros
corrieran aventuras, sin más dilación se prepararon para partir, únicamente
acompañados de tres mozos de la localidad que les servirían como criados y
escuderos. El mismo día que partieron para el viaje, los tres se hicieron la
promesa de gozar y mantener siempre el buen humor, en la creencia de que para
conocer nada mejor que esforzarse en alabar todo lo que encontraran a su paso,
pues se decían que, por insignificante que algo pudiera parecer o por terribles
que fuesen las circunstancias, debían aprender las virtudes de cada cosa.
Y con estas palabras marcharon sin que sus criados, inmersos en asuntos
domésticos, conocieran tales razones. La naturalidad de su relación hizo que a
cada nueva situación, alguno de ellos planteara siempre el lado positivo y los
demás asintieran e, incluso, multiplicaran con sus comentarios esa sensación.
Así, a los seis días de marcha, atravesaron una gran garganta por un sendero
de montaña angosto, pedregoso y resbaladizo, y los tres comentaron con el ánimo
en alza la belleza del paisaje y la hermosa obra de quienes se habían esforzado
en mantener abierto aquél paso, sin reparar en el gran peligro que corrían y
del que los criados daban buena cuenta cuchicheando en voz baja, aterrados.
Dos días después, en una posada ruin y medio derruida, al cuidado de
una familia tan numerosa como incapaz en la limpieza y descuidada en la cocina,
los tres caballeros llegaron predispuestos a lo mejor. Sentados a la mesa,
mientras uno bendecía lo saludable del menú, otro se hacía lenguas con la
calidez del vino, y el tercero abundaba en lo reconfortante que resultaba el
gran fuego encendido en la estancia. Los criados, sentados no muy lejos de
ellos, permanecían atónitos y desconcertados: el aspecto de la comida era
deplorable, el vino agrio y la chimenea tiraba tan mal que el salón estaba
lleno de humo. Fue entonces cuando empezaron a creer que sus señores habían
perdido el juicio. Desde entonces, eran más cautos y mantenían una prudente
distancia en los caminos, sobre todo cuando algo les amenazaba, pues no se sentían
protegidos por los tres caballeros, tan alejados de la razón.
Al final, una tarde tranquila y apacible, a la vuelta de un intransitable
camino, los tres caballeros y sus criados toparon con la presencia de un ser
extraño y terrible. Tenía la cabeza de un león, el cuerpo de una cabra y la
cola de un dragón, y medía más de diez pies de alto y unos cuarenta y cinco
de largo. Estaba cruzado en medio del paso, de costado, y al oír acercarse a la
comitiva, giró la cabeza desafiante. El primero de los tres amigos descendió
del caballo y se aproximó lentamente a la bestia mientras describía la belleza
de la espléndida cabellera casi negra, los colmillos como puñales afilados y
blancos como la leche, los ojos profundos y fieros, el gesto adusto y confiado
del animal; el segundo caballero, que le seguía ensimismado, asentía a la par
que describía con precisión la belleza del pelaje canela, la docilidad de los
miembros y la frescura de su figura; el tercero, todavía más embelesado,
admiraba la fortaleza de la cola, la precisión de la doble hilera de escamas
sobresalientes, la elegancia de sus movimientos. Con el horror en sus ojos, los
criados se refugiaron tras una gran roca no dando crédito a lo que veían y
haciendo voces a los tres caballeros para que se resguardaran. Sin embargo,
estos siguieron con sus singulares alabanzas hasta que la bestia, al tenerlos ya
próximos, recogió con maestría y velocidad la cola golpeándolos contra su
propio lomo y devorándolos en un ver y no ver. Todo había sido una quimera.
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